miércoles, 20 de enero de 2016

LA SEÑORA ESTER.

La señora Ester y mi señora. 


La señora Ester lleva el pelo recogido y cuenta los billetes, que siempre tiene distribuidos en diferentes fajos y bolsillos, con la habilidad de un banquero. Achina los ojos cuando ríe y, si vuelves del fondo de la tienda y ves su silueta a contraluz, uno puede intuir un distinguido bigote muy bien cuidado.  Es capaz de tener doscientas personas dentro de su tienda de cinco metros cuadrados y ponerse a hablar por teléfono ante la mirada de sorpresa de los presentes sin despeinarse, alternando la sonrisa con la seriedad sin ninguna transición. La señora Ester sonríe a menudo, sobre todo a primera hora de la mañana y al final del día, cuando se ve que tiene más dinero que Escobar.

La señora Ester dice "¿Que va a llevar mi niña/o

? unas tres mil veces al día.

La señora Ester trabaja desde el alba hasta bien entrada la noche y nunca se le ve excesivamente cansada.

La señora Ester siempre guarda las distancias y por ello, dentro de la sencillez que aparenta su vida, es altamente enigmática.

La señora Ester suma de cabeza los precios que se le ocurren sobre la marcha. Al principio parecía de los más arbitrario y alguna vez la hemos cogido sumando mal. Me recuerda a la tía Ramona de Burbáguena, una persona capaz de sumar más rápido que Deep Blue. Pero ella no sumaba de cabeza, escribía las cuentas en el papel de envolver el fiambre y paseaba la punta del bic sobre las cifras con una velocidad que convertía su dicción en un trabalenguas numérico.

Doña Ester y la tía Ramona tienen una tienda de ultramarinos en común regentada en distintas épocas y lugares. Y eso es todo.

La señora Ester sabe muy bien que tiene que tener la cerveza siempre fría y barata. Lo  que la convierte en la presidente de Cerveza Sin Fronteras.  En un barrio lleno de hostales y casas compartidas por jóvenes europeos es algo básico. Y ella lo sabe. Y por eso vende decenas de litros al día. Por no decir cientos.

Doña Ester siempre discute de broma con su ayudante, una señora bajita y con cara de pocos amigos. Lo hace de broma si hay mucha gente y todo el mundo se ríe, pero  yo no me entero de una mierda.
Entender a un colombiano puede llegara a ser imposible si está de rumba, o bromeando, o alegre.

Los ladrones saben que si atracan a la señora Ester probablemente esta se defienda dando golpes con sus fajos de billetes, que son armas letales.

Me ha dado penica despedirme de la señora Ester.

domingo, 10 de enero de 2016

LA TUMBA DE LAS LUCIÉRNAGAS


Por supuesto, el vallenato era lo único que existía para el conductor de ese autobús.

Lo habíamos cogido a las siete de la tarde para pasar la noche en el vehículo y el muy notas, después de poner dos pelis  y quedarse el ambiente en brazos del silencio, coge y pone vallenato. Lo irradia por todos los altavoces del autobús. Y bien alto, claro que sí.  Imaginaos: un autobús a oscuras atravesando la noche colombiana. Nadie habla. Sólo es escucha el ronroneo lejano del motor (es un autobús nuevo) y el rozamiento de las ruedas con la carretera, el suave vaivén es agradable. Es casi una cuna.  Y de repente, esto.


(Os pongo un mix de una hora porque, chico, nunca se sabe, puede que os mole).



 De todas las músicas de Colombia, el vallenato es la única que no soporto. Consiste en un tipo con un acordeón y cantando a grito pelado lo mucho que se ha equivocado esa mujer al dejarlo. Las voces son siempre agudas y estridentes y parece que van a pronunciar bien las frases, con algo de sosiego al menos, pero a mitad de frase el cantante eleva el tono hasta convertirla en el grito de un aguilucho en celo. Por supuesto, es mi inexperta opinión. Y así se va a quedar. Sucede que no tengo el más mínimo interés ni en aprender vallenato ni ser justo con mis juicios hacia esa música. La odio y punto. Para mí ha resultado traumática.

Pero todo fue una falsa alarma. Alguien con menos paciencia que yo (efectivamente, existe) se levantó y le debió decir al conductor que, o quitaba inmediatamente esa música o en ese autobús iban a pasar cosas muy malas.

A partir de ahí todo fue, nunca mejor dicho, sobre ruedas. Catorce horas de Bus para recorrer 512 km de las cuales me dormiría unas 9. Todo gracias a una pastilla para dormir que compré en una farmacia de la estación de autobuses. De lo contrario me habría pasado catorce horas cambiando de postura y maldiciendo a la humanidad. He aquí un buen uso de una pastilla para dormir.

MEDELLÍN.

La verdad es que nos sorprendió la ciudad. Es la más avanzada de Colombia. No vi contaminación excesiva, no vi trancones, no vi basura excesiva, ni tantos vagabundos como en Bogotá. También tiene metro, oh, alabado sea Dios.  Es curioso, vimos a bastantes colombianos haciendo turismo en el metro. Iban a verlo, a subirse, sacar fotos y tal. Nada extraño, supongo que en Valencia hicimos lo mismo cuando nació.
Lo único raro es que no tiene casco antiguo. Las cosas para ver están desperdigadas. Anduvimos un poco por el centro, consagrado al comercio, todo muy loco, y luego fuimos al botánico, que es como viveros, pero con otras especies. El recinto de las mariposas es algo espectacular, eso sí.







Al día siguiente, día de reyes, había que hacer algo especial, así que nos fuimos al parque de atracciones de Medellín, una joya nostálgica cuyas atracciones no han sido renovadas desde tiempos inmemorables. Excepto una, no eran muy salvajes, pero había un miedo extra, ochentero, de no saber si todo se iba a ir a tomar por culo debido a la edad de los renqueantes artilugios. Ver a mecánicos haciendo reparaciones  en la montaña rusa, al lado de la cola para subir, tampoco era muy tranquilizador.
Por eso lo pasamos tan bien. Bueno, yo estuve como una hora mareado después de subir a un martillo de esos que dan vueltas de 360º. Como el barco pirata, pero dando toda la maldita vuelta.
Creo que me salieron mil canas, eso sin contar  con que mis pelotas decidieron instalarse en la nuca un buen rato.

HOSTAL SUNSHINE

Después de pasar un día de lo más peterpanesco nos fuimos a descansar al hostal.

Descansar es un decir, claro.
El dueño era de Israel y el 90% de los hospedados eran de Israel también. Tengo que decir que es el hostal más ruidoso en el que he estado. Gritan para hablar, muchísimo. Y es una lástima porque el hebreo suena bien. Es melifluo y suena antiguo, muy, muy antiguo.  ¿Y la música que ponían? Era como si todo el rato estuvieran poniendo la biblia en su versión musical. Una especie de pop del siglo II antes de Chusi.
Pero eso no es todo. Les da igual que estés durmiendo en la habitación compartida. Entran y se hablan entre ellos como si estuvieran sordos. Encienden la luz.
Hubo una noche que estuvieron de fiesta en el patio interior, al que daban TODAS las habitaciones del hostal y me entraron ganas de construir un muro e instalar un puesto de control. Tu ya no pasas. A la puta calle. Coloniza el parque, cabronazo.
Esa noche me prometí a mi mismo que me levantaría y sería  demoníaco. Ruido y fuego, maldita sea. Ahora os vais a enterar.
Naturalmente, me levanté, encendí la linterna, e hice el menor ruido posible. Si es que soy gilipollas.
Cuando salí al patio, algunos todavía volvían de fiesta y me quedé hablando con un chico colombiano que también viajaba y resultó ser una de las personas más interesantes que he conocido en este viaje.
Fue una conversación extrañamente profunda, para ser entre dos desconocidos. Hablamos del budismo, del cristianismo, del viaje, de la política colombiana y española, de adicciones, del miedo, del amor, del sufrimiento. En fin, una trascendental e inesperada delicia.
El chico se retiró a dormir tras dos horas de charla y Carla y yo nos fuimos a Guatapé. La magia hecha lugar.

