miércoles, 30 de diciembre de 2015

HOTEL CARCOMA

Hace un par de días llegamos a Tolú. Quiero irme de Tolú. Es el caos. Sólo se está tranquilo de doce de la noche a seis de la mañana. A partir de entonces sólo se escucha ruido a un volumen demencial. Esto es el caribe, se supone, y debería ser tranquilo. Playas, cocoteros, arena blanca, agua cristalina...
Pero no. Tolú o la zona que está cerca de la playa es un lugar olvidado por la decencia musical y la paz de espíritu.
A ver como lo explico. Resulta que aquí está lleno de ese tipo de carros-bicicleta como los que hay en el río de Valencia  propulsados por familias pedaleantes los fines de semana. Pues bien, aquí tienen todos equipos de música que ríete tú del párking de Barraca. Con altavoces gigantes y baterías de coche (casi todos con más de una) para alimentarlos. Y hay cientos de carros de esos, y todos van con la música a toda virulla. Da igual quien esté subido en el carro: un grupo de amigos borrachos, una familia con tres generaciones, con sus bisabuelos enardecidos y los bisnietos saltando como gremlins dándose una ducha. Da igual: el ballenato, la salsa, la cumbia pero, sobre todo el regaeton, campan a sus anchas como los cuatro jinetes del apocalipsis. A eso suma la música propia de los bares, que parecen todos macrodiscotecas, así sean kioskos de medio metro, el ruido del tráfico y los gritos de la gente para hacerse oír en medio del estruendo y tendrás el remanso de paz que es este, por otra parte, bonito lugar.


No quiero ser el típico viajero que viaja para criticar y quejarse por todo, de verdad. Yo no soy así. De hecho, ese tipo de gente me agobia cuando viaja y no me gusta estar cerca de ellos. Su frase preferida es "como en España en ningún sitio" y les molesta todo, pero es que este lugar me está sacando de quicio. En todos los sitios hay un altavoz del tamaño de Soria lanzando mierdas como esta. 



Cosa que empleando ancestrales técnicas budistas podría ser soportable. Si no se solapara con esto otro, claro:





HOTEL CARCOMA.

Por lo menos hemos conseguido una habitación privada con cama doble y baño propio muy barata. Lástima que la cama explotara a mitad de noche. No lo puedo describir de otra manera. Estábamos tranquilamente viendo una película en la tele (por llamar de alguna forma a este trozo de plástico lleno de mierda) por cable cuando ¡PAM! la cama a tomar por culo con nosotros encima. ¿Pero qué DEMONIOS? pensamos. ¡¡MI GUITARRA CARLA, SALVA LA GUITARRA!! Y es que mi adorada, terapéutica y muy leal guitarra estaba debajo de un amasijo de maderas. Afortunadamente, no le pasó nada. Eso sí, toda la funda estaba cubierta de un polvillo fino, típico subproducto de los muebles infestados de carcoma. Encima, un calor húmedo de mil demonios lo impregnaba todo. Así que cuando llamamos al de recepción y vio el estropicio se nos quedó mirando como si hubiéramos estado follando en pleno apocalipsis, haciendo una carrera de cuadrigas o celebrando un aquelarre en la cama.
Todo se solucionó con un cambio de habitación. Nos pasaron a una bastante más cuca. Una habitación de verdad, con sus sábanas limpias, su cuarto de baño alicatado y su mesita de noche.

EL ARCHIPIÉLAGO DE SAN BERNARDO

Hay unas islas cerca de aquí, pero no sé que vamos a hacer. Estoy cansado de playa. Quizá vayamos al interior antes de lo previsto. Necesito fresquito, ríos, caminos en la naturaleza, gente normal o, por lo menos, que no desayune etapas de potencia.
Otra cosa que me molesta bastante es la suciedad. No sé que le pasa a los colombianos con ese tema y me jode decirlo, porque tengo muchos amigos colombianos que a lo mejor se ofenden, pero si no lo contara estaría faltando a la verdad: son muy guarros con el medio ambiente. Las playas se llenan de envoltorios, plásticos, vasos, restos de comida y todo ese tipo de cosas que una persona normal tiraría en una bolsa para llevarla más tarde a algún lado más apropiado para tirarlo que una playa paradisíaca, como, no sé, una papelera. Soy consciente de que tirar la basura a la papelera es cambiarla de sitio, que no desaparece como por arte de magia, pero, joder, es horrible ver como el mar recoge basura de la orilla y se queda flotando alegremente en el agua. Y nadie hace nada para solucionar el problema.
Es curioso: cuanto más pobre es un país, más guarro y más religioso. No falla.  Entiendo que la pobreza y la religión estén relacionadas, es bastante obvia la conexión, pero no logro comprender que tiene que ver ser pobre con ser un cerdo. Aunque aquí eso no debería ser así. Colombia no es pobre, es desigual. Aquí, de hecho, se ven motos de agua y cochazos como rosquillas. No sé, como siempre, en Colombia, algunas cosas me resultan muy confusas.

Bueno, seguiremos informando.

PD: Disculpad la calidad del vídeo. Estaba huyendo mientras grababa.


domingo, 27 de diciembre de 2015

DE DESIERTOS Y NEOPUNKIS.

Salimos de Palomino, o la costa de los mosquitos, bien temprano. En la carretera general nos subimos a un bus que nos llevaría directamente a Cabo de Vela. Vaya suerte. Es lo que tiene Colombia, todo ese caos organizado te puede venir bien en muchas ocasiones, así que después de regatear un poco conseguimos los billetes a bastante buen precio.
El bus en cuestión pertenecía a un tour programado: todo muy friki. Gente presentándose en voz alta y todos aplaudiendo y mierdas así. Estuvimos a punto de arrepentirnos de haber subido, pero afortunadamente la guía se calló tras un rato haciendo cosas raras.  El viaje fue curioso: el paisaje cambia en menos de media hora de selva tropical a desierto de cojones.

 No me explico por qué, pero  la mayor parte de la wajira (el término con G es una castellanización) es árida y seca como una suela de zapato.
Fuimos sin saber mucho del sitio, Cabo de Vela, y la verdad es que es otro planeta. No hay nada allí a parte de un pueblo de una sola calle olvidado por todos, sin agua corriente, sin electricidad hasta que se hace de noche, sin aglomeraciones, sin agricultura, sin...
Siempre que llegamos a un nuevo destino nos cuesta un poco adaptarnos, pero a Cabo de Vela no terminamos de hacerlo. Para llegar al pueblo es necesario pasar por Riohacha, una ciudad conocida por ser el final del camino y de la que ni siquiera vale la pena hablar. Después pasas por Uribia, la capital indígena de Colombia. La ciudad es una grieta en mitad del desierto, un polvoriento enclave lleno de gente, comercios carísimos y vendedores de gasolina de contrabando. Esa zona de Colombia está atestada de gasolineras (gente con bidones) ilegales en cada esquina, en cada carretera. Da igual si hay una comisaría de policía al lado. Está más que aceptado. La influencia y cercanía de Venezuela con el combustible es imposible de contrarrestar, por lo visto. También se ven muchas más personas con rasgos puros de indígena. La comunidad wayuu, por lo visto, es la más numerosa. Una gente arisca, calmada y poco dada a las palabras. Hablan su propio idioma entre ellos y es absolutamente imposible entender una sola palabra. No agradecen nunca nada y si lo hacen es con la boca chica. Resulta tan desconcertante como sus miradas.

Atravesamos una gran porción de desierto el día que llegamos a Cabo de Vela. Es increíble como viven algunas personas. Siempre me ha maravillado el misterioso proceso según el cual un pueblo decide quedarse a vivir en algún sitio en concreto.
Me imagino a los primeros habitantes de la wajira.

-Pushaima, ¿Que te parece este lugar?

-No sé, Coleima, estamos a cincuenta y cuatro grados. No creo que a las lechugas y los tomates les haga mucha gracia.

-Tonterías, cazaremos lagartijas y haremos sopas de cactus con basalto. El sitio es cojonudo. Mira que vistas.

-Pero si todo es arena.

-Piri si tidi is irini. Anda, deja de quejarte y trae vigas de madera para hacer casas. Vamos a hacer un poblado to guapo aquí mismo.

-Jefe, aquí no hay árboles.

-Hummmm. Está bien, cogeremos corazones de cactus.

-¿Perdón?

-Cactus, Pushaima, Cactus. Esas plantas tan simpáticas y suaves.

-¿Y como beberemos agua, Coleima?

-El agua está sobrevalorada. Nos quedamos aquí y no se hable más. A ver, ¿Alguien sabe porqué mi lengua está hinchada y se me nubla la vista?

En serio, ¿Por qué alguien decide quedarse a vivir en un desierto? No hay agua. Las únicas sombras las hacen las lagartijas con su panza. ¿Por qué te estableces? Un día tendré una conversación con alguien que yo me sé, que seguro que me lo aclara. (Un saludo Antonio).

En fin, cavilando sobre estas cosas llegamos al lugar. La palabra es desolado.

¿Hay alguien ahí?

