viernes, 31 de julio de 2015

INDITEXLANDIA

Bogotá no tiene estaciones. Ni de autobús ni de las otras. Aquí todo el año es lluvierno. Llevamos una semana y pico y TODOS los días nos ha llovido. Permitirme que os diga que eso, para un hijo de Primado Reig, es un movidón. No es muy deprimente porque no es constante. Llueve diez minutos, hace sol media hora y justo cuando te estás quitando el chubasquero se pone a llover de nuevo. En un día cambia el tiempo más que Blasco de partido. No hay estaciones, yo flipo, y todos los días se hace de noche de cinco y media a seis. Por el contrario se hace pronto de día y a las seis de la mañana ya es hora punta. El prime time televisivo empieza a las siete de la tarde, más o menos. Lo sé porque el otro día pusieron "La desolación de Smaug" a esa hora. Me dormí, por cierto.

Ayer fue otro día normal, excepto por una cosa: buscando un costurero (sí, que pasa, buscaba utensilios de costura dentro de una caja) mis pasos acabaron en un centro comercial gigante. Entré por si acaso podía encontralo allí. ¿Estúpido? Puede, no hay tiendas así en los centros comerciales, pero llevaba mil horas buscando. Es el efecto "esperanza idiota" bajo el cual haces idioteces, como mirar diecisiete veces en el mismo cajón a ver si aparece el DNI. Pffff. Cómo los odio. Los centros comerciales, digo. Automáticamente estaba en España de nuevo. No había nada, absolutamente nada, que me dijera que estaba en Colombia. Es flipante lo de los centros comerciales. Estaba en inditexlandia. Suelos blancos brillantes, casetas de bisuteria o velas aromáticas en los pasillos, Zaras, Jack and Jones, Starbucks, arquitectura idéntica, colores idénticos... Espera un momento. ¿Y si todo había sido un sueño? ¿Y si no me había ido a Colombia? Es más ¿Y si Carla no existía? ¿Y si seguía trabajando en la tienda Casa, en el centro comercial Bonaire? A lo mejor había salido en mi descanso a vagar sin dirección como tantas otras veces y me había dado una embolia o algo.  Eso o me había teletransportado a España de alguna manera.


                                                               Los protas de Star Treck en el escaparate de Zara,


Me entró un miedo absurdo. Sé que es estúpido, pero fue una sensación muy poderosa. Aceleré el paso para largarme de allí atrayendo las miradas de un par de seguretas, igualito que en España, que siempre me pasa porque en un centro comercial me muestro nervioso, impaciente por largarme y no sé que hacer. Lo que digo, aceleré el paso hasta salir a la calle. ¡Que alivio! Allí seguía la ciudad gris y contaminada de siempre, allí seguía la ruidosa y desconchada ciudad de Bogotá. Allí seguía la lluvia rebotando en los techos del atasco, en las sombrillas de los carritos que venden papas y minutos de móvil a cualquier operador. Allí seguía la acera plagada de trampas y obstáculos.
Fui a casa corriendo para darla a Carla mil besos y medio. Hoy voy a ir otra vez al centro comercial, esta preparado, para echar hojas de vida a saco. No me gusta, pero no soy imbécil, sería un buen curro para estar cuatro meses. Horario fijo, sin ser jodido a nivel físico y con el aire bien filtradito. Además, material de primera para el blog, atendiendo cada día a mucha gente distinta. Eso sí, no dejaría de ser una paradoja del tamaño de Saturno salir de España y terminar currando para Amancio Ortega.
¡Deseadme suerte!

jueves, 30 de julio de 2015

NADA QUE DECIR

                 