GUATAPÉ

Guatapé es un paraíso en la tierra. Así de claro. Es un lugar lleno de lagos, de islas, de penínsulas, de bosques. Un ornitólogo tiene que fliparla aquí. Hay decenas de especies de pájaros. Desde aves rapaces que planean en círculos entre diez y doscientos metros de tu cabeza, hasta patos salvajes, pasando por unas aves de patas altas y delgadas y plumaje grisáceo que siempre están cerca del agua. También hay pájaros pequeños, como puntas de flecha, de colores vivos, casi fluorescentes. Cuando se posan en alguna rama parecen flores.
El pueblo es una cucada real. Real me refiero a que la gente hace vida en él. No son todo hoteles, ni casas restauradas, ni todo es carísimo. No es Brujas, ni Cartagena de Indias, ni Venecia. Todas muy bellas, pero como de postín.
Su belleza está en el emplazamiento (puedes ver el lago al final de muchas calles) y en el hecho de que se nota que sus habitantes se esfuerzan por dejarlo todo arreglado a nivel personal.



La casa de un pintor.

Falso casual. 

Una calle. 

Un embarazo.

En Guatapé se toman muy en serio la navidad.

Carla y Blondie

Conseguimos la carrera por 2000 y nos pedía 10.000. Vamos aprendiendo.

El sitio.

La foto más típica de la historia. 

El peñón de Guatapé

Vistacas.

A esa playa vamos hoy, en kayak.

Estoy hecho un chaval.

To punki.

Muy Bola de Drac todo. 

Chorizo y preservativo son dos palabras que NUNCA deberían ir en la misma frase. 

Llamando a las puertas del infierno. 

Carla, en un vehículo de exploración extraterrestre.

Para los amantes de los coches, la peli y la serie. 

La iglesia de Guatapé es de los Stark. Consagrada a los antiguos dioses. Se acerca el invierno. 

Una iglesia. 

Una especie de buitre. Bueno, no sé lo que es, la verdad. 

Un zócalo un tanto extraño.
JUAN CARLOS.

Después de dos noches en dos hostales que ni fu ni fa, encontramos uno que es una chimba, a los pies del lago, con wifi que funciona y donde Juan Carlos da clases de yoga. Y es que Juan Carlos es mucho Juan Carlos.

Juan Carlos es un colombiando, de Medellín, que ha vivido treinta años en los Estados Unidos con una familia gitana. A eso yo le llamo diversidad en vena. Se dedica al flamenco y al Yoga (¿?) profesionalmente en Medellín, ciudad que vive una primera infancia con esa música.  Pues bien, a pesar de tener cama en el hostal donde da clases, prefiere dormir en una tienda de campaña a los pies del lago. Ayer pasé por la tarde por su campamento y estuvimos bebiendo birras y tocando a los pies de una hoguera, mientras caballos pastaban a nuestro lado y diferentes especies de pájaros se dedicaban a hacer sus cosas de pájaro. El lago, tranquilo, casi vergonzoso, iba ocultándose en la creciente oscuridad.
Se puso a llover y tuvimos que refugiarnos en la tienda de campaña, que era grande y con forma de casa, techo canadiense pero con paredes, como las del ejército. Una pasada. Me quedé allí, en las puertas de la cabaña viendo como la hoguera luchaba contra la lluvia, perdiendo poco a poco la batalla.

Una luz por el rabillo del ojo. ¿Pero que coño?, pienso. Y caigo en la cuenta de que este ¿Pero que coño? pude que sea el pensamiento que más he repetido en este país.  Otra luz. Y otra más. Y luego cinco intermitencias brillantes, minúsculas. Y luego veinte. Desordenadas, Como luces de muchos flashes de minúsculas cámaras.

-¡¡¡Pero si son luciérnagas!!-grito.

Juan Carlos se me queda mirando como si estuviera imbécil, pero me la suda. Para él será normal el tema luciérnaga, pero yo sólo las he visto en animes japoneses.  En ese momento hay decenas, cientos de ellas y es noche cerrada. Es un espectáculo increíble, para mí lleno de magia, igual que si se acabara de abrir la puerta que une la realidad con todos mis sueños relacionados con el mundo de la fantasía épica, los cuentos de hadas, la magia, las aventuras, los juegos de rol, la imaginación, la poesía. Salgo corriendo de la tienda de campaña y voy justo hasta el centro del espectáculo. Ahora me rodean cientos de ellas, aparecen a un metro de mis ojos, centelleando por un segundo en erráticos vuelos. Me giro y toda la noche cercana al suelo (no vuelan a más de tres metros de altura) aparece surcada de un caos lumínico tranquilo, fantasmagórico, sutil y jodidamente hermoso. Estoy rodeado de miles de luciérnagas y, a pesar de que a veces es molesto, por los zumbidos en las orejas y los choques contra mi persona de los insectos, estoy viviendo uno de los momentos más especiales del viaje. Maldigo el hecho de que Carla esté duchándose en el hostal. Ojalá hubiera estado allí conmigo.

La belleza pura y trivial, sin intención alguna, de la naturaleza, es muy superior en mi opinión, a cualquier obra de arte.  El hecho de que nada haya intervenido en su creación, aparte del azar, me parece algo fantástico y una de las razones de que el hombre inventara a Dios. Puede llegar a ser insoportable ver la relación intrínseca de todas las cosas sin inventarse una mano que haya diseñado el puzzle.  Y más antes.  Otro "pero" es que esa belleza la paso por el tamiz de optimista de libro que soy yo. Un pesimista te diría que de bello nada, que la naturaleza es cruel y salvaje y que todas las puestas de sol y todas las luciérnagas no son admiradas por los animales y que no valen nada ante el hecho de que el dolor y el miedo de una gacela es muy superior al placer del león que se la está comiendo. Que la belleza la inventó el poeta al contemplar porque no existe.



Este lugar es magia. Magia pura. Que buen cierre para el viaje. Hoy vamos a alquilar un kayak y a perdernos por alguna de las islas. Haremos un picnic, dormitaremos entre el sol y la sombra de los pinos y leeremos nuestros libros.

Colombia, ya estoy empezando a echarte de menos.

domingo, 3 de enero de 2016

LO MALO DE COLOMBIA

Anoche estábamos en una plaza llena de gente, presidida por una gran iglesia. Es una plaza que se llena de artistas y gente haciendo botellón, así como de familias y niños correteando. Pues bien, estoy dándole un trago a una cerveza, cuando llegan unos policías.

-¿Que haces?-me dice gritando-Deja esa botella ahora mismo.

La dejo, obviamente, y nos levantamos de allí y empezamos a irnos. No queremos problemas, pero cuando estamos unos cinco metros alejados de ellos, me vuelven a gritar.

-¡Eh, tú!, Acompáñanos a la estación.

-¿Cómo?-le digo.

-A la estación. (Comisaría)

Y me doy cuenta de que estoy rodeado de maderos. Sopeso irme corriendo durante un milisegundo. Es estúpido. ¿Que puede pasarme por beber un trago de birra en la calle? Además, Carla, la pobre, está detrás de mí, acompañándome en todo momento, cuando la cosa no va con ella.
 Al que han pillado bebiendo, a pesar de que unas cuatrocientas personas  están haciendo lo mismo, es a mi.
Llegamos a la estación y nos sientan en unas sillas. Uno de ellos empieza a llamarme hijo de puta y a decirle a los compañeros de la estación cosas raras.

-¡Estaba bebiendo al lado de la iglesia!