Nos bajamos del bus y nos despedidos de los gomelitos que habían comprado el tour y fuimos, casa por casa, preguntando por el alojamiento más barato. Al final conseguimos dos hamacas por siete mil pesos cada una. Dos euros, más o menos.  El tema es que la familia se cagaba un poco en nosotros y hacía su vida, así que si alguien se levanta a pescar a las cuatro de la mañana y empieza a hacer más ruido que un accidente ferroviario, te jodes.   ¿Pues no llega un notas y le dice a mi cara de Me Has Despertado Y No Me Gusta que ya había amanecido? Perdona, chaval, pero que yo sepa es complicadillo ver la jodida vía láctea si ya ha amanecido, y mira, sí, sí, que mires te digo, eso de allí es el otro puto extremo de nuestra galaxia y eso otro de allí es el cinturón de Orión. Lo que quiero decir, a menos que me haya vuelto definitivamente loco, es que todavía es de noche, por los trillones de estrellas y eso. La evidencia de la oscuridad me la dejo, porque es demasiado obvio y esta gente ya me ha mostrado en pocas horas que tienen problemas con lo obvio.
Por supuesto, no le digo nada de eso. No por dos euros la noche.
Aún con todas las incomodidades, las hamacas están enfrente del mar, a escasos cinco metros y es una delicia mecerte suavemente al ritmo de las horas y ver como va bajando la luna hasta ponerse sobre su propio reflejo de plata en la plácida tranquilidad de una mar sin olas, densa en su negrura. De vez en cuando la misma ave  atraviesa su silueta, como un niño que quiere que sus padres le presten atención.


Junto al mar.

Hotel Pulgas.
 Aquí todas las casas, bueno, todas las estructuras, están hechas del corazón de los cactus. Es una especie de caña, pero más densa y flexible y se ve que es muy resistente, aunque el aspecto, adusto y seco, hace que dichas estructuras, ya sea un colegio o un "restaurante, "parezcan abandonadas desde el primer día de vida. Juntan unas varas con otras con un hilo negro hecho con llantas de neumáticos. Aprovechamiento máximo de los recursos. No les queda otra.

Ese día lo pasamos explorando un poco el pueblo, leyendo y bañándonos en el extraño mar. Al día siguiente fuimos en mototaxi a la playa del pilón. Un sitio más remoto todavía, de paisaje marciano y cero turistas.  Allí estuvimos todo el día leyendo y bañándonos en el extraño mar.


Exacto, un poco hasta los huevos. Hay que estar preparado para la desolación. Tener algo entre manos. Un proyecto creativo en marcha, algo que te apasione y puedas hacer allí. Una ficción que te vuelva loco. Sino puede resultar algo aburrido.
Aunque el hecho de conocer a los wayuu ya es de por sí algo increíble. Los ves abrazando la civilización mercantilista, el turismo, la plata y te da algo por dentro, como una penilla, que no tardas en asimilar. Al fin y al cabo, ellos también tienen derecho a ser tan idiotas como nosotros.
Así que los puedes ver con sus todo terrenos, sus bares y sus negocios de aventura. Esperemos que hagan una buena mezcla de su cultura con la nuestra, aunque es muy difícil.
Haciendo café a las seis de la mañana.
Nos fuimos de allí a los dos días y tras parar a descansar en Taganga, bajamos hasta Cartagena de Indias. Que maravilloso centro histórico, por Dios. La ciudad a su alrededor es un infierno de atascos y pobreza, de suciedad y caos, pero el centro, la parte de murallas para adentro, es una locura visual, totalmente colonial, perfectamente conservada. Por cierto, he perdido las fotos, creo, así que las subiré más tarde si salgo a hacer más. Carísimo todo, por supuesto, pero fabuloso. Tan sólo pasear por sus callejuelas llenas de balcones de madera coronados de buganvilla es suficiente para echar el rato. Eso sí, el calor es de mil demonios: pegajoso y potente, desesperante. No me extraña que Francis Drake echara abajo la mitad de las murallas a cañonazos. El otro día yo habría hecho lo mismo. Es un calor que enloquece. Sólo a partir de las seis de la tarde se puede hacer algo. A partir de esa hora las calles se llenan de vida normal, no ese simulacro de turistas comprando y cartageneros pitando en sus coches.  La gente sale a tomar cervezas y se sienta en las plazas a escuchar o ver a los cientos de artistas callejeros que empiezan a ganarse el pan de ese día. En una de esas plazas conocimos a dos italianos que acababan de llegar y tras encontrarnos con unos amigos de Taganga decidimos ir todos juntos a pasar la navidad a Playa Blanca, en Barú, una isla cerca de Cartagena. Allí acampamos en un paraíso, a unos cien metros de un hotel de cinco estrellas, lo que nos vino de puta madre, porque el seguridad nos traía agua y sobras de comida intactas: arroz de coco, pescado frito y cosas así. Todo gratis. Un hurra por Fran. 


Caribe.

Caribe, caribe.

Puesta de sol.

Adri.

Después de cenar.

Amor con protección (antimosquitos).

Nuestro campamento. No sólo limpiamos lo nuestro  al irnos, sino lo que ya había. Asco de punkis. 

Con William, que aunque se llame así y sea un maestro del Didgeridoo es italiano.

Ramiro, Simone, Adri, Francesco, William, Carla y yo. La panda de Barú.

En Bocachica, niños bañándose en un mar lleno de mierda.

Playa Blanca es un paraíso lleno de hoteles y hostales, todo carísimo. A no ser que compres una tienda de campaña y acampes en la arena. En ese caso es todo bastante barato. El sitio es tan bacano que van muchos campistas en plan punki a pasar allí unos días. En esa zona de la playa no hay nada, ni siquiera papeleras, así que hay que andar, y mucho, para tirar la basura en un lugar apropiado, lo que hace que todo el mundo acumule la mierda y luego la deje allí. Da mucha rabia. Lo que hace que los punkis, por lo menos los de aquí, empiecen a darme mucha tirria. Lo siento, todo tu rollo de respeto a la naturaleza y a la vida al aire libre y a la libertad en sí misma me la paso por el forro si te vas de un sitio sin tirar la basura porque tienes que caminar un rato con ella a cuestas. Total, si no es por ese pequeño detalle, el sitio es brutal. Pasamos tres noches mágicas. Es maravilloso compartir lo poco que tienes con gente que acabas de conocer y comprobar que ellos hacen lo mismo. Es maravilloso escuchar la historia de su vida, que hacen, donde viven habitualmente, que piensan del puto Berlusconi. Es genial que te inviten a la toscana segundos después de decirles que en Valencia tienen casa. Hablar de Kapucinski, de Kundera, de Marai, de Cortázar, del (Cli)Ché Guevara, escuchar el profundo sonido gutural y místico del didgeridoo mientras la luna llena cambia del amarillo al blanco inmaculado y todo se ilumina con una especie de luz líquida. Es increíble. Cuando la luna está llena y el campo se ilumina de forma débil pero clara,  con sus sombras y todo, parece que la vida  ha traspasado la frontera, que de alguna forma nos hayamos en el mundo de los que ya se han ido, tan sólo un poco menos tangible que el de los vivos, y que el astro que brilla en el cielo, con su tranquila fosforescencia prestada, no es otra cosa que el sol de los muertos.
La luna llena, ya por la mañana.
Volvimos de allí en lancha hasta Cartagena y nos hospedamos en un hostal muy, muy punki. Diez mil pesos la noche, lo que aquí es la leche, puesto que lo más barato son treinta mil.No tiene nombre, donde Brandon, si acaso.  Eso si, tiene algunas incomodidades. Sólo hay un baño y somos mil. Está al lado de la cocina y no tiene puerta, tan sólo una cortinilla, así que las intrusiones indeseadas son habituales. Ir al baño es, pues, una tensión permanente. Pero que queréis que os diga, hay que ahorrar. Ya queda menos de viaje, unos veinte días y tenemos menos plata que el número 45 de Podemos en las listas, así que nada, nada, a seguir punkeando.

Mañana nos vamos a Tolú y las islas de enfrente y luego ya seguiremos por el interior, de vuelta a Bogotá. Pasaremos por Medellín y alrededores, especialmente Guatapé, un lugar de lagos e islas de rocas redondas, en plan Bola de Drac.

Seguiremos informando.



