sábado, 12 de diciembre de 2015

DE PASIONES DESTRUCTIVAS Y PLAYAS DESIERTAS

La Iglesia más antigua de Colombia. 


Santa Marta es una gran población o una pequeña ciudad, según se mire. Aterrizamos allí procedentes de Bogotá y no permanecimos ni veinticuatro horas, pero en el hostal donde nos alojamos aquella noche sucedió algo digno de ser contado.
En el hostal La brisa Loca
El hostal se llama La brisa loca y si algún día recaláis en Santa Marta es importante que sepáis que es el hostal de la fiesta. Tiene una terraza con discoteca, camas flotantes, hamacas y una piscina pequeña pero honda, verdaderamente golosa, en el interior del patio central.  Hasta las tres de la mañana estuvieron dando por  culo. Pero eso no es lo malo, al fin y al cabo,  aunque nosotros no nos enteráramos, pone en todas las guías que es el hostal de la fiesta.
El problema fue otro. Resulta que estábamos en una habitación compartida. Diez camas, de las cuales sólo estaban ocupadas cuatro.  Dos personas a parte de Carla y yo. Pues bien,  a eso de las cuatro de la mañana me despiertan unos golpes monstruosamente altos y extrañamente rítmicos. Al principio me costó identificarlos, parecía que unos expertos en demoliciones estuvieran probando sus herramientas de trabajo al lado de mi oreja, pero, poco a poco, fui cayendo en la cuenta de que la actividad era otra: estaban follando a un par de metros de nosotros, ni más ni menos.
Bueno, pienso, un arrebato de pasión lo puede tener cualquiera, no te mosquees.  Clávate rápido un abrecartas en los tímpanos, o algo, pero no te enfades. Eres un viajero y no te quejas de las incomodidades.
Vale. Pasa un rato largo o a mí me parece eso. Pam. Pam. Pam. Pam. Pam. PAMPAMPAMPAMPAMPAMPAMPAM. A Tomar por culo, pienso, yo me largo a la terraza.  Así que bajo de mi litera de arriba y, no sé como, acabo raspándome las dos espinillas con la cama de abajo, pero no una raspadita de esas que soplas un poco, curasana, curasana y ya está, no.  Una buena hostia. Una hostia cinco estrellas. De esas que haces el idiota para que duela menos, como aspirar aire entre dientes, soplar a las estrellas o cagarte en los muertos de la humanidad.  Con sangre y todo.  Bueno, no importa, me digo entre dolores que laten, he hecho el suficiente ruido para que la pareja de tortolitos, o pterodáctilos drogados, se hayan dado cuenta de que los he oído follando. Que se jodan, pienso, pero llego tarde. Llevan jodiéndose un buen rato.
Total, que me voy a la terraza a tomar el aire, que ya estaba, por cierto, bastante enrarecido en la habitación, y al cabo de unos minutos sube Carla con dos malas noticias.
La primera es que se me ha roto el e-reader con unos mil libros dentro. Si, ya sé que  no iba a leerlos todos, pero estaba a punto de terminar La Mejor Venganza, una epopeya sangrienta de Abercrombie, que se salía. Y, además,  estaba todo: los griegos, toda la filosofía, clásicos de todos los tiempos, novelas en plan best seller. TODO. Me gustaba poner la tableta debajo de la almohada y dormir encima de cuatro mil años de cultura, gran parte del saber de la humanidad debajo de mi oreja.  En fin, a tomar por culo todo eso.
La segunda mala noticia, que a mí me pareció cojonuda al instante, es la siguiente:
Viendo la pareja que nos estaba molestando en demasía, había decidido, haciendo gala de una  gran consideración hacia sus semejantes,  meterse a follar al baño de la habitación, cuya pared daba a nuestra litera. Vaya, muchas gracias.
Pues bien, se ve que utilizaron la pila del baño como punto de apoyo, aunque ignoro quien de los dos se apoyaba. El caso es que la tiraron al suelo, reventándola como sólo una pila de loza puede reventarse, ocasionando con ello un estrépito digno de Godzilla.  Pobre Carla. Me imagino el salto en la litera.
Dame un punto de apoyo y me daré la gran hostia. 