Todos se hacen los ofendidos, Como si hubiera infringido una ley de forma muy grave. Me miran con cara de asco. En ese punto empiezo a acojonarme de verdad. Empiezo a temblar. A lo mejor es verdad que no se puede beber cerca de las iglesias. Este país es muy religioso. Mucho.

Me levantan y me registran. Hacen lo mismo con las cosas de Carla.

-Ahora vamos a llamar a inmigración.-me dicen.

Carla, un poco más tranquila que yo, les pregunta que cual es el procedimiento, que qué va a pasar.

-Ahora vendrán los de inmigración, le abrirán una diligencia, le esposarán y estará en la cárcel 36 horas mínimo-le cuentan mientras yo empiezo a sentir nauseas-después de ese tiempo habrá un juicio. El resultado depende del juez.

No me puedo creer lo que está pasando. Cuando te pasa algo realmente malo todo se cubre de un halo de irrealidad. Es como una pesadilla. El cerebro se niega a aceptar que minutos antes todo fuera de maravilla y ahora todo sea una especie de viaje cuesta abajo y sin control.

Llaman por radio.

Uno de los polis no para de hablarme de mala manera, muy agresivo.

-Os creéis que podéis hacer lo mismo que en vuestros países, y esto es Colombia. No se puede beber donde la gente ora, "hioeputa". Y delante de niños.

Es el tema religioso y de los niños, ambos repetidos hasta la saciedad, lo que me mosquea.

-Pero está todo el mundo bebiendo. Hay un puesto que hacen cócteles y todo.-dice Carla.

Yo sólo pienso en lamer culos de maderos y que Carla se calle.

Entonces el poli se sienta a mi lado y se acerca demasiado. El código de las distancias salta por los aires. La gente,  sobre todo desconocida, solo se sienta así de cerca cuando quieren hablar sin que nadie más les escuche. Yo veo una luz al final del túnel. Es una luz negra, llena de basura, portadora de una música atroz que explica muchas de las cosas que suceden en este país tan contradictorio y, a veces, absurdo.

-Señor-tiemblo- no quiero faltar al respeto, ni resultar ofensivo, ni nada parecido, pero... ¿Hay alguna forma de solucionar esto?

Y el policía, por llamarlo de alguna forma, no me contesta. Es alto, grande (es una estación antidisturbios, tócate los cojones) y su cara abotargada y llena de protuberancias carnosas está marcada por una verruga horrible que le mancha un párpado y hace que su ojo esté medio cerrado. Es una visión más que fea. Pienso, no sé como, que el tipo se merece un rostro semejante.

-Le puedo dar-digo susurrando porque el momento es crucial- 50.000 pesos. Es todo lo que tengo.

Y el tipo que me ha echado la bronca porque está mal beber cerca de una iglesia junto con cientos de personas más, me dice:

-Bueno-y pone la mano- pero lo hago por colaborar con usted. Y no le cuenta a nadie esto.

Alivio. Alivio instantáneo. Y rabia. En ese mismo momento me doy cuenta de que nos han tomado el pelo, de que era todo un teatro para sacarnos plata. Pero estoy, por otra parte, tan contento, que me la suda.

Después de eso nos vamos al hostal, a encerrarnos en la habitación con aire acondicionado, nerviosos como si nos hubiéramos tomado diez litros de café.

En fin. Había unos cinco polis en la habitación de la comisaría donde nos registraron y TODOS vieron como el gorilaco me sacaba la plata. TODOS vieron como se la daba en la mano.

Ojalá hubiera llevado una cámara oculta. Que sensación, joder, ser el vehículo mediante el cual unos policías corruptos cometen un delito.

En fin. Colombia tiene muchas cosas buenas y muchas malas. La corrupción galopante que sufre este país, es, sin duda, una de las peores. Todo el mundo es consciente, todo el mundo lo dice, pero nadie hace nada.

Colombianos, nadie va a cambiar el sistema si no lo hacéis vosotros.

Podríais empezar ocupando las plazas. Salid a la calle, manifestaros. Tendríais que ser constantes, sacrificar momentos de alegría y de estar haciendo otras cosas más divertidas.

Pero funciona. A la larga, funciona. Os lo dice alguien de un país que también quiere cambiar las cosas y lo está consiguiendo, o eso quiero creer.

Luchad, demonios, levantaos. Tenéis un país maravilloso, enorme, lleno de recursos, de gente increíble. Tenéis el potencial más grande que nunca vi en cualquiera de mis viajes.

Y nadie va a hacer nada por vosotros. Ni los políticos, ni los mercenarios que sirven sus intereses.

Y os lo digo de verdad: parece que no.

Pero se puede.

PD: Escribo esto tras una reflexión de Carla que me ha hecho sentir un poco de vergüenza. No es tan fácil. Aquí, a la gente que se rebela, que dice las cosas como son, la matan.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

HOTEL CARCOMA

Hace un par de días llegamos a Tolú. Quiero irme de Tolú. Es el caos. Sólo se está tranquilo de doce de la noche a seis de la mañana. A partir de entonces sólo se escucha ruido a un volumen demencial. Esto es el caribe, se supone, y debería ser tranquilo. Playas, cocoteros, arena blanca, agua cristalina...
Pero no. Tolú o la zona que está cerca de la playa es un lugar olvidado por la decencia musical y la paz de espíritu.
A ver como lo explico. Resulta que aquí está lleno de ese tipo de carros-bicicleta como los que hay en el río de Valencia  propulsados por familias pedaleantes los fines de semana. Pues bien, aquí tienen todos equipos de música que ríete tú del párking de Barraca. Con altavoces gigantes y baterías de coche (casi todos con más de una) para alimentarlos. Y hay cientos de carros de esos, y todos van con la música a toda virulla. Da igual quien esté subido en el carro: un grupo de amigos borrachos, una familia con tres generaciones, con sus bisabuelos enardecidos y los bisnietos saltando como gremlins dándose una ducha. Da igual: el ballenato, la salsa, la cumbia pero, sobre todo el regaeton, campan a sus anchas como los cuatro jinetes del apocalipsis. A eso suma la música propia de los bares, que parecen todos macrodiscotecas, así sean kioskos de medio metro, el ruido del tráfico y los gritos de la gente para hacerse oír en medio del estruendo y tendrás el remanso de paz que es este, por otra parte, bonito lugar.


No quiero ser el típico viajero que viaja para criticar y quejarse por todo, de verdad. Yo no soy así. De hecho, ese tipo de gente me agobia cuando viaja y no me gusta estar cerca de ellos. Su frase preferida es "como en España en ningún sitio" y les molesta todo, pero es que este lugar me está sacando de quicio. En todos los sitios hay un altavoz del tamaño de Soria lanzando mierdas como esta. 



Cosa que empleando ancestrales técnicas budistas podría ser soportable. Si no se solapara con esto otro, claro:





HOTEL CARCOMA.

Por lo menos hemos conseguido una habitación privada con cama doble y baño propio muy barata. Lástima que la cama explotara a mitad de noche. No lo puedo describir de otra manera. Estábamos tranquilamente viendo una película en la tele (por llamar de alguna forma a este trozo de plástico lleno de mierda) por cable cuando ¡PAM! la cama a tomar por culo con nosotros encima. ¿Pero qué DEMONIOS? pensamos. ¡¡MI GUITARRA CARLA, SALVA LA GUITARRA!! Y es que mi adorada, terapéutica y muy leal guitarra estaba debajo de un amasijo de maderas. Afortunadamente, no le pasó nada. Eso sí, toda la funda estaba cubierta de un polvillo fino, típico subproducto de los muebles infestados de carcoma. Encima, un calor húmedo de mil demonios lo impregnaba todo. Así que cuando llamamos al de recepción y vio el estropicio se nos quedó mirando como si hubiéramos estado follando en pleno apocalipsis, haciendo una carrera de cuadrigas o celebrando un aquelarre en la cama.
Todo se solucionó con un cambio de habitación. Nos pasaron a una bastante más cuca. Una habitación de verdad, con sus sábanas limpias, su cuarto de baño alicatado y su mesita de noche.