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sábado, 19 de diciembre de 2015

PALOMINO ES UN LUGAR

(Estamos ahora en mitad del desierto así que la conexión es paupérrima, en la próxima entrada publicaré más fotos)

El Barbas.
Palomino es un lugar alejado de todo, excepto del parque Tayrona, una reserva de la biosfera a las puertas de la guajira: la parte más salvaje y deshabitada, junto con el chocó y el amazonas, de Colombia. La zona está poblada por multitud de especies de aves exóticas (para nosotros, supongo que para los lugareños es más exótico un gorrión) y la vida y la abundancia rezuman de tal manera  que dudo  que sea necesario trabajar para sobrevivir por aquí. Vivir es otro cuento.
Una vez te acostumbras no pasa nada, pero los frutos de los árboles, a cada cual más grande y pesado, caen por su propio peso  de vez en cuando y son fuente de continuos sustos.  No estoy hablando de nísperos o cerezas. Hablo de mangos, cocos y cosas así. Hacen un ruido sordo y casi gore cuando caen al suelo, como haría, supongo, una cabeza humana al estamparse de la misma forma.
El pueblo está cruzado por una carretera general. Esa es, parece ser, la calle principal. A ambos lados de la carretera se hacinan un montón de negocios: panaderías, tiendas de regalos, bares, billares (en Colombia hay  muchas salas de billar) e, incluso, una discoteca. Cerrada, eso sí. Me gustaría verla.  
Palomino se dispersa a ambos lados de la carretera en una gran extensión de terreno. Todo son casas bajas muy sencillas a los pies de polvorientos caminos.  Todavía no he visto, si exceptuamos la carretera general, un centímetro de asfalto en todo el pueblo.  No hay sistema de alcantarillado, ni distribución canalizada de agua y el suministro de luz se corta cada dos por tres.
Para quien haya estado: me recuerda a la zona costera que hay entre Oliva y Pego, llena de casitas hechas por sus propios habitantes o sus bisabuelos.  Casas cuadradas con una sola planta baja y, a lo sumo, una altura. El polvo en los caminos, las chanclas sucias y un río que desemboca en  el mar, igual que el Bullentó, pero de aguas cristalinas y nada malolientes como aquél.
¿Por qué  comparo este lugar con ese? Más que las semejanzas naturales, que son pocas pues las especies son muy distintas, es un hecho concreto: ayer me arreglé después de un día de playa.
Fue algo único y totalmente veraniego-adolescente.  Eso de pasar todo el día haciendo el gamba en la playa y llegar a casa con hambre canina, derrengado, ducharte y quitarte la sal, transformar el pelo de lija del siete en una suave mata de seda perfumada, cambiar el bañador por unos pantalones “to guapos”, la mejor camisa que tienes y las chanclas por las Nike que tardaste cuatro meses de ruegos y súplicas en conseguir. Y a ver si te atreves a dar el paso con la madrileña esta vez.
Es el ambiente.  Incluso he visto carteles de celebración de eucaristías. Cómo la que había cada domingo en Marines Racons, la urbanización de los pegolinos donde pasé unos cuantos julios.  Vaya frikada, por cierto. Me pregunto si se sigue haciendo. Una misa portátil para veraneantes,  (como todo buen cristiano sabe, el alma no coge vacaciones) con sus abuelas emperifolladas, más vigilantes en ver quién no iba a misa que en la misa en sí y la gente atravesándola para entrar en el bloque de apartamentos, viniendo de la playa con el cocodrilo hinchable. Eso sin contar con su cura. Todavía me acuerdo de su acento, perfectamente calcado al del cura de La Princesa Prometida.  Brutal.
Hacía mucho que no vivía ese proceso, el de arreglarme  después de un día de playa sabiendo que mañana será playa otra vez. O que no me daba cuenta. O que no me hacía recordar épocas pretéritas, cuando los primeros besos y los primeros temblores.
Inciso: me acuerdo mejor de lo que pasaba a mi alrededor cuando  di mi primer beso (Ana, rubita, pecosa, madrileña) que cuando se derrumbaron las torres gemelas.  Estaba en Campanillos, un pub con terraza, y sonaba (bastante apropiadamente) Loosing my religion. Otros grandes éxitos de aquél verano fueron Chiquilla y Así me gusta a mí.  Temazos gran reserva. Verano del 91. Hace 24 años.
Depresión mode on, please.
Estoy en 2015 en Colombia, viajando con mi chica por lugares perdidos y trabajando al mismo tiempo. No seas capullo, Javito.
Depresión mode off, please.
Este lugar quiere explotar al turismo y en cierto modo ya lo está consiguiendo.  A pesar de toda la carencia en infraestructuras, los viajeros (todos mochileros, sin excepción) llegan cada día para alojarse en cualquiera de las decenas de hostales que hay aquí.  Son, casi todos,  cabañas con techo de hoja de palmera, con grandes terrenos a su alrededor donde puedes plantar tu tienda de campaña o dormir en hamacas.
¿Y por qué viene aquí la gente? Por su playa, salvaje completamente, de arenas blancas relucientes y aguas limpias…
(Acabo de ver a una gallina cazar y zamparse un bicho volador gigante aunque, por lo visto, bastante incauto)
… a los pies de una selva tropical. Ya sabéis, cocoteros, aves del paraíso y toda la vaina. 
(Joder, menudo festival insectívoro,  estoy viendo pájaros cazando palometas en el aire, delante de mí. Es increíble la habilidad que tienen esos bichos para ser ingeridos).
El tema es que la playa es digna de Wilson, el balón-cabeza de “Náufrago”. Es exactamente igual que las que aparecen en las pelis de piratas.  No hay nada a parte de troncos podridos arrojados a la arena por las corrientes,  el mar crespo de la zona y una fina neblina ocasional que es mezcla de las partículas de arena que levanta el aire y los vientos alisios procedentes del atlántico.  Estos vientos, cargados de humedad, chocan con Sierra Nevada,  que los atrapa: de ahí la constante humedad y la impredecible variabilidad del tiempo.
No sé por qué (creo que ya lo he contado en otra ocasión) las playas salvajes me dan mal fario al principio.  Esta, en concreto, es por la sensación de soledad y cierto peligro en el agua, amén de la pared vegetal que se extiende, inclinada por su propio peso  como si quisiera atraparte, al otro lado de la pequeña franja de arena. El mar es bravo, amenazante, y las olas de más de metro y medio son constantes e impredecibles. Cuando regresan al mar después de chocar contra la orilla te arrastran hacia adentro con fuerza, como si el mar tuviera personalidad. Tú te vienes, te dice. Te vas a quedar aquí conmigo, haciendo compañía a todos los ahogados que, siglo tras siglo, han  engrosado las filas del ejército de los fantasmas olvidados bajo el océano. Marineros aquejados de escorbuto, corsarios al servicio de la reina, piratas al servicio de si mismos, bucaneros, filibusteros, soldados españoles, ingleses, holandeses, portugueses, buscadores de tesoros, exploradores tísicos, pescadores que jamás volvieron, capitanes borrachos, tripulaciones amotinadas, señoritos de primera clase y bastardos sin nombre:  ve con ellos, Javier, y ten una inexistencia elegante.  Eso dice aquí el sonido de las olas.
 Es increíble cómo ha cambiado el tiempo en comparación con Taganga, a dos horas en bus. Por las noches hace frío.  Lo sé porque dormimos en hamacas, a la intemperie, y es preciso abrigarse bien para no despertarse pajarito.  Eso es lo bueno de este lugar: tienes desde habitaciones con aire acondicionado por 80.000 pesos hasta hamacas en la arena de la playa por 10.000. Ahora estamos en un hostal por 10.000 (menos de 3 euros) con su piscina y todo. De hecho, ahora mismo, un pájaro con la panza amarilla fluorescente, las alas rojas y una cabeza a rallas blancas (colombiano tenía que ser) se está poniendo tibio con el cloro de la misma.
Mañana contaré mi encuentro en la playa, al amanecer,  con Javier y otro chico cuyo nombre no recuerdo. Dos chicos de Palomino la mar de majos. Yo venía de una noche movidita (perros ladrando, frío, una fiesta en las inmediaciones) y a ellos les estaba bajando un tripi.
Porque, sorpresa, no es la cocaína la droga reina entre la juventud colombiana. Es el LSD. Pero eso, como he dicho antes, lo contaré otro día. 






sábado, 12 de diciembre de 2015

DE PASIONES DESTRUCTIVAS Y PLAYAS DESIERTAS

La Iglesia más antigua de Colombia. 