Luz avara: la pantalla como único abrigo. Carla duerme dulce como un recién nacido. La lluvia cae golpeando arrítmica el tejado de metacrilato que hay en el tragaluz al que dan nuestras ventanas.  No debería molestarme. Siempre me ha gustado el sonido de la lluvia al golpear las cosas. Luego saldré. Saldré en busca de trabajo en una ciudad extraña y agresiva, avejentada como un niño con progeria. Todo es nuevo para mi.  Las grietas que unen las baldosas y avanzan siempre inundadas, como ríos vistos desde el cielo, las manadas de perros atados a sus paseadores, las nubes de dioxinas enfrentadas a las de siempre, esponjosas, indefinidas y cercanas como los trazos que pinta en tu memoria un amigo impresionista. Luego saldré pero ahora estoy aquí, enfrentándome al futuro inmediato y es muy raro porque a mi (casi) sólo  se me ha dado bien estar en el presente. Ayer fue otro día de caras largas y prohibidas como cuchillos de marfil, de nada en concreto, de inconcreta desdicha. Es curioso vivir en esta montaña rusa de húmeda extrañeza. Que deje de llover, por favor. Hoy hace una semana que llueve intermitentemente. Me montaré una tienda de cosas que crezcan con el agua.  Oigo ruidos. Son las 4:44 y oigo ruidos. Esta ciudad es un ruido. Luego saldré a provocarme algún delirio. Algo que escribir, algo que escribir, algo que escribir.

Cómo veis, ayer no pasó nada...

...Y hoy no tengo nada que decir. 

miércoles, 29 de julio de 2015

MARLÉN METICULOSA

Tengo un problema. Me despierto por la noche con ganas de escribir. Hay gente que se levanta con ganas de ir al baño. Otros con ganas de fumarse un cigarro. Yo, esta noche, me he despertado a la una, a las tres y ahora, a las 4:30, con ganas de escribir. En todos los casos, lo primero que se me ha pasado por la mente, despejada al instante como un amanecer en la Patacona, es escribir en el blog lo que me pasó ayer. ¿Estaré enganchado? Menuda pregunta, pues claro que si.

Ayer  había sido un buen día, pero en cuanto llegamos a nuestro búnker la alegría se desmadró. Antes había sido lo típico, entregar hojas de vida, el caos, bla, bla, bla. Pero ayer hicimos una cosa que ya tocaba: prescindir de las maletas. Meter nuestras cosas en armarios, la ropa interior en los cajones, la comida en nuestro espacio en la cocina. Es decir, nos instalamos. Hasta ahora no habíamos podido y una sensación de provisionalidad lo impregnaba todo. Anoche limpiábamos los fondos de armario escuchando buena música y nos reíamos por cualquier chorrada. Nunca nos hemos reído con tanta facilidad, bueno si, pero ayer más.
Éramos los mejores humoristas del mundo.