Al instante se nos presentó un dilema moral. ¿Se lo decimos a la gente del hostal? No. Claro que no. Los Rodrigo-Moreno jamás se chivan. Joder, al fin y al cabo, ¿Quién no ha reventado follando el baño de un hostal alguna vez? Pero, ¿Y si la lista follarina se pira sin decir nada? ¿Y si nos echan las culpas de la movida a nosotros? Que va. ¿Cómo van a hacer eso? Ella, por sus melenas rubias y su cuerpo de quitarte el hipo aunque no tengas, me ha parecido bávara o similar. Gente que folla poco, sin duda, por eso se vuelven locos cuando van a Colombia y sitios así, pero son legales.
El caso es que el tipo del ariete total, el responsable de semejantes embestidas,  el tipo que había desafiado todas las leyes de la física y el decoro,  había desaparecido.  El muy Houdini había debido hacer la de chas y desaparezco a tu lado, porque la pobre chica, humillada hasta el tuétano y con el tobillo sangrando, está buscándolo, con el potorrete palpitante todavía, hasta detrás de los sofás de la terraza. Un espectáculo indigno hasta para un  teutón.  Si no fuera porque llevaba sin dormir un par de horas y el hostal era caro de cojones me estaría partiendo el culo por dentro.  Como seguramente, y a juzgar por los resoplidos de gorrino en poza de la habitación, le estaba pasando a ella minutos antes.
This is Colombia,  no nos podemos arriesgar. Tenemos menos dinero que en un after a las dos de la tarde, así que, sintiéndolo mucho,  se lo decimos a los de recepción. Oye mira, le digo, dentro han estado follando como si se hubiera declarado la tercera guerra mundial y los resultados, fatalmente y para nuestra consternación, han sido casi iguales. Te lo digo ahora para que no creas mañana que hemos sido nosotros.
Y en ese momento casi deseo haberlo sido. Primero porque no me digáis que no es una anécdota cojonuda. “Buah, ¿Os acordáis de cuando reventé un baño en Colombia echando un kiki? “ Y segundo porque, diga lo que diga ahora, tuvo que ser un polvazo.
Al día siguiente estuvo muy bien comentarlo todo, la verdad. La cara de la chica también molaba bastante. Iba a cuestas con su resaca, el tobillo con costras de sangre y un problemón de tres pares de cojones.  Lo negaba todo, claro, pero hay cámaras en la entrada de la habitación. Se podía corroborar mi historia punto por punto.  Mil pesos por las imágenes de Houdini escabulléndose en gallumbos, amparado en las sombras, por favor.
En fin, cogimos las maletas y nos piramos de una ciudad en la que, oh sorpresa, los trancones estaban a la orden del día.  Y así llegamos a nuestro primer lugar paradisíaco en esta etapa de nuestro viaje.

Taganga. O como dicen los locales, Taganja.
Taganga.


Taganga es un pueblo de pescadores en el norte de Colombia, entre el mar caribe y Sierra Morena, un macizo montañoso a pie de mar,  cuya cumbre más alta supera los cinco mil metros. Su emplazamiento privilegiado, a los pies de una bahía, lo ha convertido en parada obligada de mochileros y demás gente de mal vivir.  La oferta de alojamientos es de lo más variada y hay desde hoteles caros a pie de playa hasta hostales de mala muerte, pasando por un camping postapocalíptico, que es donde nos hospedamos Carla y yo.

Bienvenidos al camping Pura Vida.