Santa Marta es una gran población o una pequeña ciudad, según se mire. Aterrizamos allí procedentes de Bogotá y no permanecimos ni veinticuatro horas, pero en el hostal donde nos alojamos aquella noche sucedió algo digno de ser contado.
En el hostal La brisa Loca
El hostal se llama La brisa loca y si algún día recaláis en Santa Marta es importante que sepáis que es el hostal de la fiesta. Tiene una terraza con discoteca, camas flotantes, hamacas y una piscina pequeña pero honda, verdaderamente golosa, en el interior del patio central.  Hasta las tres de la mañana estuvieron dando por  culo. Pero eso no es lo malo, al fin y al cabo,  aunque nosotros no nos enteráramos, pone en todas las guías que es el hostal de la fiesta.
El problema fue otro. Resulta que estábamos en una habitación compartida. Diez camas, de las cuales sólo estaban ocupadas cuatro.  Dos personas a parte de Carla y yo. Pues bien,  a eso de las cuatro de la mañana me despiertan unos golpes monstruosamente altos y extrañamente rítmicos. Al principio me costó identificarlos, parecía que unos expertos en demoliciones estuvieran probando sus herramientas de trabajo al lado de mi oreja, pero, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que la actividad era otra: estaban follando a un par de metros de nosotros, ni más ni menos.
Bueno, pienso, un arrebato de pasión lo puede tener cualquiera, no te mosquees.  Clávate rápido un abrecartas en los tímpanos, o algo, pero no te enfades. Eres un viajero y no te quejas de las incomodidades.
Vale. Pasa un rato largo o a mí me parece eso. Pam. Pam. Pam. Pam. Pam. PAMPAMPAMPAMPAMPAMPAMPAM. A Tomar por culo, pienso, yo me largo a la terraza.  Así que bajo de mi litera de arriba y, no sé como, acabo raspándome las dos espinillas con la cama de abajo, pero no una raspadita de esas que soplas un poco, curasana, curasana y ya está, no.  Una buena hostia. Una hostia cinco estrellas. De esas que haces el idiota para que duela menos, como aspirar aire entre dientes, soplar a las estrellas o cagarte en los muertos de la humanidad.  Con sangre y todo.  Bueno, no importa, me digo entre dolores que laten, he hecho el suficiente ruido para que la pareja de tortolitos, o pterodáctilos drogados, se hayan dado cuenta de que los he oído follando. Que se jodan, pienso, pero llego tarde. Llevan jodiéndose un buen rato.
Total, que me voy a la terraza a tomar el aire, que ya estaba, por cierto, bastante enrarecido en la habitación, y al cabo de unos minutos sube Carla con dos malas noticias.
La primera es que se me ha roto el e-reader con unos mil libros dentro. Si, ya sé que  no iba a leerlos todos, pero estaba a punto de terminar La Mejor Venganza, una epopeya sangrienta de Abercrombie, que se salía. Y, además,  estaba todo: los griegos, toda la filosofía, clásicos de todos los tiempos, novelas en plan best seller. TODO. Me gustaba poner la tableta debajo de la almohada y dormir encima de cuatro mil años de cultura, gran parte del saber de la humanidad debajo de mi oreja.  En fin, a tomar por culo todo eso.
La segunda mala noticia, que a mí me pareció cojonuda al instante, es la siguiente:
Viendo la pareja que nos estaba molestando en demasía, había decidido, haciendo gala de una  gran consideración hacia sus semejantes,  meterse a follar al baño de la habitación, cuya pared daba a nuestra litera. Vaya, muchas gracias.
Pues bien, se ve que utilizaron la pila del baño como punto de apoyo, aunque ignoro quien de los dos se apoyaba. El caso es que la tiraron al suelo, reventándola como sólo una pila de loza puede reventarse, ocasionando con ello un estrépito digno de Godzilla.  Pobre Carla. Me imagino el salto en la litera.
Dame un punto de apoyo y me daré la gran hostia. 

Al instante se nos presentó un dilema moral. ¿Se lo decimos a la gente del hostal? No. Claro que no. Los Rodrigo-Moreno jamás se chivan. Joder, al fin y al cabo, ¿Quién no ha reventado follando el baño de un hostal alguna vez? Pero, ¿Y si la lista follarina se pira sin decir nada? ¿Y si nos echan las culpas de la movida a nosotros? Que va. ¿Cómo van a hacer eso? Ella, por sus melenas rubias y su cuerpo de quitarte el hipo aunque no tengas, me ha parecido bávara o similar. Gente que folla poco, sin duda, por eso se vuelven locos cuando van a Colombia y sitios así, pero son legales.
El caso es que el tipo del ariete total, el responsable de semejantes embestidas,  el tipo que había desafiado todas las leyes de la física y el decoro,  había desaparecido.  El muy Houdini había debido hacer la de chas y desaparezco a tu lado, porque la pobre chica, humillada hasta el tuétano y con el tobillo sangrando, está buscándolo, con el potorrete palpitante todavía, hasta detrás de los sofás de la terraza. Un espectáculo indigno hasta para un  teutón.  Si no fuera porque llevaba sin dormir un par de horas y el hostal era caro de cojones me estaría partiendo el culo por dentro.  Como seguramente, y a juzgar por los resoplidos de gorrino en poza de la habitación, le estaba pasando a ella minutos antes.
This is Colombia,  no nos podemos arriesgar. Tenemos menos dinero que en un after a las dos de la tarde, así que, sintiéndolo mucho,  se lo decimos a los de recepción. Oye mira, le digo, dentro han estado follando como si se hubiera declarado la tercera guerra mundial y los resultados, fatalmente y para nuestra consternación, han sido casi iguales. Te lo digo ahora para que no creas mañana que hemos sido nosotros.
Y en ese momento casi deseo haberlo sido. Primero porque no me digáis que no es una anécdota cojonuda. “Buah, ¿Os acordáis de cuando reventé un baño en Colombia echando un kiki? “ Y segundo porque, diga lo que diga ahora, tuvo que ser un polvazo.
Al día siguiente estuvo muy bien comentarlo todo, la verdad. La cara de la chica también molaba bastante. Iba a cuestas con su resaca, el tobillo con costras de sangre y un problemón de tres pares de cojones.  Lo negaba todo, claro, pero hay cámaras en la entrada de la habitación. Se podía corroborar mi historia punto por punto.  Mil pesos por las imágenes de Houdini escabulléndose en gallumbos, amparado en las sombras, por favor.
En fin, cogimos las maletas y nos piramos de una ciudad en la que, oh sorpresa, los trancones estaban a la orden del día.  Y así llegamos a nuestro primer lugar paradisíaco en esta etapa de nuestro viaje.

Taganga. O como dicen los locales, Taganja.
Taganga.


Taganga es un pueblo de pescadores en el norte de Colombia, entre el mar caribe y Sierra Morena, un macizo montañoso a pie de mar,  cuya cumbre más alta supera los cinco mil metros. Su emplazamiento privilegiado, a los pies de una bahía, lo ha convertido en parada obligada de mochileros y demás gente de mal vivir.  La oferta de alojamientos es de lo más variada y hay desde hoteles caros a pie de playa hasta hostales de mala muerte, pasando por un camping postapocalíptico, que es donde nos hospedamos Carla y yo.

Bienvenidos al camping Pura Vida.




El camping Pura Vida es un mini espacio de unos 100 metros cuadrados donde nos hacinamos viajeros de todo el mundo en tiendas de campaña decrépitas, unas pegadas a otras, sin parcela propia ni pollas en vinagre. No funcionan los baños, hay restricciones de agua cada dos por tres, la cocina parece sacada de  Papillón y, al estar bastante alejado de la playa, siempre hace un calor semejante al que haría en una fragua  con exceso de trabajo regentada por un saco italiano de tierra seca. El  italiano en cuestión es uno de esos tipos  que se toman la vida a cámara lenta. La vida, registrar pasaportes , arreglar el inodoro y todo lo demás.  No hay apenas comodidades y la única nevera que existe en todo el complejo y polvoriento entramado de desolación turística que es Pura Vida, no enfriaría  ni aunque le metieras tres toneladas de hielo a presión. ¿Entonces por qué estoy tan a gusto? Pues porque hemos venido a parar a hipilandia. Ni más ni menos. Todos los habitantes del lugar parece que se ganan la vida haciendo malabares, tocando en la calle, monocicleando y, en fin, haciendo todo tipo de actividades alternativas para hacer de la vida una aventura. 
Un respeto hacia aquel que decide ganarse la vida poniéndose de pie en el sillín de una bici en marcha gobernada por él, mientras hace malabares con cuatro mazas. 
Un detalle importante y bastante irónico del camping Pura Vida: está pegadito al cementerio. Pared con pared. Es genial. No hay nada como tener un montón de cadáveres como vecinos. No suelen quejarse mucho y, sinceramente,  si nosotros nos hemos quejado al guardia de seguridad, un tipo nada original y muy taciturno, es por hacer el tontaina. Se portan la mar de bien. Ni una voz más alta que otra, la música siempre baja,  ¿Qué más se le puede pedir a unos vecinos? Un poco de sal, si eso.   
Es muy gracioso ver a la gente que vuelve al camping por la mañana, después de una noche de farra, totalmente lánguidos, silenciosos y con cara de fiambres,  caminando al lado del cementerio.

Taganga mola. Es un sitio perfecto como para que se convierta en una buena base de operaciones. Desde aquí se pueden hacer tantas cosas, que lo que iba a ser un día lleva camino de convertirse en una semana.
Ya el primer día nos encontramos de casualidad (como molan esos encuentros viajeros) con unos amigos que hicimos en Bogotá. Son una española, valenciana croquetamente, y una australiana. Se hicieron muy muy amigas de Carla, así que ya os podéis imaginar la sorpresa al encontrarnos todos aquí.  Además, parece que tienen el lugar bastante controlado, así que nos hemos ahorrado unos días y nos han contado algunos secretos de Taganga.
Hay un montón de playas alrededor del pueblo, sin contar las que lo bañan, a las que sólo se puede acceder después de un trayecto en barca o de una buena caminata. Calas de aguas cristalinas y peces correteando a tu alrededor.

Fritangueando.
Todas las tardes, sobre las siete, los pescadores vuelven a la playa e improvisan una lonja donde venden todo el pescado. En la misma arena. Un tipo ha construido una cabaña en alto, a  unos cinco metros del suelo y vive allí, así que los pescadores le suelen dar las sobras de su mercancía. Es un milagro ver como aquella estructura se mantiene en pie.