EL ARCHIPIÉLAGO DE SAN BERNARDO

Hay unas islas cerca de aquí, pero no sé que vamos a hacer. Estoy cansado de playa. Quizá vayamos al interior antes de lo previsto. Necesito fresquito, ríos, caminos en la naturaleza, gente normal o, por lo menos, que no desayune etapas de potencia.
Otra cosa que me molesta bastante es la suciedad. No sé que le pasa a los colombianos con ese tema y me jode decirlo, porque tengo muchos amigos colombianos que a lo mejor se ofenden, pero si no lo contara estaría faltando a la verdad: son muy guarros con el medio ambiente. Las playas se llenan de envoltorios, plásticos, vasos, restos de comida y todo ese tipo de cosas que una persona normal tiraría en una bolsa para llevarla más tarde a algún lado más apropiado para tirarlo que una playa paradisíaca, como, no sé, una papelera. Soy consciente de que tirar la basura a la papelera es cambiarla de sitio, que no desaparece como por arte de magia, pero, joder, es horrible ver como el mar recoge basura de la orilla y se queda flotando alegremente en el agua. Y nadie hace nada para solucionar el problema.
Es curioso: cuanto más pobre es un país, más guarro y más religioso. No falla.  Entiendo que la pobreza y la religión estén relacionadas, es bastante obvia la conexión, pero no logro comprender que tiene que ver ser pobre con ser un cerdo. Aunque aquí eso no debería ser así. Colombia no es pobre, es desigual. Aquí, de hecho, se ven motos de agua y cochazos como rosquillas. No sé, como siempre, en Colombia, algunas cosas me resultan muy confusas.

Bueno, seguiremos informando.

PD: Disculpad la calidad del vídeo. Estaba huyendo mientras grababa.


domingo, 27 de diciembre de 2015

DE DESIERTOS Y NEOPUNKIS.

Salimos de Palomino, o la costa de los mosquitos, bien temprano. En la carretera general nos subimos a un bus que nos llevaría directamente a Cabo de Vela. Vaya suerte. Es lo que tiene Colombia, todo ese caos organizado te puede venir bien en muchas ocasiones, así que después de regatear un poco conseguimos los billetes a bastante buen precio.
El bus en cuestión pertenecía a un tour programado: todo muy friki. Gente presentándose en voz alta y todos aplaudiendo y mierdas así. Estuvimos a punto de arrepentirnos de haber subido, pero afortunadamente la guía se calló tras un rato haciendo cosas raras.  El viaje fue curioso: el paisaje cambia en menos de media hora de selva tropical a desierto de cojones.

 No me explico por qué, pero  la mayor parte de la wajira (el término con G es una castellanización) es árida y seca como una suela de zapato.
Fuimos sin saber mucho del sitio, Cabo de Vela, y la verdad es que es otro planeta. No hay nada allí a parte de un pueblo de una sola calle olvidado por todos, sin agua corriente, sin electricidad hasta que se hace de noche, sin aglomeraciones, sin agricultura, sin...
Siempre que llegamos a un nuevo destino nos cuesta un poco adaptarnos, pero a Cabo de Vela no terminamos de hacerlo. Para llegar al pueblo es necesario pasar por Riohacha, una ciudad conocida por ser el final del camino y de la que ni siquiera vale la pena hablar. Después pasas por Uribia, la capital indígena de Colombia. La ciudad es una grieta en mitad del desierto, un polvoriento enclave lleno de gente, comercios carísimos y vendedores de gasolina de contrabando. Esa zona de Colombia está atestada de gasolineras (gente con bidones) ilegales en cada esquina, en cada carretera. Da igual si hay una comisaría de policía al lado. Está más que aceptado. La influencia y cercanía de Venezuela con el combustible es imposible de contrarrestar, por lo visto. También se ven muchas más personas con rasgos puros de indígena. La comunidad wayuu, por lo visto, es la más numerosa. Una gente arisca, calmada y poco dada a las palabras. Hablan su propio idioma entre ellos y es absolutamente imposible entender una sola palabra. No agradecen nunca nada y si lo hacen es con la boca chica. Resulta tan desconcertante como sus miradas.

Atravesamos una gran porción de desierto el día que llegamos a Cabo de Vela. Es increíble como viven algunas personas. Siempre me ha maravillado el misterioso proceso según el cual un pueblo decide quedarse a vivir en algún sitio en concreto.
Me imagino a los primeros habitantes de la wajira.

-Pushaima, ¿Que te parece este lugar?

-No sé, Coleima, estamos a cincuenta y cuatro grados. No creo que a las lechugas y los tomates les haga mucha gracia.

-Tonterías, cazaremos lagartijas y haremos sopas de cactus con basalto. El sitio es cojonudo. Mira que vistas.

-Pero si todo es arena.

-Piri si tidi is irini. Anda, deja de quejarte y trae vigas de madera para hacer casas. Vamos a hacer un poblado to guapo aquí mismo.

-Jefe, aquí no hay árboles.

-Hummmm. Está bien, cogeremos corazones de cactus.

-¿Perdón?

-Cactus, Pushaima, Cactus. Esas plantas tan simpáticas y suaves.

-¿Y como beberemos agua, Coleima?

-El agua está sobrevalorada. Nos quedamos aquí y no se hable más. A ver, ¿Alguien sabe porqué mi lengua está hinchada y se me nubla la vista?

En serio, ¿Por qué alguien decide quedarse a vivir en un desierto? No hay agua. Las únicas sombras las hacen las lagartijas con su panza. ¿Por qué te estableces? Un día tendré una conversación con alguien que yo me sé, que seguro que me lo aclara. (Un saludo Antonio).

En fin, cavilando sobre estas cosas llegamos al lugar. La palabra es desolado.

¿Hay alguien ahí?

Nos bajamos del bus y nos despedidos de los gomelitos que habían comprado el tour y fuimos, casa por casa, preguntando por el alojamiento más barato. Al final conseguimos dos hamacas por siete mil pesos cada una. Dos euros, más o menos.  El tema es que la familia se cagaba un poco en nosotros y hacía su vida, así que si alguien se levanta a pescar a las cuatro de la mañana y empieza a hacer más ruido que un accidente ferroviario, te jodes.   ¿Pues no llega un notas y le dice a mi cara de Me Has Despertado Y No Me Gusta que ya había amanecido? Perdona, chaval, pero que yo sepa es complicadillo ver la jodida vía láctea si ya ha amanecido, y mira, sí, sí, que mires te digo, eso de allí es el otro puto extremo de nuestra galaxia y eso otro de allí es el cinturón de Orión. Lo que quiero decir, a menos que me haya vuelto definitivamente loco, es que todavía es de noche, por los trillones de estrellas y eso. La evidencia de la oscuridad me la dejo, porque es demasiado obvio y esta gente ya me ha mostrado en pocas horas que tienen problemas con lo obvio.
Por supuesto, no le digo nada de eso. No por dos euros la noche.
Aún con todas las incomodidades, las hamacas están enfrente del mar, a escasos cinco metros y es una delicia mecerte suavemente al ritmo de las horas y ver como va bajando la luna hasta ponerse sobre su propio reflejo de plata en la plácida tranquilidad de una mar sin olas, densa en su negrura. De vez en cuando la misma ave  atraviesa su silueta, como un niño que quiere que sus padres le presten atención.


Junto al mar.

Hotel Pulgas.
 Aquí todas las casas, bueno, todas las estructuras, están hechas del corazón de los cactus. Es una especie de caña, pero más densa y flexible y se ve que es muy resistente, aunque el aspecto, adusto y seco, hace que dichas estructuras, ya sea un colegio o un "restaurante, "parezcan abandonadas desde el primer día de vida. Juntan unas varas con otras con un hilo negro hecho con llantas de neumáticos. Aprovechamiento máximo de los recursos. No les queda otra.