El camping Pura Vida es un mini espacio de unos 100 metros cuadrados donde nos hacinamos viajeros de todo el mundo en tiendas de campaña decrépitas, unas pegadas a otras, sin parcela propia ni pollas en vinagre. No funcionan los baños, hay restricciones de agua cada dos por tres, la cocina parece sacada de  Papillón y, al estar bastante alejado de la playa, siempre hace un calor semejante al que haría en una fragua  con exceso de trabajo regentada por un saco italiano de tierra seca. El  italiano en cuestión es uno de esos tipos  que se toman la vida a cámara lenta. La vida, registrar pasaportes , arreglar el inodoro y todo lo demás.  No hay apenas comodidades y la única nevera que existe en todo el complejo y polvoriento entramado de desolación turística que es Pura Vida, no enfriaría  ni aunque le metieras tres toneladas de hielo a presión. ¿Entonces por qué estoy tan a gusto? Pues porque hemos venido a parar a hipilandia. Ni más ni menos. Todos los habitantes del lugar parece que se ganan la vida haciendo malabares, tocando en la calle, monocicleando y, en fin, haciendo todo tipo de actividades alternativas para hacer de la vida una aventura. 
Un respeto hacia aquel que decide ganarse la vida poniéndose de pie en el sillín de una bici en marcha gobernada por él, mientras hace malabares con cuatro mazas. 
Un detalle importante y bastante irónico del camping Pura Vida: está pegadito al cementerio. Pared con pared. Es genial. No hay nada como tener un montón de cadáveres como vecinos. No suelen quejarse mucho y, sinceramente,  si nosotros nos hemos quejado al guardia de seguridad, un tipo nada original y muy taciturno, es por hacer el tontaina. Se portan la mar de bien. Ni una voz más alta que otra, la música siempre baja,  ¿Qué más se le puede pedir a unos vecinos? Un poco de sal, si eso.   
Es muy gracioso ver a la gente que vuelve al camping por la mañana, después de una noche de farra, totalmente lánguidos, silenciosos y con cara de fiambres,  caminando al lado del cementerio.

Taganga mola. Es un sitio perfecto como para que se convierta en una buena base de operaciones. Desde aquí se pueden hacer tantas cosas, que lo que iba a ser un día lleva camino de convertirse en una semana.
Ya el primer día nos encontramos de casualidad (como molan esos encuentros viajeros) con unos amigos que hicimos en Bogotá. Son una española, valenciana croquetamente, y una australiana. Se hicieron muy muy amigas de Carla, así que ya os podéis imaginar la sorpresa al encontrarnos todos aquí.  Además, parece que tienen el lugar bastante controlado, así que nos hemos ahorrado unos días y nos han contado algunos secretos de Taganga.
Hay un montón de playas alrededor del pueblo, sin contar las que lo bañan, a las que sólo se puede acceder después de un trayecto en barca o de una buena caminata. Calas de aguas cristalinas y peces correteando a tu alrededor.

Fritangueando.
Todas las tardes, sobre las siete, los pescadores vuelven a la playa e improvisan una lonja donde venden todo el pescado. En la misma arena. Un tipo ha construido una cabaña en alto, a  unos cinco metros del suelo y vive allí, así que los pescadores le suelen dar las sobras de su mercancía. Es un milagro ver como aquella estructura se mantiene en pie.