  Es, claramente, la obra de alguien que no se interesa mucho por la física y la arquitectura. Pero ahí está el tipo, sonriente en lo alto, esperando sus raciones. Exactamente igual que las decenas de gatos que hay olisqueando por las inmediaciones.
La parte del pueblo cercana a la playa es la parte más turística y está llena de chiringuitos y restaurantes, así como puestos ambulantes de comida y artesanía, todo muy a lo Benidorm, pero sin la parte asquerosa.  Se puede comer de menú muy bien por siete mil pesos.  Dos euros. El camping nos cuesta 20.000 la noche con tienda que proporcionan ellos. Unos tres euros por persona y noche.
Un cubata, palabras mayores, puede costar 5000 si eres listo y te esperas al 2x1. 
Exacto. El paraíso.
Pero no es oro todo lo que reluce. Si cruzas la carretera general y te adentras en el pueblo se ve la realidad tal cual es: calles sin asfaltar, perros abandonados,  negocios llenos de polvo, sequía,  baches, basura por doquier y las constantes advertencias de los lugareños: por ahí no vayas, de noche no, etc, etc, etc.
La verdad es que ellos no tienen pinta de estar mal. Los veo tumbados en sus porches, balanceando sus hamacas junto a algún amigo y, si bien se advierte una expresión de cultivado aburrimiento, no he visto muchas miradas de tristeza. Muchas menos que en cualquier metro en hora punta de cualquier gran ciudad, en todo caso. Lo digo mucho, pero hay una diferencia capital entre la pobreza y la miseria. Esa diferencia reside en la dignidad. A un pobre es muy difícil quitarle su dignidad, porque es de las pocas cosas que tiene.  Es cuando le despojas de ella cuando alguien pobre se convierte en mísero.  Cuando alguien se ve en ese estado que lo ha perdido todo, dignidad incluida, hará cualquier cosa por cualquier cosa: comida, droga, cobijo, aceptación… da igual. 
En fin, por esos lares, en un lugar apartado detrás de unos de esos campos de fútbol de tierra que se calcinan al sol en los pueblos, se encuentra Literarte.
Es el único lugar de Taganga donde hay libros. Puedes intercambiar, alquilar, comprar o vender libros allí. El lugar está apartado del núcleo urbano, en una especie de claro a los pies de una montaña. Se llega a la casa cruzando el puente que salva un riachuelo.
¿Os acordáis que se me había roto la tableta? Pues bien, yo no puedo ir a la playa sin propósito.  Necesito leer algo, o hacer algo más que esclafarme al sol. Si no tengo nada que hacer me pongo nerviosito y me aburro. A parte del puto calor, claro.
Así que desde que había llegado a Taganga había estado buscando un lugar así.  Es una casa particular llena de libros en la que vive un tipo muy raro. Y también lento en sus ademanes. Parece algo muy común en este pueblo.
Cinco minutos aquí puede significar tres eones.
Que alegría, joder, ¿Qué se me jode el e-reader?  A grandes males, grandes remedios. Guerra y paz y El ladrón de barcos. El primero sobra decir nada, el segundo es una trepidante novela de aventuras en el mar que ya había leído, pero seguro que a Carla le gusta.
Pero la verdad es que he leído poco. Hemos hecho una colla de amiguetes, algunos de ellos oriundos del lugar y no hay espacio para la lectura, al menos de momento. 
La verdad es que estoy un poco cansado del rollo amistad veraniega. No está mal, está muy bien, pero a veces me apetece soledad y hacer en todo momento lo que me salga del orto.
La mejor forma de viaje es sólo o con una persona más.  Eso está clarísimo. Si estás en un grupo numeroso, estadísticamente hablando siempre hay uno o dos gilipollas. Eso es así. Y cada decisión, por fácil que parezca, se convierte en un conflicto internacional. Y eso es exactamente lo que es.
En nuestro grupo ahora hay españoles, colombianos, peruanos, italianos y australianos. 
Total que hoy Carla y yo haremos lo que nos plazca. Si vienen guay, sino, como dirían en mi pueblo: a cascarla.
La verdad es que mola conocer gente del lugar, obviamente.  Ayer, sin ir más lejos, nos llevaron a un sitio que está recién inaugurado que es digno de un marahá, pero en barato. Una piscina de esas que están al borde de un precipicio y parece que su agua se derrame por el horizonte marítimo. Una de esas mierdas horteras que se haría Berlusconi por sus huevos en una reserva natural y que saldría en el programa de la tele de izquierdas llamado “¿Quién vive ahí?” Me sentí un poco mal, porque por la mañana había criticado con bastante soltura (son años de práctica como indignado en España)  unos cuantos hoteles a pie de costa, pero, qué queréis que os diga, hay momentos para la coherencia y momentos para los mojitos a 2x1, que demonios.  Ya está bien, hombre, tanto hippie, tanto malabar, tanto Podemos y tanta polla.
La Piscina.

Encima estábamos solos en aquel espacio. Sospecho que pronto se llenará de tronistas, pero mientras tanto fuimos nosotros los que disfrutamos de la piscinaca.

Bien, hoy nos vamos a un paraje fluvial, con sus cascadas y sus piscinas naturales, que nos han dicho que aquello es como si a la Pacha Mama le hubiera dado por construir un acualandia en roca viva.
Mañana vamos a ir con unos pescadores a faenar (ellos se partirán la caja de ver a unos turistas haciendo el canelo)  un rato cerca de una isla que está a una hora de la costa. Comeremos en su playa desierta lo pescado, exploraremos las inmediaciones cual Crusoes  de Benimaclet y volveremos mientras se pone el sol en la cresta de las olas.
De Taganga íbamos a irnos pasado mañana, pero no está claro.
Y es que ya lo dicen los habitantes del lugar: A Taganja sabes cuando llegas, pero nunca cuando te vas.
































viernes, 27 de noviembre de 2015

ECHAR DE MENOS.

Echo de menos a mi perro Baco, a mi padre, a mi madre y a mis hermanos. Sí, Baco primero, soy horrible. Echo de menos despertar en Benimaclet y salir al descampado con legañas en los ojos y la prisa de mi perro en los suyos. Echo de menos el sol de Valencia y los amigos de Valencia que, ahora que pienso, son casi lo mismo.
Echo de menos llegar a cualquier sitio en un máximo de media hora y echo de menos el aire maloliente de la huerta. Porque una cosa es el olor del abono al final del invierno y otra muy distinta el olor a metal pesado cualquier día.  Echo de menos las terrazas. Dios. Cuanto os echo de menos. El sol de invierno. Tomar una cervecita fresca con calamares, o bravas, o morro, o sepia, o ensaladilla rusa, o croquetas de bacalao, o tellinas, o puntilla, o chorizos a la sidra, maldita sea,  porque salí anoche pero no me lié y todo entra de puta madre y estoy contento por aprovechar el fin de semana. Eso lo echo un huevo de menos.
Echo de menos poder ir al Regajo con quién quiera venir. Echo de menos el London y la plaza del  Glop y volver a casa  a cenar después de haber tomado unas cañas en el Sergio's.
Que me parta un rayo ahora mismo si no echo de menos mis almuerzacos en el Petit con Baco.
Echo de menos las visitas de improviso de algún viejo amigo. Y de los pesados de siempre.
Quedar en media hora. Eso aquí es imposible.
Echo de menos encontrarme a gente por la calle que se alegra de verme. Echo de menos las cenas del padre de mi novia y los asados de mi padre. Una cena de mi madre, que no sé como demonios hace para que las cosas más sencillas sean alta cocina. Vaya tela, no voy a seguir por ahí, que lloro.
Echo de menos ciertos hábitos, ciertos lugares, que hace cuatro meses me estaban cansando, por no decir otra cosa.
Y ahora los echo de menos.
Pero los echo de menos cuando me paro a pensar. Cuando el silencio aparece y ataca, que suele ser casi siempre.

Como ahora, mientras escribo.