Ese día lo pasamos explorando un poco el pueblo, leyendo y bañándonos en el extraño mar. Al día siguiente fuimos en mototaxi a la playa del pilón. Un sitio más remoto todavía, de paisaje marciano y cero turistas.  Allí estuvimos todo el día leyendo y bañándonos en el extraño mar.


Exacto, un poco hasta los huevos. Hay que estar preparado para la desolación. Tener algo entre manos. Un proyecto creativo en marcha, algo que te apasione y puedas hacer allí. Una ficción que te vuelva loco. Sino puede resultar algo aburrido.
Aunque el hecho de conocer a los wayuu ya es de por sí algo increíble. Los ves abrazando la civilización mercantilista, el turismo, la plata y te da algo por dentro, como una penilla, que no tardas en asimilar. Al fin y al cabo, ellos también tienen derecho a ser tan idiotas como nosotros.
Así que los puedes ver con sus todo terrenos, sus bares y sus negocios de aventura. Esperemos que hagan una buena mezcla de su cultura con la nuestra, aunque es muy difícil.
Haciendo café a las seis de la mañana.
Nos fuimos de allí a los dos días y tras parar a descansar en Taganga, bajamos hasta Cartagena de Indias. Que maravilloso centro histórico, por Dios. La ciudad a su alrededor es un infierno de atascos y pobreza, de suciedad y caos, pero el centro, la parte de murallas para adentro, es una locura visual, totalmente colonial, perfectamente conservada. Por cierto, he perdido las fotos, creo, así que las subiré más tarde si salgo a hacer más. Carísimo todo, por supuesto, pero fabuloso. Tan sólo pasear por sus callejuelas llenas de balcones de madera coronados de buganvilla es suficiente para echar el rato. Eso sí, el calor es de mil demonios: pegajoso y potente, desesperante. No me extraña que Francis Drake echara abajo la mitad de las murallas a cañonazos. El otro día yo habría hecho lo mismo. Es un calor que enloquece. Sólo a partir de las seis de la tarde se puede hacer algo. A partir de esa hora las calles se llenan de vida normal, no ese simulacro de turistas comprando y cartageneros pitando en sus coches.  La gente sale a tomar cervezas y se sienta en las plazas a escuchar o ver a los cientos de artistas callejeros que empiezan a ganarse el pan de ese día. En una de esas plazas conocimos a dos italianos que acababan de llegar y tras encontrarnos con unos amigos de Taganga decidimos ir todos juntos a pasar la navidad a Playa Blanca, en Barú, una isla cerca de Cartagena. Allí acampamos en un paraíso, a unos cien metros de un hotel de cinco estrellas, lo que nos vino de puta madre, porque el seguridad nos traía agua y sobras de comida intactas: arroz de coco, pescado frito y cosas así. Todo gratis. Un hurra por Fran. 


Caribe.

Caribe, caribe.

Puesta de sol.

Adri.

Después de cenar.

Amor con protección (antimosquitos).

Nuestro campamento. No sólo limpiamos lo nuestro  al irnos, sino lo que ya había. Asco de punkis. 

Con William, que aunque se llame así y sea un maestro del Didgeridoo es italiano.

Ramiro, Simone, Adri, Francesco, William, Carla y yo. La panda de Barú.

En Bocachica, niños bañándose en un mar lleno de mierda.

Playa Blanca es un paraíso lleno de hoteles y hostales, todo carísimo. A no ser que compres una tienda de campaña y acampes en la arena. En ese caso es todo bastante barato. El sitio es tan bacano que van muchos campistas en plan punki a pasar allí unos días. En esa zona de la playa no hay nada, ni siquiera papeleras, así que hay que andar, y mucho, para tirar la basura en un lugar apropiado, lo que hace que todo el mundo acumule la mierda y luego la deje allí. Da mucha rabia. Lo que hace que los punkis, por lo menos los de aquí, empiecen a darme mucha tirria. Lo siento, todo tu rollo de respeto a la naturaleza y a la vida al aire libre y a la libertad en sí misma me la paso por el forro si te vas de un sitio sin tirar la basura porque tienes que caminar un rato con ella a cuestas. Total, si no es por ese pequeño detalle, el sitio es brutal. Pasamos tres noches mágicas. Es maravilloso compartir lo poco que tienes con gente que acabas de conocer y comprobar que ellos hacen lo mismo. Es maravilloso escuchar la historia de su vida, que hacen, donde viven habitualmente, que piensan del puto Berlusconi. Es genial que te inviten a la toscana segundos después de decirles que en Valencia tienen casa. Hablar de Kapucinski, de Kundera, de Marai, de Cortázar, del (Cli)Ché Guevara, escuchar el profundo sonido gutural y místico del didgeridoo mientras la luna llena cambia del amarillo al blanco inmaculado y todo se ilumina con una especie de luz líquida. Es increíble. Cuando la luna está llena y el campo se ilumina de forma débil pero clara,  con sus sombras y todo, parece que la vida  ha traspasado la frontera, que de alguna forma nos hayamos en el mundo de los que ya se han ido, tan sólo un poco menos tangible que el de los vivos, y que el astro que brilla en el cielo, con su tranquila fosforescencia prestada, no es otra cosa que el sol de los muertos.
La luna llena, ya por la mañana.
Volvimos de allí en lancha hasta Cartagena y nos hospedamos en un hostal muy, muy punki. Diez mil pesos la noche, lo que aquí es la leche, puesto que lo más barato son treinta mil.No tiene nombre, donde Brandon, si acaso.  Eso si, tiene algunas incomodidades. Sólo hay un baño y somos mil. Está al lado de la cocina y no tiene puerta, tan sólo una cortinilla, así que las intrusiones indeseadas son habituales. Ir al baño es, pues, una tensión permanente. Pero que queréis que os diga, hay que ahorrar. Ya queda menos de viaje, unos veinte días y tenemos menos plata que el número 45 de Podemos en las listas, así que nada, nada, a seguir punkeando.

Mañana nos vamos a Tolú y las islas de enfrente y luego ya seguiremos por el interior, de vuelta a Bogotá. Pasaremos por Medellín y alrededores, especialmente Guatapé, un lugar de lagos e islas de rocas redondas, en plan Bola de Drac.

Seguiremos informando.



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sábado, 19 de diciembre de 2015

PALOMINO ES UN LUGAR

(Estamos ahora en mitad del desierto así que la conexión es paupérrima, en la próxima entrada publicaré más fotos)