  Es, claramente, la obra de alguien que no se interesa mucho por la física y la arquitectura. Pero ahí está el tipo, sonriente en lo alto, esperando sus raciones. Exactamente igual que las decenas de gatos que hay olisqueando por las inmediaciones.
La parte del pueblo cercana a la playa es la parte más turística y está llena de chiringuitos y restaurantes, así como puestos ambulantes de comida y artesanía, todo muy a lo Benidorm, pero sin la parte asquerosa.  Se puede comer de menú muy bien por siete mil pesos.  Dos euros. El camping nos cuesta 20.000 la noche con tienda que proporcionan ellos. Unos tres euros por persona y noche.
Un cubata, palabras mayores, puede costar 5000 si eres listo y te esperas al 2x1. 
Exacto. El paraíso.
Pero no es oro todo lo que reluce. Si cruzas la carretera general y te adentras en el pueblo se ve la realidad tal cual es: calles sin asfaltar, perros abandonados,  negocios llenos de polvo, sequía,  baches, basura por doquier y las constantes advertencias de los lugareños: por ahí no vayas, de noche no, etc, etc, etc.
La verdad es que ellos no tienen pinta de estar mal. Los veo tumbados en sus porches, balanceando sus hamacas junto a algún amigo y, si bien se advierte una expresión de cultivado aburrimiento, no he visto muchas miradas de tristeza. Muchas menos que en cualquier metro en hora punta de cualquier gran ciudad, en todo caso. Lo digo mucho, pero hay una diferencia capital entre la pobreza y la miseria. Esa diferencia reside en la dignidad. A un pobre es muy difícil quitarle su dignidad, porque es de las pocas cosas que tiene.  Es cuando le despojas de ella cuando alguien pobre se convierte en mísero.  Cuando alguien se ve en ese estado que lo ha perdido todo, dignidad incluida, hará cualquier cosa por cualquier cosa: comida, droga, cobijo, aceptación… da igual. 
En fin, por esos lares, en un lugar apartado detrás de unos de esos campos de fútbol de tierra que se calcinan al sol en los pueblos, se encuentra Literarte.
Es el único lugar de Taganga donde hay libros. Puedes intercambiar, alquilar, comprar o vender libros allí. El lugar está apartado del núcleo urbano, en una especie de claro a los pies de una montaña. Se llega a la casa cruzando el puente que salva un riachuelo.
¿Os acordáis que se me había roto la tableta? Pues bien, yo no puedo ir a la playa sin propósito.  Necesito leer algo, o hacer algo más que esclafarme al sol. Si no tengo nada que hacer me pongo nerviosito y me aburro. A parte del puto calor, claro.
Así que desde que había llegado a Taganga había estado buscando un lugar así.  Es una casa particular llena de libros en la que vive un tipo muy raro. Y también lento en sus ademanes. Parece algo muy común en este pueblo.
Cinco minutos aquí puede significar tres eones.
Que alegría, joder, ¿Qué se me jode el e-reader?  A grandes males, grandes remedios. Guerra y paz y El ladrón de barcos. El primero sobra decir nada, el segundo es una trepidante novela de aventuras en el mar que ya había leído, pero seguro que a Carla le gusta.
Pero la verdad es que he leído poco. Hemos hecho una colla de amiguetes, algunos de ellos oriundos del lugar y no hay espacio para la lectura, al menos de momento. 
La verdad es que estoy un poco cansado del rollo amistad veraniega. No está mal, está muy bien, pero a veces me apetece soledad y hacer en todo momento lo que me salga del orto.
La mejor forma de viaje es sólo o con una persona más.  Eso está clarísimo. Si estás en un grupo numeroso, estadísticamente hablando siempre hay uno o dos gilipollas. Eso es así. Y cada decisión, por fácil que parezca, se convierte en un conflicto internacional. Y eso es exactamente lo que es.
En nuestro grupo ahora hay españoles, colombianos, peruanos, italianos y australianos. 
Total que hoy Carla y yo haremos lo que nos plazca. Si vienen guay, sino, como dirían en mi pueblo: a cascarla.
La verdad es que mola conocer gente del lugar, obviamente.  Ayer, sin ir más lejos, nos llevaron a un sitio que está recién inaugurado que es digno de un marahá, pero en barato. Una piscina de esas que están al borde de un precipicio y parece que su agua se derrame por el horizonte marítimo. Una de esas mierdas horteras que se haría Berlusconi por sus huevos en una reserva natural y que saldría en el programa de la tele de izquierdas llamado “¿Quién vive ahí?” Me sentí un poco mal, porque por la mañana había criticado con bastante soltura (son años de práctica como indignado en España)  unos cuantos hoteles a pie de costa, pero, qué queréis que os diga, hay momentos para la coherencia y momentos para los mojitos a 2x1, que demonios.  Ya está bien, hombre, tanto hippie, tanto malabar, tanto Podemos y tanta polla.
La Piscina.

Encima estábamos solos en aquel espacio. Sospecho que pronto se llenará de tronistas, pero mientras tanto fuimos nosotros los que disfrutamos de la piscinaca.