El resto del tiempo estoy demasiado ocupado viviendo con mi asombro.  

lunes, 9 de noviembre de 2015

DE MIRADAS SANGUINARIAS, PUEBLOS TRISTES Y FRONTERAS OSCURAS (Tercera parte)

(Viene de : http://deaventurasporcolombia.blogspot.com.co/2015/11/de-miradas-sanguinarias-pueblos-tristes_7.html )

Porque aquí, sorprendentemente, empieza lo más duro del viaje. Una vuelva de 25 horas sin dormir un puto minuto.  ¿Lo bueno? Que era un bus equipado como un avión transcontinental. Pantalla en el respaldo de delante, decenas de pelis a la carta, enchufe para recargar el e-reader. De hecho, las primeras doce horas fueron tranquilas y apacibles. Incluso paramos un par de veces a comer. A partir de la duodécima hora empecé a ponerme, como decirlo, nerviosillo. Hasta las narices de leer. En total ya me había leído Las cartas de la ayahuasca, Enrique V, medio libro de La voz de las espadas que ya tenía empezado y medio de Antes de que los cuelguen. Me había visto también unas cuantas pelis.
Así que me dio por inaugurar el síndrome Quiero Bajar Ya O Cada Vez Voy A Estar Peor  Aunque Ya Sé Que Pensar Así No Es Para Nada Útil. Pero eso no iba a suceder. Lo que iba a suceder es que el tiempo iba a empezar a colgarse de cada latido de mi corazón como un alquitrán espeso, esparciéndose lenta pero irremediablemente por mis células. Pronto iba a salir rezumando de cada poro de mi piel. Un tic tac solemne, grasiento e interminable, generador de pensamientos deformes. Nunca dejará de maravillarme la percepción que tenemos los humanos del tiempo y la crueldad esencial de su naturaleza. El tiempo pasa lento cuando uno sufre o se aburre y rápido cuando uno se lo está pasando bien. Por otra parte, cuanto más pequeña es la escala de tiempo a analizar, más lento pasa y viceversa. Si  pienso en los últimos veinte años me entra un vértigo de la hostia. Porque, básicamente, todo ha consistido en un parpadeo ininteligible. Estoy pensando seriamente que en mi (muy futuro) epitafio ponga "¿Que coño ha pasado?".
 El paisaje, a ratos verdaderamente espectacular, disminuía la sensación de estar sumergido en el tedio más espantoso.
El bus recorre gran parte de Colombia y atraviesa macizos montañosos gigantescos que se atropellan unos a otros generando abruptas quebradas, cañones en cuyo fondo discurren ríos estrepitosamente hermosos y cascadas vaporosas como sudarios  que surgen de la niebla, o acaso la generen. Fértiles valles llenos a rebosar de cafetales y plataneros. La humedad como argamasa de la vida y a la vez, causa de podredumbre. Es fantástico caer en la cuenta de que la putrefacción es un elemento indispensable para la vida. Aquí se nota más eso. El bosque aquí es más exuberante, caótico, lleno de vida y a la vez podrido que en Europa.  Me pregunto si pasa lo mismo con las personas y si está tan superado el tema según el cual el carácter y la situación general de un país está relacionado directamente con su clima y su entorno. Eso decía Montesquieu hace ya unos cuantos findes. Ahora parece que no. Que lo más importante para determinar esto es la situación política. Yo no estoy tan seguro.
 A través de la ventana del bus veo casas con ondulados techos metálicos, llanuras inmensas plantadas con caña de azúcar y el verde, el verde omnipresente, húmedo y siempre jocoso, riendo en brazos de la lluvia y del sol, que aquí se pasan el día jugando al escondite.  Un inciso. Me doy cuenta de que antes, en la primera y segunda parte de esta entrada, para describir la fealdad de un sitio, he añadido torpemente el adjetivo de pobre y  es un error. Desde el bus puedo ver también decenas de sitios muy pobres, pero bonitos, en la espesura. Cabañas evidentemente construidas por sus dueños, muy humildes, sin apenas comodidades, pero con un encanto y una belleza especiales. Creo que es el marco, la forma de estar integradas en la selva. Supongo que la pobreza es mucho más llevadera allí que en cualquier ciudad, aunque, la verdad, no estoy muy seguro.
En fin, es entretenido ir pensando todas estas cosas mientras observo a través del cristal. Ver como el día se retira poco a poco detrás de las montañas y como estas proyectan sombras que cortan limpiamente la luz anaranjada y lechosa de la tarde.

Pero bueno, eso dura poco, porque pronto se hace de noche y el paisaje desaparece. Entonces sólo quedan los vaivenes del bus, el ruido del motor, el del rozamiento de las ruedas contra el asfalto y los ocasionales ruidos guturales de un pasaje dormido. Hay una señora que ha debido comerse un camello con motosierras de guarnición, porque no veas como ronca la japuta. Parece que le esté dando una parada cardiorespiratoria cada vez que le da por inhalar, a la egoísta. Pues no sería yo quien le ayudara. Sólo hay una cosa peor en este mundo que no poder dormir. Y es que la gente a tu alrededor vaya por la tercera fase REM de la noche. Porque creo que sólo estamos despiertos el conductor (que hace unas seis horas que no descansa) y yo. Lo cual hace todo mucho más desagradable. Empiezo a sentirme como el personaje de un capítulo de X-Files. Es muy sospechoso ser yo el único despierto de todo el bus. ¿Estaré siendo objeto de un experimento gubernamental colombiano? Ni siquiera puedo salir a orinar porque estoy en ventanilla y el notas que está a mi lado duerme como un bendito adicto al opio, el muy cabrón, y tiene una mochila del tamaño de júpiter bloqueando el paso. Tendría que ponerle el culo o el paquete en la cara para salir y no me apetece. A saber que puede pasar si se despierta en ese momento.

La desesperación must go on.


Paso las horas, defragmentadas, deconstruídas, desuputamadre, en una interminable sucesión de intentos de hacerlas más livianas, pero no funciona ninguno. Ya no me concentro en la lectura y la idea de ver una peli se me hace insoportable. Intento dormir pero eso es absurdo. En mi vida he conseguido dormir si de lo que se trata es de intentarlo. Yo duermo cuando me entra el sueño. Y, en ese momento, a pesar de un cansancio aplastante, no tengo nada. Cero. Más despierto que preso en una sala de interrogatorio de los mossos.

El tiempo sigue su curso, lento y desquiciado a la vez, como una serpiente secándose al sol, e igual de venenoso. Carla me manda mensajes de ánimo que son como fesols magics cuyo efecto dura  poco hasta que, finalmente, oh gracias Dios de los buses, llegamos a Bogotá. Alegría de la peor clase, alegría falsa alarma, alegría mi gozo en un pozo, puesto que nada más entrar en la ciudad y tras la nada desdeñable cifra de 24 horas de viaje, descubro que está colapsada. Hay un atasco como sólo aquí pueden existir. Si Dante fuera contemporáneo, un círculo del infierno sería un atasco en  Bogotá, durante la hora punta. Pero que digo, qué hora punta ni qué leches. Eran las cinco y media de la mañana y ya estaba la ciudad colapsada.

En ese sentido Bogotá es un fracaso de ciudad. En serio. Toda la vida, toda la cultura, todas las infinitas posibilidades que brinda la capital de un país enorme y hermoso como es Colombia se van a la mierda el momento que sales de casa y te toca desplazarte. Como sea un poco lejos, estás jodido. Además, hay tanto coche, tanto bus realmente viejo, que hay días que la atmósfera es irrespirable.
Si hace sol y tienes que ir a un barrio cualquiera de Bogotá lejos de los cerros, llévate mascarilla. Por otra parte, la lluvia aquí es la fregona de los dioses. Una auténtica bendición.


En fin, fue la guinda podrida de un pastel de mierda.  Llegar a la ciudad de destino y comerme dos horas más de bus, sin escapatoria alguna, en un mar de coches que avanzan a dos kilómetros por hora.

¿Os cuento algo gracioso? En ese momento empecé a sentir sueño. ¿Os cuento algo más gracioso todavía?
No era yo, era el CO2. Había tanta polución, que el aire acondicionado había empezado a meter aire de mierda (el único disponible por otra parte) en el interior del bus. Era como estar de picnic en el túnel de Peixet Aleixandre.  Y decidí aprovecharlo. Así que creo que dormí una horita gracias al CO2 en medio del atasco.

Después tuve que coger un taxi a casa que me costaría una hora y media más. Si me mordiera las uñas no me quedarían.

Luego llegué a casa y vi a Carla y vi mis cosas y vi que todo estaba bien,  que todo había salido bien. Me alegré tanto de volver a mi pequeño universo que pronto toda la ansiedad y el cansancio desaparecieron para dejar paso a una sencilla alegría que descansaba sobre mi chica y sobre mi, los dos risueños, buscando el abrazo a cada rato, y sobre un desayuno celestial consistente en un sandwich triple de tortilla, queso curado, jamón york y mayonesa.


Había vuelto a casa. Que es otra de las partes más bonitas de viajar.

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sábado, 7 de noviembre de 2015

DE MIRADAS SANGUINARIAS, PUEBLOS TRISTES Y FRONTERAS OSCURAS. (Segunda parte).

Viene de http://deaventurasporcolombia.blogspot.com.co/2015/11/de-miradas-sanguinarias-pueblos-tristes.html


Pero llegamos a la terminal de autobuses de Tulcán, cerca de la frontera de Ecuador. Entiendo que la llamen terminal, en lugar de estación.  La estructura  parece presa de un cáncer de huesos. Uno de esos abuelos desahuciados sin familia que mueren sin que nadie les eche de menos. El olor es el mismo, desde luego y, a pesar del caótico ajetreo, todo el lugar apesta a tristeza y a peligro, otra vez.
Pocas veces he sentido eso en mis viajes por el mundo. Quizá en el puerto del Pireo, cerca de Atenas, al caer la tarde. Pero es un puerto, con sus marineros borrachos y sus tabernas con olor a alcohol fermentado, así que entra dentro de lo normal.  Sin embargo, uno espera algo distinto en una ciudad con escuelas y niños y negocios respetables. Pero no.
Nada más bajar del taxi dos chavales con, otra vez, los ojos inyectados en sangre, se burlan de mi. Debo tener pinta de turista acojonado.