El Barbas.
Palomino es un lugar alejado de todo, excepto del parque Tayrona, una reserva de la biosfera a las puertas de la guajira: la parte más salvaje y deshabitada, junto con el chocó y el amazonas, de Colombia. La zona está poblada por multitud de especies de aves exóticas (para nosotros, supongo que para los lugareños es más exótico un gorrión) y la vida y la abundancia rezuman de tal manera  que dudo  que sea necesario trabajar para sobrevivir por aquí. Vivir es otro cuento.
Una vez te acostumbras no pasa nada, pero los frutos de los árboles, a cada cual más grande y pesado, caen por su propio peso  de vez en cuando y son fuente de continuos sustos.  No estoy hablando de nísperos o cerezas. Hablo de mangos, cocos y cosas así. Hacen un ruido sordo y casi gore cuando caen al suelo, como haría, supongo, una cabeza humana al estamparse de la misma forma.
El pueblo está cruzado por una carretera general. Esa es, parece ser, la calle principal. A ambos lados de la carretera se hacinan un montón de negocios: panaderías, tiendas de regalos, bares, billares (en Colombia hay  muchas salas de billar) e, incluso, una discoteca. Cerrada, eso sí. Me gustaría verla.  
Palomino se dispersa a ambos lados de la carretera en una gran extensión de terreno. Todo son casas bajas muy sencillas a los pies de polvorientos caminos.  Todavía no he visto, si exceptuamos la carretera general, un centímetro de asfalto en todo el pueblo.  No hay sistema de alcantarillado, ni distribución canalizada de agua y el suministro de luz se corta cada dos por tres.
Para quien haya estado: me recuerda a la zona costera que hay entre Oliva y Pego, llena de casitas hechas por sus propios habitantes o sus bisabuelos.  Casas cuadradas con una sola planta baja y, a lo sumo, una altura. El polvo en los caminos, las chanclas sucias y un río que desemboca en  el mar, igual que el Bullentó, pero de aguas cristalinas y nada malolientes como aquél.
¿Por qué  comparo este lugar con ese? Más que las semejanzas naturales, que son pocas pues las especies son muy distintas, es un hecho concreto: ayer me arreglé después de un día de playa.
Fue algo único y totalmente veraniego-adolescente.  Eso de pasar todo el día haciendo el gamba en la playa y llegar a casa con hambre canina, derrengado, ducharte y quitarte la sal, transformar el pelo de lija del siete en una suave mata de seda perfumada, cambiar el bañador por unos pantalones “to guapos”, la mejor camisa que tienes y las chanclas por las Nike que tardaste cuatro meses de ruegos y súplicas en conseguir. Y a ver si te atreves a dar el paso con la madrileña esta vez.
Es el ambiente.  Incluso he visto carteles de celebración de eucaristías. Cómo la que había cada domingo en Marines Racons, la urbanización de los pegolinos donde pasé unos cuantos julios.  Vaya frikada, por cierto. Me pregunto si se sigue haciendo. Una misa portátil para veraneantes,  (como todo buen cristiano sabe, el alma no coge vacaciones) con sus abuelas emperifolladas, más vigilantes en ver quién no iba a misa que en la misa en sí y la gente atravesándola para entrar en el bloque de apartamentos, viniendo de la playa con el cocodrilo hinchable. Eso sin contar con su cura. Todavía me acuerdo de su acento, perfectamente calcado al del cura de La Princesa Prometida.  Brutal.
Hacía mucho que no vivía ese proceso, el de arreglarme  después de un día de playa sabiendo que mañana será playa otra vez. O que no me daba cuenta. O que no me hacía recordar épocas pretéritas, cuando los primeros besos y los primeros temblores.
Inciso: me acuerdo mejor de lo que pasaba a mi alrededor cuando  di mi primer beso (Ana, rubita, pecosa, madrileña) que cuando se derrumbaron las torres gemelas.  Estaba en Campanillos, un pub con terraza, y sonaba (bastante apropiadamente) Loosing my religion. Otros grandes éxitos de aquél verano fueron Chiquilla y Así me gusta a mí.  Temazos gran reserva. Verano del 91. Hace 24 años.
Depresión mode on, please.
Estoy en 2015 en Colombia, viajando con mi chica por lugares perdidos y trabajando al mismo tiempo. No seas capullo, Javito.
Depresión mode off, please.
Este lugar quiere explotar al turismo y en cierto modo ya lo está consiguiendo.  A pesar de toda la carencia en infraestructuras, los viajeros (todos mochileros, sin excepción) llegan cada día para alojarse en cualquiera de las decenas de hostales que hay aquí.  Son, casi todos,  cabañas con techo de hoja de palmera, con grandes terrenos a su alrededor donde puedes plantar tu tienda de campaña o dormir en hamacas.
¿Y por qué viene aquí la gente? Por su playa, salvaje completamente, de arenas blancas relucientes y aguas limpias…
(Acabo de ver a una gallina cazar y zamparse un bicho volador gigante aunque, por lo visto, bastante incauto)
… a los pies de una selva tropical. Ya sabéis, cocoteros, aves del paraíso y toda la vaina. 
(Joder, menudo festival insectívoro,  estoy viendo pájaros cazando palometas en el aire, delante de mí. Es increíble la habilidad que tienen esos bichos para ser ingeridos).
El tema es que la playa es digna de Wilson, el balón-cabeza de “Náufrago”. Es exactamente igual que las que aparecen en las pelis de piratas.  No hay nada a parte de troncos podridos arrojados a la arena por las corrientes,  el mar crespo de la zona y una fina neblina ocasional que es mezcla de las partículas de arena que levanta el aire y los vientos alisios procedentes del atlántico.  Estos vientos, cargados de humedad, chocan con Sierra Nevada,  que los atrapa: de ahí la constante humedad y la impredecible variabilidad del tiempo.
No sé por qué (creo que ya lo he contado en otra ocasión) las playas salvajes me dan mal fario al principio.  Esta, en concreto, es por la sensación de soledad y cierto peligro en el agua, amén de la pared vegetal que se extiende, inclinada por su propio peso  como si quisiera atraparte, al otro lado de la pequeña franja de arena. El mar es bravo, amenazante, y las olas de más de metro y medio son constantes e impredecibles. Cuando regresan al mar después de chocar contra la orilla te arrastran hacia adentro con fuerza, como si el mar tuviera personalidad. Tú te vienes, te dice. Te vas a quedar aquí conmigo, haciendo compañía a todos los ahogados que, siglo tras siglo, han  engrosado las filas del ejército de los fantasmas olvidados bajo el océano. Marineros aquejados de escorbuto, corsarios al servicio de la reina, piratas al servicio de si mismos, bucaneros, filibusteros, soldados españoles, ingleses, holandeses, portugueses, buscadores de tesoros, exploradores tísicos, pescadores que jamás volvieron, capitanes borrachos, tripulaciones amotinadas, señoritos de primera clase y bastardos sin nombre:  ve con ellos, Javier, y ten una inexistencia elegante.  Eso dice aquí el sonido de las olas.
 Es increíble cómo ha cambiado el tiempo en comparación con Taganga, a dos horas en bus. Por las noches hace frío.  Lo sé porque dormimos en hamacas, a la intemperie, y es preciso abrigarse bien para no despertarse pajarito.  Eso es lo bueno de este lugar: tienes desde habitaciones con aire acondicionado por 80.000 pesos hasta hamacas en la arena de la playa por 10.000. Ahora estamos en un hostal por 10.000 (menos de 3 euros) con su piscina y todo. De hecho, ahora mismo, un pájaro con la panza amarilla fluorescente, las alas rojas y una cabeza a rallas blancas (colombiano tenía que ser) se está poniendo tibio con el cloro de la misma.
Mañana contaré mi encuentro en la playa, al amanecer,  con Javier y otro chico cuyo nombre no recuerdo. Dos chicos de Palomino la mar de majos. Yo venía de una noche movidita (perros ladrando, frío, una fiesta en las inmediaciones) y a ellos les estaba bajando un tripi.
Porque, sorpresa, no es la cocaína la droga reina entre la juventud colombiana. Es el LSD. Pero eso, como he dicho antes, lo contaré otro día. 






sábado, 12 de diciembre de 2015

DE PASIONES DESTRUCTIVAS Y PLAYAS DESIERTAS

La Iglesia más antigua de Colombia. 