A Carla le está yendo genial con sus prácticas, está contentísima, cosa nada difícil cuando dedicas tu vida profesional a ayudar a los demás. Es un buen punto, ese. Me hace pensar. Está en una fundación (Batuta, se llama) que se dedica a la terapia ocupacional (y otras áreas) y ayuda a personas con discapacidad a hacer su vida un poco mejor.
La verdad es que aquí las personas con discapacidad están bastante más jodidas que es España. Para empezar, no se ven en la calle. No son visibles a no ser que vivan en ella. No sé por qué, pero creo que la sociedad colombiana no está preparada, educada, o lo que sea, para integrarlos en la vida diaria del país. En fin, la fundación Batuta está luchando para cambiar eso. Un aplauso para Carla y la gente como Carla, por favor.
Ayer ya conseguimos usar el  transmilenio sin contratiempos y fuimos directos a dónde queríamos ir. Bueno, yo, a la vuelta de La Candelaria, me pasé una parada, que aquí son diez minutos pateando, pero porque iba leyendo: culpa mía. Leed a Juan Marsé, por favor, es buenísimo. Yo sólo he leído dos libros suyos, Rabo de lagartija y Un día volveré pero voy a leerlos todos. Son dinámicos, nada pretenciosos, cargados de diálogos (lo que siempre agiliza y evita la tentación de poner grandes verdades cosa para la cual tienes que ser un genio o queda fatal) y los personajes son todos, todos, todos, de carne y hueso. Están vivos.
Como decía, ayer, instalándonos, nos partíamos el culo hasta de nuestra sombra mientras escuchábamos música largamente olvidada. Lo cual siempre está bien. Ojalá me acordara de todas las canciones que un día me fliparon. Anda que no mola encontrarse ese CD debajo del asiento del coche y descubrir que es una recopilación tuya de hace cinco años.
Una vez instalados Carla se puso a hacer un trabajo y yo decidí cortarme el pelo. Hace milenios que no me lo corto en una peluquería, puesto que tengo máquina, pero todo el mundo sabe que la gente más parlanchina, si les das pie, son los taxistas y las peluqueras, así que decidí obtener un poco de información y meterme en una  que hay cerca de casa. Buah, increíble. Me daba un poco de cosa, porque  estaba vacía y había una especie de jesucristo zombie clavado en la pared, pero entré. Decisión correcta. La señora, gorda, con expresión austera, seria a más no poder y un pelo a lo Georgi Dann, pero mas aleonado y con mechas. Así era. Me trató como a un hijo, os lo juro. De hecho, ya tengo mami en Bogotá. (No te enfades mami verdadera, es una licencia artística). Para empezar, no paraba de hablar. Por cada corte de tijera, se paraba como cinco minutos para decirme algo. Que si tenía que visitar Antioquia, que era lo mejor del mundo, recheverísima, ¡Con metro y todo! Que si fuera a Boyacá, me dijo también cuando eran fiestas en mil sitios distintos, me habló de política local, de fútbol (se le cayeron las tijeras cuando le dije que no entendía ni papa), del tiempo en Bogotá, de que no pronunciara tanto las eses si estaba en pueblos pequeñitos, que eso es llamar mucho la atención, etc. ¿Como se hace eso? ¿Como se pronuncia poco una ese?  Bueno, la Lonely Planet una basura a su lado.  Me preguntó de todo acerca de lo que quería hacer y me dijo que le llevara una hoja de vida porque muchas veces atiende a empresarios y gente con negocios. Por otra parte, me dejó como un pincel. Si su apellido hubiera sido meticulosa, me lo habría creído. Corte de pelo media hora, marcar la barba y afeitarme ese campo de batalla lleno de obstáculos antitanque que era mi cuello, otra media hora y luego me hizo un masaje en la cabeza mientras me la lavaba. Eso sin contar que me llenó la cara de potingues increíblemente refrescantes, todo por unos seis euros. Carla me llamó dos veces porque habíamos quedado para ir al supermercado.

-Dígale a su esposa (!!!) que las cosas no se hacen a la guachapamba. O sea hacen bien o no se hacen.

 Me encanta que me afeiten con cuchilla. Me gusta la sensación de cómo se van cortando los pelos duros como lápices. El ruido que hace. El roce con la piel. Es como una especie de rudo masaje  Y si lo hacen con cuidado, como esta peluquera que hasta se paraba a respirar, os lo juro, pues más todavía. No hay nada mejor que ver a alguien haciendo bien su trabajo. Además, se llama Marlén, lo cual me parece apropiadísimo para una peluquera. Marlén Meticulosa, a la orden, con mucho gusto. Lo de a la orden lo dicen para todo si están regentando un negocio. Es como nuestro Hola, ¿le puedo ayudar en algo? Sobre todo  lo dicen al llegar o despedirse. A la orden o siempre a la orden. Si les das las gracias te contestan siempre con un a la orden, siempre a la orden, con mucho gusto o siempre con mucho gusto.
Hoy voy a pasar por la peluquería a ver si me deja hacerle una foto a ella y al jesucristo zombie e ilustro esta entrada.
Nada más que contar, a parte de que fuimos al supermercado mientras caía con fuerza la lluvia,  lo cual fue novedoso, porque aquí llueve todos los días, todos, pero sin fuerza y diez minutos cada tres horas o así.

Bueno, como la entrada de hoy ha sido bastante sosa (no todos los días van a pasarnos cosas chachis que contar) os pongo unas cuantas fotos de grafittis, para que veáis a lo que me refería en otras entradas.
Añado algunas más y un vídeo de Monserrate que no me acordaba que tenía.