-Mira el grigo perdido- grita uno de ellos en voz alta. Su acompañante se ríe de una forma estridente y algo artificial, forzada.

-El gringo está perdido. Pregunta gringo.-le acompaña en la burla. Es evidente que el otro es el jefe. Siempre se notan estas cosas a la legua.

Paso de ellos. Ni siquiera les miro y cojo otro taxi que me lleve al hostal. (Por alguna extraña razón el que me ha llevado de la frontera a la estación de buses no quiere llevarme).

El hostal San Andrés, que había localizado por internet antes de comenzar el periplo, es un agujero infecto y los múltiples crucifijos y dibujos kitsch de la Virgen no hace más que acrecentar la sensación de que ese es un lugar dejado de la mano de Dios.  No hay nadie en recepción y, al cabo de unos momentos interminables en los que no se oye un alma, aparece un adolescente bizco y con cara de hacerse unas doce pajas al día.

-Hola- le digo- Quería una habitación.

-Son diez dólares, tiene baño propio y televisión por cable.

Lo de la televisión por cable es un dato interesante, porque quiero hacer un búnker de ese hostal y hay que estar entretenido. De leer estoy un poco harto (recordad, 20 horas de bus) así que me parece bien la TV por cable. Me parece cojonudo.  Pago sin registrar absolutamente ningún dato. Bueno, por mi estupendo. Si resulta que, por lo que sea, destruyo la habitación, no podrá exigir nada.

Lo que pasa en Tulcán se queda en Tulcán.

La habitación. Ja. La habitación no es digna de llamarse habitación. Es un espacio triangular con una cama que cabe a duras penas, unas cortinas recién sacadas de una incineradora forense antes de su puesta en marcha y una ventana que es imposible cerrar del todo. En fin, aunque el baño es estilo Saw III y ni siquiera hay toallas, la puerta que da al pasillo tiene pestillo y la TV funciona. Las sábanas huelen a limpio. No necesito más.

Pero es pronto, así que salgo, algo más tranquilo y animado, a explorar un poco la ciudad y a ver si encuentro un ciber y mato el tiempo.

Tulcán es como Ipiales: lo que yo vi puede describirse como básicamente horrible. Pobreza, suciedad, desorden, absurdez y un aura de peligro más que presente. La diferencia con Ipiales es que  llovía estilo Seven: una lluvia gorda y sórdida, que subraya los detalles decadentes que campan a sus anchas por las calles.  Destellos rojos de semáforos en paredes húmedas desconchadas, cables que cuelgan enmarañados, callejones con gente (¿Qué hacen allí?) al fondo, descampados que jamás serán usados para algo bueno y personas de bien compartiendo aceras con seres humanos que aparentan relacionarse sólo con el mal y su propiedad conmutativa: O lo hacen ellos, o el mal se ha cebado con ellos,  una de dos. El resultado, al final, siempre es el mismo.

Me meto en un ciber. Estoy un buen rato hablando con Carla y gente de Valencia. Miro noticias de España. Es un buen ancla con la que fijar, aunque parezca irónico, mi cordura. Vuelvo a lo conocido, a las riveras familiares. No quiero acojonarme y puede que todo haya sido imaginaciones mías, pero antes me ha parecido como unos chavales me seguían hasta el hostal. Así que, con el ánimo de despistarlos,  paso un par de horas en internet. El chaval que regenta el locutorio parece amable, por su sonrisa del principio, así que le pregunto que hay que ver en Tulcán. Su respuesta, traída de lugares ignotos tras largos segundos de silencio, me deja a cuadros:

-El cementerio, pero no hace día.

El cementerio. Bien. Un sitio cuya principal atracción es el cementerio. Cojonudo. Seguro que es brutal. Los muertos tienen que estar allí en la gloria. Cementerio cinco estrellas. Me pregunto si tendrá televisión por cable.

Salgo de allí con la intención de esclafarme en la cama y sacar  sólo las orejas y la mano con el mando de la TV pero, al cabo de unos pasos, veinte como mucho, caigo en la cuenta de que me he dejado la mochila. Vuelvo raudo cual Puzuma ambiguo*. No ha pasado más de medio minuto, pero, oh, surpraise, la mochila ya no está. Hay tres personas en el ciber más el dependiente, sentado tras el mostrador, en una especie de cubículo separado del resto de la sala.

-Perdona-le digo. -Me he dejado una mochila hace menos de medio minuto.

Y no es en absoluto una pregunta, pero el chico me contesta que no.

-Vamos-vuelvo a decir- Si acabo de irme. ¿Ha entrado alguien en este tiempo?

La pregunta va dirigida a la chica que estaba a mi lado, con su propio ordenador.

-Yo no sé nada- o algo así, me contesta.

No ha contestado a mi pregunta. Me ha dicho algo muy distinto.

Salgo del ciber. ¿Que puedo hacer? Empiezo a dudar de mi mismo. ¿Y si no venía con mochila? Pero no puede ser, la recuerdo a mis pies. Vuelvo a entrar pero el chaval me niega que haya entrado alguien a por mi mochila o que alguien de los presentes se la haya quedado.  Me empiezo a cabrear porque, aunque no hay nada de valor dentro, están mis medicamentos para el asma (aunque en ese momento yo no me acordaba)  y la mochila, en sí misma, tiene un gran valor sentimental, puesto que me la regaló un amigo antes de venir a Colombia.  Más cabreo. Empiezo a parecerme a Pocholo buscando la puta mochila.

Vuelvo a salir, ya muy jodido, y en ese momento pasa un policía en moto. Bien. Le paro y le cuento la historia. El tipo llama por radio y aparecen diez o doce polis más. Motos, un coche y varias parejas andando. Menuda party de maderos. Me giro para ver la cara del dependiente. Vale, menudo careto me lleva. No puedo verlo, pero si me asomara un poco por su garganta vería a su corazón practicando escalada y mascullando "mierda, mierda, mierda". Menudo poema de cara. Las cartas de Jorge Manrique  por la muerte de su padre, por lo menos.

Bingo.

Los polis hablan con él, pero lo niega. Allí no hay nada. Vuelven a hablar conmigo. ¿Seguro que venía con la mochila? Joder, agente, defina seguro. Apostaría 100 euros, no la vida. ¿De acuerdo? Naturalmente eso lo pienso, no se lo digo.  Yo le aseguro que estaba allí y a los treinta segundos había desaparecido. Y además, que demonios, es exactamente lo que ha pasado. Ya basta de dudar de mi mismo, coño. El que parece el jefe de los polis vuelve a entrar y al cabo de un minuto sale y me dice que pase dentro del cubículo a ver si veo la mochila. Entro y, efectivamente, allí está La Colombiana. (He decidido ponerle ese nombre). El chaval, en un intento desesperado de cogerse a algo antes de caer al precipicio, dice: esta mochila es de mi hermano. Pero es un clavo ardiendo y todos lo sabemos.

-¿De tu hermano? Mira, da igual, no pasa nada. Me la he dejado y tu has querido aprovechar la oportunidad.Lo entiendio, de verdad, no pasa nada. No estoy enfadado ni nada, me la sopla el hecho en sí. pero DAME MI MOCHILA.

Y el poli me dice que identifique lo que hay dentro y se lo digo al dedillo. En ese momento me acuerdo de que tengo los medicamentos para el asma y doy gracias a R.R. Martin por no encontrarme en Tulcán sin ellos, lo cual sí habría sido un problema serio de cojones.

Le doy efusivas gracias a los policías y el jefe me dice que vuelva a Tulcán, que allí son gente buena.

No lo dudo (no huevos), le digo, pero no creo que suceda en los próximos tres eones.

Ahora sí que me meto en mi búnker televisivo y no salgo de allí hasta el día siguiente. Dos birritas, dos piezas de pollo frito y mil canales donde oír a Robert De Niro gritando recanastos.

Me despierto varias veces en la noche desorientado. No suelo dormir sólo en lugares extraños. En un momento dado, cerca de las dos de la mañana, me desvelo.  Pienso en todos los acontecimientos que estoy viviendo, los lugares que estoy conociendo y sonrío dentro de la cálida seguridad que me proporcionan las mantas y sábanas limpias. Insisto: olían muy bien. Es un detalle de agradecer en todo aquel desbarajuste existencial transitorio, pero muy cañero, que estoy experimentando.
Sonrío, también, porque viajar no sólo es disfrutar: los malos momentos, el caos, el miedo y la nostalgia alucinada que provoca todo eso  forma parte del viaje muchas veces. Son momentos oscuros que tienen algo bueno intrínseco: el poder superarlos.
Y que te curten. Aprendes a moverte por esos sitios, a diferenciar lo que es peligroso de lo que es una paranoia tuya sin más. Cosa la cual es básico para futuros viajes, puesto que viajar con miedo hace que te pierdas cosas maravillosas pero hacerlo sin estar alerta puede causarte grandes problemas.