Santa Marta es una gran población o una pequeña ciudad, según se mire. Aterrizamos allí procedentes de Bogotá y no permanecimos ni veinticuatro horas, pero en el hostal donde nos alojamos aquella noche sucedió algo digno de ser contado.
En el hostal La brisa Loca
El hostal se llama La brisa loca y si algún día recaláis en Santa Marta es importante que sepáis que es el hostal de la fiesta. Tiene una terraza con discoteca, camas flotantes, hamacas y una piscina pequeña pero honda, verdaderamente golosa, en el interior del patio central.  Hasta las tres de la mañana estuvieron dando por  culo. Pero eso no es lo malo, al fin y al cabo,  aunque nosotros no nos enteráramos, pone en todas las guías que es el hostal de la fiesta.
El problema fue otro. Resulta que estábamos en una habitación compartida. Diez camas, de las cuales sólo estaban ocupadas cuatro.  Dos personas a parte de Carla y yo. Pues bien,  a eso de las cuatro de la mañana me despiertan unos golpes monstruosamente altos y extrañamente rítmicos. Al principio me costó identificarlos, parecía que unos expertos en demoliciones estuvieran probando sus herramientas de trabajo al lado de mi oreja, pero, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que la actividad era otra: estaban follando a un par de metros de nosotros, ni más ni menos.
Bueno, pienso, un arrebato de pasión lo puede tener cualquiera, no te mosquees.  Clávate rápido un abrecartas en los tímpanos, o algo, pero no te enfades. Eres un viajero y no te quejas de las incomodidades.
Vale. Pasa un rato largo o a mí me parece eso. Pam. Pam. Pam. Pam. Pam. PAMPAMPAMPAMPAMPAMPAMPAM. A Tomar por culo, pienso, yo me largo a la terraza.  Así que bajo de mi litera de arriba y, no sé como, acabo raspándome las dos espinillas con la cama de abajo, pero no una raspadita de esas que soplas un poco, curasana, curasana y ya está, no.  Una buena hostia. Una hostia cinco estrellas. De esas que haces el idiota para que duela menos, como aspirar aire entre dientes, soplar a las estrellas o cagarte en los muertos de la humanidad.  Con sangre y todo.  Bueno, no importa, me digo entre dolores que laten, he hecho el suficiente ruido para que la pareja de tortolitos, o pterodáctilos drogados, se hayan dado cuenta de que los he oído follando. Que se jodan, pienso, pero llego tarde. Llevan jodiéndose un buen rato.
Total, que me voy a la terraza a tomar el aire, que ya estaba, por cierto, bastante enrarecido en la habitación, y al cabo de unos minutos sube Carla con dos malas noticias.
La primera es que se me ha roto el e-reader con unos mil libros dentro. Si, ya sé que  no iba a leerlos todos, pero estaba a punto de terminar La Mejor Venganza, una epopeya sangrienta de Abercrombie, que se salía. Y, además,  estaba todo: los griegos, toda la filosofía, clásicos de todos los tiempos, novelas en plan best seller. TODO. Me gustaba poner la tableta debajo de la almohada y dormir encima de cuatro mil años de cultura, gran parte del saber de la humanidad debajo de mi oreja.  En fin, a tomar por culo todo eso.
La segunda mala noticia, que a mí me pareció cojonuda al instante, es la siguiente:
Viendo la pareja que nos estaba molestando en demasía, había decidido, haciendo gala de una  gran consideración hacia sus semejantes,  meterse a follar al baño de la habitación, cuya pared daba a nuestra litera. Vaya, muchas gracias.
Pues bien, se ve que utilizaron la pila del baño como punto de apoyo, aunque ignoro quien de los dos se apoyaba. El caso es que la tiraron al suelo, reventándola como sólo una pila de loza puede reventarse, ocasionando con ello un estrépito digno de Godzilla.  Pobre Carla. Me imagino el salto en la litera.
Dame un punto de apoyo y me daré la gran hostia. 

Al instante se nos presentó un dilema moral. ¿Se lo decimos a la gente del hostal? No. Claro que no. Los Rodrigo-Moreno jamás se chivan. Joder, al fin y al cabo, ¿Quién no ha reventado follando el baño de un hostal alguna vez? Pero, ¿Y si la lista follarina se pira sin decir nada? ¿Y si nos echan las culpas de la movida a nosotros? Que va. ¿Cómo van a hacer eso? Ella, por sus melenas rubias y su cuerpo de quitarte el hipo aunque no tengas, me ha parecido bávara o similar. Gente que folla poco, sin duda, por eso se vuelven locos cuando van a Colombia y sitios así, pero son legales.
El caso es que el tipo del ariete total, el responsable de semejantes embestidas,  el tipo que había desafiado todas las leyes de la física y el decoro,  había desaparecido.  El muy Houdini había debido hacer la de chas y desaparezco a tu lado, porque la pobre chica, humillada hasta el tuétano y con el tobillo sangrando, está buscándolo, con el potorrete palpitante todavía, hasta detrás de los sofás de la terraza. Un espectáculo indigno hasta para un  teutón.  Si no fuera porque llevaba sin dormir un par de horas y el hostal era caro de cojones me estaría partiendo el culo por dentro.  Como seguramente, y a juzgar por los resoplidos de gorrino en poza de la habitación, le estaba pasando a ella minutos antes.
This is Colombia,  no nos podemos arriesgar. Tenemos menos dinero que en un after a las dos de la tarde, así que, sintiéndolo mucho,  se lo decimos a los de recepción. Oye mira, le digo, dentro han estado follando como si se hubiera declarado la tercera guerra mundial y los resultados, fatalmente y para nuestra consternación, han sido casi iguales. Te lo digo ahora para que no creas mañana que hemos sido nosotros.
Y en ese momento casi deseo haberlo sido. Primero porque no me digáis que no es una anécdota cojonuda. “Buah, ¿Os acordáis de cuando reventé un baño en Colombia echando un kiki? “ Y segundo porque, diga lo que diga ahora, tuvo que ser un polvazo.
Al día siguiente estuvo muy bien comentarlo todo, la verdad. La cara de la chica también molaba bastante. Iba a cuestas con su resaca, el tobillo con costras de sangre y un problemón de tres pares de cojones.  Lo negaba todo, claro, pero hay cámaras en la entrada de la habitación. Se podía corroborar mi historia punto por punto.  Mil pesos por las imágenes de Houdini escabulléndose en gallumbos, amparado en las sombras, por favor.
En fin, cogimos las maletas y nos piramos de una ciudad en la que, oh sorpresa, los trancones estaban a la orden del día.  Y así llegamos a nuestro primer lugar paradisíaco en esta etapa de nuestro viaje.

Taganga. O como dicen los locales, Taganja.
Taganga.


Taganga es un pueblo de pescadores en el norte de Colombia, entre el mar caribe y Sierra Morena, un macizo montañoso a pie de mar,  cuya cumbre más alta supera los cinco mil metros. Su emplazamiento privilegiado, a los pies de una bahía, lo ha convertido en parada obligada de mochileros y demás gente de mal vivir.  La oferta de alojamientos es de lo más variada y hay desde hoteles caros a pie de playa hasta hostales de mala muerte, pasando por un camping postapocalíptico, que es donde nos hospedamos Carla y yo.

Bienvenidos al camping Pura Vida.




El camping Pura Vida es un mini espacio de unos 100 metros cuadrados donde nos hacinamos viajeros de todo el mundo en tiendas de campaña decrépitas, unas pegadas a otras, sin parcela propia ni pollas en vinagre. No funcionan los baños, hay restricciones de agua cada dos por tres, la cocina parece sacada de  Papillón y, al estar bastante alejado de la playa, siempre hace un calor semejante al que haría en una fragua  con exceso de trabajo regentada por un saco italiano de tierra seca. El  italiano en cuestión es uno de esos tipos  que se toman la vida a cámara lenta. La vida, registrar pasaportes , arreglar el inodoro y todo lo demás.  No hay apenas comodidades y la única nevera que existe en todo el complejo y polvoriento entramado de desolación turística que es Pura Vida, no enfriaría  ni aunque le metieras tres toneladas de hielo a presión. ¿Entonces por qué estoy tan a gusto? Pues porque hemos venido a parar a hipilandia. Ni más ni menos. Todos los habitantes del lugar parece que se ganan la vida haciendo malabares, tocando en la calle, monocicleando y, en fin, haciendo todo tipo de actividades alternativas para hacer de la vida una aventura. 
Un respeto hacia aquel que decide ganarse la vida poniéndose de pie en el sillín de una bici en marcha gobernada por él, mientras hace malabares con cuatro mazas. 
Un detalle importante y bastante irónico del camping Pura Vida: está pegadito al cementerio. Pared con pared. Es genial. No hay nada como tener un montón de cadáveres como vecinos. No suelen quejarse mucho y, sinceramente,  si nosotros nos hemos quejado al guardia de seguridad, un tipo nada original y muy taciturno, es por hacer el tontaina. Se portan la mar de bien. Ni una voz más alta que otra, la música siempre baja,  ¿Qué más se le puede pedir a unos vecinos? Un poco de sal, si eso.   
Es muy gracioso ver a la gente que vuelve al camping por la mañana, después de una noche de farra, totalmente lánguidos, silenciosos y con cara de fiambres,  caminando al lado del cementerio.