                                                 Delante Bogotá, detrás naturaleza.


                                                                     ¡Guapa!



                                                       Colores andinos.

                                  ¿Os suenan estos colores? Si es así tenéis sinestesia.











                                        Feria de coches antiguos en La Candelaria.

                                         
                                      El rascacielos más alto de Bogotá, en construcción.

                           No se ve bien, pero lo que hay a mi espalda es un mercado de Pulgas.


                                                      Somos la espada de Bolívar





                           El descanso del Guerrero, después de dos horas echando CV's.


                                                 

video
              La zona de restaurantes de Monserrat, perdón por la calidad de imagen y de grabación.

martes, 28 de julio de 2015

TODO LO QUE SUBE BAJA

Ayer fue un día complicado. No diría de mierda, pero casi. Es lo que tiene dejar el rollito vacacional y ponerse en serio a hacer cosas.  Acompañé a Carla hasta el lugar donde había quedado con sus compañeras el primer día de curro. Bah, unas dos horitas de nada. Y es que, menudo desastre de transporte público. Menudo puto desastre. No sé por qué pongo menudo si es de proporciones cósmicas. ¿Quién lo ha diseñado? ¿Satanás? ¿Satanás de resaca? NO ME ACLARO. No puedo entenderlo. Y no, no es como el metro, o un aeropuerto, que una vez visto uno, vistos todos. Qué va.  Es que no tiene sentido. Para empezar siempre tienes que ir a tomar por culo para coger tu bus o tu transmilenio (que es una especie de mezcla entre bus y tranvía). A veces tenemos que coger un taxi para llegar a la parada de bus. Y no es un chiste.

¿Queréis oír un chiste muy bueno? Carla hace cada día las prácticas en un sitio distinto, jajaja. Es que me parto.
                                                                       
                                                                       

                                                                        **********


-Pues aquí en Bogota eso es cortito. ¿Sí? (Muchas veces ponen un sí totalmente innecesario al final de cada frase)

Eso es lo que nos dijo anoche la casera cuando le preguntamos dónde estaba una parada y nos contó que teníamos que ir  andando, no sé, como de La Malvarrosa a  Mislata para coger el transmilenio de los huevos que nos llevaría, esta vez, no muy lejos. Hasta Alfa Centauri, más o menos.

-Pues yo lo hago siempre andando, ¿Sí?

(Como me vuelvas a decir un sí de esos no sé que va a pasar, lo juro por Dios).