A las seis del día siguiente ya estaba más fresco y animado que un delfín en primavera. Tocaba volver.

Cogí un taxi y fui a la frontera. Desierta, bien. Ni siquiera tuve que hacer cola para salir de Ecuador y fui el primero en entrar a Colombia por allí ese día. Lo cual no deja de ser curioso. Ya en Colombia cogí el taxi a la terminal, pobrecica, de Ipiales y allí cogí el bus que me llevaría a Bogotá.

Y allí se desataría el INFIERNO.

*Para cualquiera que no posea un marco lógico de referencia semejante, el animal más veloz† del Disco es el Puzuma Ambiguo, una criatura extremadamente neurótica que se mueve tan deprisa que es capaz de alcanzar una velocidad cuasilumínica en el campo mágico del Disco. Esto significa que si puedes ver un puzuma no está allí. La inmensa mayoría de los puzumas machos mueren jóvenes después de haberse destrozado los tobillos corriendo a gran velocidad detrás de hembras que no están allí lo que, naturalmente, les permite alcanzar la masa suicida en concordancia con la teoría de la relatividad. El resto de ellos muere de PIH (Principio de la Incertidumbre de Heisenberg), dado que no tiene forma alguna de saber simultáneamente quiénes son y dónde están. La incertidumbre que ello provoca da como resultado colateral el que un puzuma sólo pueda estar seguro de su identidad cuando se encuentra inmóvil (normalmente encima de los cascotes en que se ha convertido la montaña con la que acaba de chocar a velocidades cuasilumínicas). Se rumorea que el puzuma es de un tamaño aproximado al leopardo y que posee un pelaje a cuadros blancos y negros sin igual entre todos los animales, aunque los escasos especímenes descubiertos hasta el momento por los sabios y filósofos del Mundodisco les han inducido a afirmar que el estado natural del puzuma es ser tan delgado como una alfombrilla de baño y estar muerto. "

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viernes, 6 de noviembre de 2015

DE MIRADAS SANGUINARIAS, PUEBLOS TRISTES Y FRONTERAS OSCURAS. (Parte I)

El viaje de ida fue extrañamente placentero. Para empezar, nada más subir y acomodarme en mi asiento, me quedé dormido. No fue un sueño profundo pero si inesperado. Dormí intermitentemente unas ocho horas. Todo un récord en mi. Sobre todo en un bus.  Al despertar sólo tuve que dejarme llevar por el cambiante y espectacular paisaje y por la elección de mi siguiente lectura. Me había traído unos cuantos libros:
La rebelión de las masas, de Ortega y Cassete, Enrique V de Shakespeare, El sonido y la furia de Faulkner, Cartas de la ayahuasca, de Borroughs y un e-reader con un más de mil libros de todos los tiempos. Resumiendo, estaba a gusto en el bus.
Empecé con el yonki, pederasta (le encantaban los adolescentes) y asesino (mató de un tiro a su mujer en México jugando to ciego a Guillermo Tell) y sus Cartas de la ayahuasca. Fue una lectura de lo más sorprendente, porque habla de latinoamérica y cuenta sus problemas con los papeles y sus estancias en sitios de mala muerte y me sentí bastante identificado.
Total, que después de veinte horas (milagro, esperaba 24) llegamos a la terminal de Ipiales, cerca de la frontera, en el lado colombiano.

Dejemos una cosa clara desde el principio: TODOS los núcleos urbanos medianamente grandes y que no son turísticos que yo he visto de latinoamérica son jodidamente feos y tristes y pobres y sucios. En todos flota una sensación a desesperanza y peligro de la que es difícil sustraerse.  Además, sabes que no es así, pero esos pueblos grandes siempre parecen a medio terminar. Las casas rara vez se pintan, así que sus paredes  muestran el ladrillo al descubierto, sin ningún tipo de enlucido. Pero no ladrillos estrechitos de hipster en paredes de cocina con minibodegas y neveras retro, no. Ladrillo de obra de toda la vida, grande, práctico, naranja, unido por cemento gris. Muchas casas todavía conservan el encofrado en la parte de arriba. Sobresalen de sus tejados largas varas metálicas, como dedos de viejo intentando atrapar el poco oxígeno que sobrevive entre el dióxido de carbono y demás componentes nocivos que expulsan los viejos buses con motores diésel.
Ipiales es eso elevado a la máxima expresión. El caos ensuciado. Miradas torvas. Gente vendiendo cosas que no van a vender en los semáforos. Y una sensación inexplicable pero potente y real: no quiero estar ahí. La culpa la tiene lo que veo, pero también el tipo que está conmigo en el taxi. Me ha hecho la tranca. Venía conmigo en el bus y me había preguntado si viajábamos juntos a la frontera. Estupendo, me dije, así pagaremos la mitad cada uno. Pero no. Lo que pasaba es que el listo (porque es un listo) no llevaba dinero. Vamos,  que me ha hecho una PNL en toda regla, el muy cabrón. No es lo mismo decir "¿Viajamos juntos en un taxi?" que "¿Me das dinero para un taxi?" Vale, le digo, yo tengo que ir igual, así que vente.
¿Verdad que hay gente que desde el minuto uno sabes que no es trigo limpio? Puede que sea un gesto, o la manera que tiene de hablar, o el tipo de mirada. O una combinación de todo ello. El caso es que el color del aura de ese tipo era rojo y azul intermitente, como el que hay en la escena de un crimen.
Bien, llegamos al paso fronterizo. El taxista me lía diciéndome que no hace falta sellar para ir a Tulcán pero no le hago ni puto caso. El tipejo que se ha acoplado a mi no para de decir que hace frío. Estaremos a unos 33 grados más o menos. Eso también me mosquea. No tiene sentido. Si tiene frío de verdad es evidente que le pasa algo a nivel fisiológico. Y si lo que quiere es entablar conversación, algo totalmente innecesario en ese momento, es el peor entablador de conversaciones de la historia.  Bajo del taxi y camino a través del puente que separa Colombia de Ecuador, con el pesado tras de mi, enseñándome una cadena de oro que va a vender. Lo que me faltaba. Ahora si que no quiero que sigas a mi lado, chaval. Pero no sé como decírselo sin ofender, así que, estúpidamente, no le digo nada y el tipo sigue dando la brasa.  En la frontera hay de todo. Vagabundos, perros pulgosos, vendedores ambulantes de productos ambiguos, cambistas de moneda de mirada inyectada en sangre con fajos de miles de dólares en la mano intentando hacer negocio. Un consejo: quítate la capucha y ponte colirio en los ojos, macho. Tener aspecto de secuestrador heroinómano no va a ayudarte mucho a la hora de captar clientes.
Acelero el paso. Voy a la oficina de Ecuador y allí me dicen que tengo que sellar primero la salida de Colombia. Ok, doy media vuelta, atravieso otra vez el puente, hago cola.  Me lo sellan. Voy a Ecuador, hago otra cola, me sellan la entrada. Bien.
Intento dar esquinazo al tipo porque está en otra cola y a mi me han atendido antes. Voy a un baño público y me meto en el retrete. Allí aprovecho para ordenar documentos, contar pasta, separar la imprescindible para volver a Bogotá, y hacer tiempo a ver  si el tipo se pira.  Tardo unos diez minutos. Cuando salgo el tipo no está. Bien, joder, que alivio, ¿Verdad? Mentira. El notas aparece sonriendo con el brazo en alto. Eso quiere decir que me estaba buscando. Que me necesita. De otro modo se hubiera ido.
Oye, me vuelvo para Colombia, le digo mintiéndole.  Así no tiene más opción que decirme sonriendo que buena suerte, pero en sus ojos no existe la mínima sonrisa, lo que hace aumentar mis sospechas. Después de la cortante despedida me voy a cambiar pesos por dólares americanos a uno de esos fulanos que andan con fajos en la mano y vuelvo hacia el lado de Ecuador. He decidido que a tomar por culo, que no tengo que ir mintiendo a desconocidos para deshacerme de ellos. En el lado ecuatoriano me lo vuelvo a ver, con el brazo en alto y su falsa sonrisa, viniendo hacia a mi.

-Al final voy a Tulcán-le digo.

-Voy con usted en el taxi.

Y estoy a punto de decirle que no, cuando veo que queda una plaza libre en uno que va casi lleno y me meto dentro, cual fugaz meteoro, dejando al chaval en la estacada.

-Pero espérese a uno que quepamos los dos.

¿A que viene tanta insistencia? Que le follen.

-No, lo siento, tengo prisa.

-Ah bueno, todo bien- me contesta.

Pero yo sé que no está todo bien. Estoy en sitio de mierda. Está lleno de buscavidas, malandrines varios y gente que a saber que quiere de ti. Es una frontera terrestre, lugar peligroso por definición, donde se practica por huevos el contrabando de sustancias ilegales, entre otras cosas.  No voy a arriesgarme con una persona que desde el principio y por motivos varios me daba un mal karma de la hostia.

El taxi sale. Todo bien, ahora si.

(To be continued...)

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