Taganga mola. Es un sitio perfecto como para que se convierta en una buena base de operaciones. Desde aquí se pueden hacer tantas cosas, que lo que iba a ser un día lleva camino de convertirse en una semana.
Ya el primer día nos encontramos de casualidad (como molan esos encuentros viajeros) con unos amigos que hicimos en Bogotá. Son una española, valenciana croquetamente, y una australiana. Se hicieron muy muy amigas de Carla, así que ya os podéis imaginar la sorpresa al encontrarnos todos aquí.  Además, parece que tienen el lugar bastante controlado, así que nos hemos ahorrado unos días y nos han contado algunos secretos de Taganga.
Hay un montón de playas alrededor del pueblo, sin contar las que lo bañan, a las que sólo se puede acceder después de un trayecto en barca o de una buena caminata. Calas de aguas cristalinas y peces correteando a tu alrededor.

Fritangueando.
Todas las tardes, sobre las siete, los pescadores vuelven a la playa e improvisan una lonja donde venden todo el pescado. En la misma arena. Un tipo ha construido una cabaña en alto, a  unos cinco metros del suelo y vive allí, así que los pescadores le suelen dar las sobras de su mercancía. Es un milagro ver como aquella estructura se mantiene en pie.

  Es, claramente, la obra de alguien que no se interesa mucho por la física y la arquitectura. Pero ahí está el tipo, sonriente en lo alto, esperando sus raciones. Exactamente igual que las decenas de gatos que hay olisqueando por las inmediaciones.
La parte del pueblo cercana a la playa es la parte más turística y está llena de chiringuitos y restaurantes, así como puestos ambulantes de comida y artesanía, todo muy a lo Benidorm, pero sin la parte asquerosa.  Se puede comer de menú muy bien por siete mil pesos.  Dos euros. El camping nos cuesta 20.000 la noche con tienda que proporcionan ellos. Unos tres euros por persona y noche.
Un cubata, palabras mayores, puede costar 5000 si eres listo y te esperas al 2x1. 
Exacto. El paraíso.
Pero no es oro todo lo que reluce. Si cruzas la carretera general y te adentras en el pueblo se ve la realidad tal cual es: calles sin asfaltar, perros abandonados,  negocios llenos de polvo, sequía,  baches, basura por doquier y las constantes advertencias de los lugareños: por ahí no vayas, de noche no, etc, etc, etc.
La verdad es que ellos no tienen pinta de estar mal. Los veo tumbados en sus porches, balanceando sus hamacas junto a algún amigo y, si bien se advierte una expresión de cultivado aburrimiento, no he visto muchas miradas de tristeza. Muchas menos que en cualquier metro en hora punta de cualquier gran ciudad, en todo caso. Lo digo mucho, pero hay una diferencia capital entre la pobreza y la miseria. Esa diferencia reside en la dignidad. A un pobre es muy difícil quitarle su dignidad, porque es de las pocas cosas que tiene.  Es cuando le despojas de ella cuando alguien pobre se convierte en mísero.  Cuando alguien se ve en ese estado que lo ha perdido todo, dignidad incluida, hará cualquier cosa por cualquier cosa: comida, droga, cobijo, aceptación… da igual. 
En fin, por esos lares, en un lugar apartado detrás de unos de esos campos de fútbol de tierra que se calcinan al sol en los pueblos, se encuentra Literarte.
Es el único lugar de Taganga donde hay libros. Puedes intercambiar, alquilar, comprar o vender libros allí. El lugar está apartado del núcleo urbano, en una especie de claro a los pies de una montaña. Se llega a la casa cruzando el puente que salva un riachuelo.
¿Os acordáis que se me había roto la tableta? Pues bien, yo no puedo ir a la playa sin propósito.  Necesito leer algo, o hacer algo más que esclafarme al sol. Si no tengo nada que hacer me pongo nerviosito y me aburro. A parte del puto calor, claro.
Así que desde que había llegado a Taganga había estado buscando un lugar así.  Es una casa particular llena de libros en la que vive un tipo muy raro. Y también lento en sus ademanes. Parece algo muy común en este pueblo.
Cinco minutos aquí puede significar tres eones.
Que alegría, joder, ¿Qué se me jode el e-reader?  A grandes males, grandes remedios. Guerra y paz y El ladrón de barcos. El primero sobra decir nada, el segundo es una trepidante novela de aventuras en el mar que ya había leído, pero seguro que a Carla le gusta.
Pero la verdad es que he leído poco. Hemos hecho una colla de amiguetes, algunos de ellos oriundos del lugar y no hay espacio para la lectura, al menos de momento. 
La verdad es que estoy un poco cansado del rollo amistad veraniega. No está mal, está muy bien, pero a veces me apetece soledad y hacer en todo momento lo que me salga del orto.
La mejor forma de viaje es sólo o con una persona más.  Eso está clarísimo. Si estás en un grupo numeroso, estadísticamente hablando siempre hay uno o dos gilipollas. Eso es así. Y cada decisión, por fácil que parezca, se convierte en un conflicto internacional. Y eso es exactamente lo que es.
En nuestro grupo ahora hay españoles, colombianos, peruanos, italianos y australianos. 
Total que hoy Carla y yo haremos lo que nos plazca. Si vienen guay, sino, como dirían en mi pueblo: a cascarla.
La verdad es que mola conocer gente del lugar, obviamente.  Ayer, sin ir más lejos, nos llevaron a un sitio que está recién inaugurado que es digno de un marahá, pero en barato. Una piscina de esas que están al borde de un precipicio y parece que su agua se derrame por el horizonte marítimo. Una de esas mierdas horteras que se haría Berlusconi por sus huevos en una reserva natural y que saldría en el programa de la tele de izquierdas llamado “¿Quién vive ahí?” Me sentí un poco mal, porque por la mañana había criticado con bastante soltura (son años de práctica como indignado en España)  unos cuantos hoteles a pie de costa, pero, qué queréis que os diga, hay momentos para la coherencia y momentos para los mojitos a 2x1, que demonios.  Ya está bien, hombre, tanto hippie, tanto malabar, tanto Podemos y tanta polla.
La Piscina.

Encima estábamos solos en aquel espacio. Sospecho que pronto se llenará de tronistas, pero mientras tanto fuimos nosotros los que disfrutamos de la piscinaca.

Bien, hoy nos vamos a un paraje fluvial, con sus cascadas y sus piscinas naturales, que nos han dicho que aquello es como si a la Pacha Mama le hubiera dado por construir un acualandia en roca viva.
Mañana vamos a ir con unos pescadores a faenar (ellos se partirán la caja de ver a unos turistas haciendo el canelo)  un rato cerca de una isla que está a una hora de la costa. Comeremos en su playa desierta lo pescado, exploraremos las inmediaciones cual Crusoes  de Benimaclet y volveremos mientras se pone el sol en la cresta de las olas.
De Taganga íbamos a irnos pasado mañana, pero no está claro.
Y es que ya lo dicen los habitantes del lugar: A Taganja sabes cuando llegas, pero nunca cuando te vas.