La verdad es que anoche estábamos de un humor de perros. Cansados, hambrientos y un poco desconcertados. Carla tuvo su primer síndrome "Que hago yo aquí" , leve, eso sí, y a mí estuvo a punto de darme también. Pero conseguí sacarnos a flote gracias a nuestra nueva conexión y la nueva película de Píxar, que está resultando ser una muy buena peli por capítulos. Sólo conseguimos ver quince minutos antes de dormirnos. Hoy, por cierto, me he levantado a las cinco. Ocho horas de sueño. Bien.
Ayer recorrimos la ciudad en bus, porque tuvimos que ir al portal norte a comprar una tarjeta de recarga y luego voltear hasta el portal sur. Esto es recorrer muuuuuuuucha ciudad, aunque no toda. Cuando Carla se encontró con sus compañeras de trabajo yo me fui a echar currículums a los hostales y bares de La Candelaria.  Si pensáis que fue fácil, hablad con Dédalo. Él ha debido construir esta ciudad. Obviamente, me perdí. Tenía que bajar en la parada "Universidades" y me bajé en "Ciudad Universitaria" a trescientos millones de kilómetros de mi destino.  Luego alguien me dijo que tenía que ir a otra parada andando para coger No Sé Qué transbordo que estaba No Sé Dónde y llevaba a Tampoco Se Dónde. No me habría extrañado encontrarme con un minotauro, os lo juro. Incluso me habría alegrado. Le habría preguntado como llegar a Dónde Fuera. Y bueno, el resto es una mierda. Al cabo de una hora vagando como pollo sin cabeza por calles rendidas a la más sucia entropía cogí un taxi. Una hora de trayecto. Guay. Pero al fin llegué.
El rato en La candelaria estuvo muy bien. Es un barrio tranquilo. Me resultó un poco estresante al principio entregar las hojas de vida (currículums) porque decidí entrarles en inglés, ya que estaba pidiendo trabajo en hostales de mochileros, pero poco a poco me fui soltando. Me dio tiempo a entregar diez o doce antes de que me llamara Carla para volver juntos a nuestro refugio anti-Bogotá desde su universidad. De nuevo, si pensáis que fue fácil llegar a la jodida universidad, ya os lo digo yo: ni de coña. Fue otro infierno. Tenemos que aprender sí o sí a manejarnos en autobús, pero aquí hay cien mil compañías privadas, cada cual más cochambrosa, cuyos autobuses parecen sacados de una novela postapocalíptica. Primer inconveniente: No hay paradas de bus donde encontrar información, planos o un puto jeroglífico, me da igual, pero algo. Los paras donde quieras, subes y bajas donde te sale de las narices, así estés en una avenida de doscientos carriles. Encima tienes que ver en segundos lo que pone en su frontal, porque van rápidos y cuando consigues leer algo, ya no están allí.  Imaginaros la estampa. Parado en una gran avenida en brazos del Co2, todo pitidos de coches, personas corriendo en todas las direcciones, vagabundos que me preguntaban a saber qué, y decenas de buses que pasaban derramando su vómito oscuro. Sólo sabía, porque me lo habían dicho las compañeras universitarias de Carla, que tenía que parar a un bus dorado que pusiera en el frontal "Metrópolis, 7 de agosto". De acuerdo, pero ¿En qué sentido? ¿Hacia las montañas? Consigo leer uno que pone metrópolis a secas, así que no estoy seguro de que sea el correcto y dejo medio cuerpo fuera para preguntar al conductor y bajarme echando leches si estoy equivocado. Recordemos que estoy parando a un bus que baja folladísimo por una avenida atestada de tráfico de varios carriles.  Pues bien, el desgraciado ni siquiera espera a la pregunta y me cierra la puerta en la pierna. Menuda escena.

-¡Abra, abra!-berreo-¡La pierna!

Y encima no era. Me bajo. Su puta madre.

Espero una hora más en mitad de esa cámara de gas al aire libre y, desquiciado, cojo otro taxi. Prueba no superada. Creo que nunca voy a conseguir entender el transporte en esta ciudad. Yo soy de letras, joder.
Otra cosa: Lo intuía. De hecho, estaba claro, pero ayer lo constaté científicamente : En Bogotá hay doce millones de fumadores. En vez de Marlboro fumamos Nissan, es la única diferencia. Voy a comprarme una mascarilla, pero ya.

De la jornada no hay imágenes. No estaba el horno para fotos.

Hoy voy otra vez a La Candelaria, a seguir entregando hojas de vida. Deseadme suerte.






lunes, 27 de julio de 2015

ESPLENDOR EN LA MIERDA

No sabía donde estaba. Sí, en una ciudad enorme. Y qué. Eso no significa nada. Ciudades enormes hay muchas. Además, si no sales de tu barrio, que más da.  Pues bien, ayer subimos al cerro, como lo llaman aquí, que es una cumbre a 3200 metros de altura. Me pregunto a que llaman ellos montaña. Desde ese lugar se puede contemplar la ciudad en todo su esplendor. O su oscuridad, depende de cómo la mires. Allí se enclava la ermita de Monserrat, un lugar casi mágico para los colombianos. Hay misas non stop, por lo menos los domingos, y está absolutamente a rebosar de gente entregada a su culto. Aquello parecía el concierto del siglo. Una cosa me molestó, pero como diría Dios, empecemos por el principio.

EL TELEFÉRICO.


                                                  La subida al teleférico, sin el teleférico. Soy así de guay, que pasa. 


Se puede subir andando al cerro. Es una subida de un kilómetro y pico con un desnivel, como decirlo, demencial. Ni las cabras. Así que después de un breve y nada intenso debate en el que Carla y yo estuvimos de acuerdo desde el primer segundo, decidimos coger el teleférico.  Construido con capital colombiano por unos ingenieros suizos, que raro, es un artefacto la mar de divertido. Subes junto con unas treinta personas y desde que pones el pie notas el balanceo y oyes ruidos mecánicos raros, como que se caen tornillos y se atascan engranajes. La gente ayer, además, empezó a ponerse sólo en una parte, para poder apreciar las vistas mejor, así que el cacharro empezó a desnivelarse. Había un trabajador dentro intentando equilibrar el asunto, pero empiezo a intuir que al colombiano medio se la sopla bastante la autoridad, sobre todo si la autoridad es alguien como el tipo del teleférico, un chaval joven con mirada de mamífero superior, sí, pero no mucho. Al final, a fuerza de entrar gente, el cacharro se niveló sólo. Lo llamo cacharro porque se nota que no lo compraron ayer, precisamente. Formas redondeadas sesenteras, cartelería metálica de la misma época, tipografía incluida. Y no, no era una de esas imitaciones modernas de mierda para hacerlo parecer antiguo. Era antiguo. Lo podrían vender a un trillón de veces su valor real en una de esas tiendas para modernos que hay ahora.  En fin, aquello estaba tan atestado y estábamos tan, tan, tan, altos que le propuse a Carla que sacara el móvil y me grabara gritando aquello de (sí, lo habéis adivinado) ¡VAMOS A MORIR! Le insistí mucho durante casi todo el trayecto, pero no logré convencerla. Ahora tendríamos un vídeo de valor incalculable. Y posiblemente un multa muy fácil de calcular.
Llegamos a la cumbre a eso de las diez de la mañana así que había mucha gente, pero no la horda que aparecería una hora y pico mas tarde. Cuando vimos la ciudad nos quedamos mudos.

                       La ciudad se extiende a derecha e izquierda. Harían falta dos fotos más a cada lado para abarcarla.


 A mí, la verdad, no suelen impresionarme demasiado las estructuras humanas. A ver, me gusta observar algo espectacular construido por el hombre, lo disfruto, no lo niego. Pero no suelo emocionarme igual que si veo algo especial hecho por la naturaleza.  Prefiero un glaciar en el Himalaya que Notre Dame, prefiero la ruta del Cares que el Taj Mahal. Es un defecto que tengo, supongo. La naturaleza no tiene mérito, es así y punto, pero, que queréis que os diga, es lo que hay. De la naturaleza formas parte, de la catedral de Burgos no. Pues bien, de todas las estructuras humanas, de todas las cosas hechas por el hombre que he visto viajando por el mundo, la ciudad de Bogotá vista desde el cerro de Monserrat es de las que más me han impresionado. No por su belleza, que todavía no he decidido si la tiene (es algo muy raro), sino por su magnitud. Es una alucinación. Un espejismo. No puede ser real.  ¿Cómo es posible? Intentaba imaginar la vida de alguna persona allí. Intentaba personalizar de algún modo ese crisol imposible. Pero era no podía. Es como ver un documental del espacio e intentar darle algún sentido a las cifras que va soltando el narrador.  Una mancha gigante e informe se derrama por el altiplano y crece. La ves crecer. Ves como va conquistando terreno. Es algo increíble. Y claro, te haces preguntas. ¿Por qué? Es la primera. Pero como no tiene contestación pasas a la siguiente. ¿Dónde tiran la basura? ¿Cuantas toneladas se generan al día? ¿Cuantas ciudades así hay en la tierra? ¿Por qué no nos extinguimos de una vez? Si la naturaleza es sabia ¿En que coño estaba pensando? ¿Podemos convivir así con la ella? Entonces me giré y vi montañas y más montañas que sólo podrían ser descritas como exuberantes. Árboles de mil tipos, águilas (o alguna rapaz de ese tipo) planeando a lo lejos, incluso me pareció oír un ruido de un animal exótico, algo así como un rugimugido. Pero ya os digo que subían como sesentas personas cada dos minutos, así que bien podría haber sido la abuela de alguien pidiendo un poco de agua. Además, por mucha naturaleza que viera sé que si analizara esos bosques estarían a rebosar de metales pesados, químicos mortales, y sustancias sintetizadas que nunca antes habían existido. Un puto drama, la verdad.
En cuanto a la parte religiosa, que queréis que os diga, me cabrea bastante. Con lo bien que se tiene que estar adorando al sol y a los ríos y las nubes para que lleguen unos energúmenos y te obliguen a adorar a un pobre desgraciado clavado en una cruz. No hay color. Y me cabrea porque son mucho más devotos que nosotros. Se lo llevamos y ahora nos superan. La religión es como un centro comercial: igual en todas partes. Allí estaban todos con aquello de "cordero de dios que quitas el pecado del mundo". Toda la liturgia igualita, por lo menos la que escuché, porque no te lo pierdas, menudo equipo llevaba el cura. Ni los Foo Fighters en Wembley. Menos mal que si estoy contento puedo ponerme cuando quiera en modo Zen.
Una cosa si me gustó del santuario. Las acciones de gracias.


Son unas placas que pone la gente para agradecer al bueno de Chus algún milagro. Están en gran parte de las paredes de la ermita y casi se puede ver a la gente y la vida que tenían por lo que ponen. Es igual que los libros usados. Dan información de sus anteriores dueños. Pues estas placas lo mismo. Había grandes, de mármol, impersonales, en plan: "Te damos gracias señor por los favores recibidos" y ya está.
Otras en cambio eran mas modestas y del tipo, "te damos gracias Jesús por ayudarnos a conseguir el apartamento" o "gracias por los visados a España".





                                                                               Ese resibidos ahí, claro que sí.

Después de hacer unas cuantas fotos y abrazarnos muchas veces decidimos dar una vuelta de exploración a ver si nos alejábamos de la cantinela. Joder, aquello era Benidorm. Tiendas de regalos, bares, asadores, comisaría de policía, ambulatorios, viajes caballo  y una especie de zona cubierta con kioskos-restaurante.


La verdad es que esta última zona estaba rechévere. Nos tomamos una birra, hicimos unas cuantas fotos y decidimos bajar. Al salir de aquél pasaje vimos la horda. ¡Casi ni se podía andar! Claramente, momento de irse.

LA QUINTA DE BOLÍVAR.

Evidentemente, es cuestión de gustos, pero yo creo que la mejor forma de viajar es la más barata o la mas lenta. O una combinación de ambas. Es decir, andando.  Ayer, al bajar de Monserrat decidimos arriesgarnos e ir caminando a la parte alta de La Candelaria y nos dimos de bruces con La quinta de Bolívar, una casa museo que sirvió de residencia a, sorpresa, Simón Bolívar. Se ve que el coronel, a parte de liberar pueblos y fundar países tenía tiempo para las mujeres, así que se las llevaba a dar un voltio por el impresionante y laberíntico jardín que rodea la casa, en cuyos callejones rara vez entraba la luz del sol. Poca broma con Bolívar.  Digo entraba, pero debería decir entra porque según los carteles informativos el jardín sigue tal cual estaba siglos atrás, con el trazado original y es verdad que se respira un ambiente especial. En parte porque no todos los días paseas por el mismo sitio por el que paseó Bolívar y en parte por la humedad, tremenda, que reina allí. Hay  rincones a salvo de miradas curiosas, caminos que terminan en ninguna parte y todo en medio de una vegetación totalmente exuberante y exótica. Bueno, exótica para mi.  Os pongo unas cuantas fotos.


                                                                           Planta parasitaria
                                                                                             Que potita
                                                                    a flor más bella del jardín




                                                             ¡Dame un abrazo, abuelo!


Sé muy poco de la figura de Bolívar, pero ahora que estoy aquí he querido informarme y me doy cuenta de que es una de las personas más influyentes de la historia de la humanidad (junto con el chavo del ocho).  Y algo sabía, así que no he podido dejar de emocionarme al visitar los mismos sitios que él recorría, o usaba para  su vida normal. Que tipo más duro. Se bañaba con agua recogida directamente de las montañas. ¿La frecuencia? Apuesto a que no mucha. Eran otros tiempos y os puedo asegurar que el agua baja fresca.
El interior de la casa es impresionante, muy bien recreado con cosas de la época de verdad, se puede respirar el ambiente de entonces.

                                                    Aquí se bañaba Bolívar. Fliiiiiipaaaaa

                                                                                     ¡VIVA LA REVOLUCIÓN!




Tendríais que ver con qué respeto los colombianos observaban el interior. Todos sumidos en una especie de silencio reverente, hablando bajito a sus hijos. Esa es otra cosa que no entiendo de los colombianos. Hablan muy bajito y muy calmados. Sin embargo la ciudad es de locos. No lo entiendo, la verdad. Puede que el motivo sea  que en Bogotá hay gente de todo el país, menos bogotanos. Pasa algo similar en Nueva Delhi, la cloaca de Shiva, donde a nivel individual parecen osos amorosos hasta arriba de éxtasis, pero la ciudad, en sí misma, es un deliro de caos y ruido.
Salimos de la quinta de Bolívar  de verdad emocionados, y bajamos en busca de La Candelaria.  Esta vez, la encontramos. Casitas bajas de multiples colores, hostales de mochileros en cada esquina, muchos extranjeros como yo pululando en chanclas en bares con wifi. Me encanta ese ambiente. Dadme el hostal de mochileros más cutre del mundo, pero que tenga un patio interior con plantas, wifi y sitios para tirarse y que le den al Hilton. A quién coño voy a conocer en un Meliá Plaza. ¿A Bustamante?
Prefiero al alemán vegetariano que se lleva mal con sus padres. O al griego que es de derechas pero todavía no se ha enterado. Al inglés que toca la guitarra como si fuera un acordeón electrificado pero no tiene vergüenza. Al hostalero de Casablanca que se enamoró de una comerciante de caballos andaluza que le hizo la tranca. Al marroquí que sabe decir en japonés "sólo la puntita". Eso, eso es lo que me gusta. Y si es en el tejado del hostal, mejor.
Ahora viene la parte negativa.
Quizá nos precipitamos un poco al alquilar un mes  la otra casa. Sigue estando bien, pero La Candelaria alta es auténtica. En tres calles he contado siete teatros. No pasa nada. El mes que viene veremos.
Bajamos de La Candelaria en pos de un taxi, hechos polvo, y nos encontramos una avenida cortada con un montón de puestos de artesanía, grupos tocando, vendedores ambulantes de los artefactos más cochambrosos, vendedores de libros, de acuarelas; vendedores de comida, de zumos de guayábana, grupos tocando en directo, humoristas, malabaristas, rastro de libros, de antigüedades, mimos,  carreras de ratas donde había que apostar en que madriguera se meterían las ratas,  gente haciendo playbacks, os lo juro,


como en la fiesta de navidad EGB, tipos reivindicando la legalidad de la hierba, y yo que sé cuantas cosas más.  Fue como entrar en el mercado de Stardust, no sé si habéis leído la novela o visto la peli (ambas recomendables) pero era así.


Fue, como se suele decir, un día memorable. Llegamos a casa rendidos. Tanto, que ni siquiera cenamos. Un poco de ensalada y a la cama, no si antes darle regalarle a la pobre Carla mi habitual sonata gasística colombiana. Pobreta. Menudos gases. Totalmente exóticos. Todo el mundo sabe que los gases de una persona son como las huellas dactilares. Pues bien, estoy perdiendo mi identidad pedorrera. Aunque no la toxicidad. De hecho, si  Dante hubiera olido alguno de mis gases colombianos jamás habría escrito una sola palabra acerca del infierno.
Bueno, mañana más.