Bien, hoy nos vamos a un paraje fluvial, con sus cascadas y sus piscinas naturales, que nos han dicho que aquello es como si a la Pacha Mama le hubiera dado por construir un acualandia en roca viva.
Mañana vamos a ir con unos pescadores a faenar (ellos se partirán la caja de ver a unos turistas haciendo el canelo)  un rato cerca de una isla que está a una hora de la costa. Comeremos en su playa desierta lo pescado, exploraremos las inmediaciones cual Crusoes  de Benimaclet y volveremos mientras se pone el sol en la cresta de las olas.
De Taganga íbamos a irnos pasado mañana, pero no está claro.
Y es que ya lo dicen los habitantes del lugar: A Taganja sabes cuando llegas, pero nunca cuando te vas.
































viernes, 27 de noviembre de 2015

ECHAR DE MENOS.

Echo de menos a mi perro Baco, a mi padre, a mi madre y a mis hermanos. Sí, Baco primero, soy horrible. Echo de menos despertar en Benimaclet y salir al descampado con legañas en los ojos y la prisa de mi perro en los suyos. Echo de menos el sol de Valencia y los amigos de Valencia que, ahora que pienso, son casi lo mismo.
Echo de menos llegar a cualquier sitio en un máximo de media hora y echo de menos el aire maloliente de la huerta. Porque una cosa es el olor del abono al final del invierno y otra muy distinta el olor a metal pesado cualquier día.  Echo de menos las terrazas. Dios. Cuanto os echo de menos. El sol de invierno. Tomar una cervecita fresca con calamares, o bravas, o morro, o sepia, o ensaladilla rusa, o croquetas de bacalao, o tellinas, o puntilla, o chorizos a la sidra, maldita sea,  porque salí anoche pero no me lié y todo entra de puta madre y estoy contento por aprovechar el fin de semana. Eso lo echo un huevo de menos.
Echo de menos poder ir al Regajo con quién quiera venir. Echo de menos el London y la plaza del  Glop y volver a casa  a cenar después de haber tomado unas cañas en el Sergio's.
Que me parta un rayo ahora mismo si no echo de menos mis almuerzacos en el Petit con Baco.
Echo de menos las visitas de improviso de algún viejo amigo. Y de los pesados de siempre.
Quedar en media hora. Eso aquí es imposible.
Echo de menos encontrarme a gente por la calle que se alegra de verme. Echo de menos las cenas del padre de mi novia y los asados de mi padre. Una cena de mi madre, que no sé como demonios hace para que las cosas más sencillas sean alta cocina. Vaya tela, no voy a seguir por ahí, que lloro.
Echo de menos ciertos hábitos, ciertos lugares, que hace cuatro meses me estaban cansando, por no decir otra cosa.
Y ahora los echo de menos.
Pero los echo de menos cuando me paro a pensar. Cuando el silencio aparece y ataca, que suele ser casi siempre.

Como ahora, mientras escribo.

El resto del tiempo estoy demasiado ocupado viviendo con mi asombro.  

lunes, 9 de noviembre de 2015

DE MIRADAS SANGUINARIAS, PUEBLOS TRISTES Y FRONTERAS OSCURAS (Tercera parte)

(Viene de : http://deaventurasporcolombia.blogspot.com.co/2015/11/de-miradas-sanguinarias-pueblos-tristes_7.html )

Porque aquí, sorprendentemente, empieza lo más duro del viaje. Una vuelva de 25 horas sin dormir un puto minuto.  ¿Lo bueno? Que era un bus equipado como un avión transcontinental. Pantalla en el respaldo de delante, decenas de pelis a la carta, enchufe para recargar el e-reader. De hecho, las primeras doce horas fueron tranquilas y apacibles. Incluso paramos un par de veces a comer. A partir de la duodécima hora empecé a ponerme, como decirlo, nerviosillo. Hasta las narices de leer. En total ya me había leído Las cartas de la ayahuasca, Enrique V, medio libro de La voz de las espadas que ya tenía empezado y medio de Antes de que los cuelguen. Me había visto también unas cuantas pelis.
Así que me dio por inaugurar el síndrome Quiero Bajar Ya O Cada Vez Voy A Estar Peor  Aunque Ya Sé Que Pensar Así No Es Para Nada Útil. Pero eso no iba a suceder. Lo que iba a suceder es que el tiempo iba a empezar a colgarse de cada latido de mi corazón como un alquitrán espeso, esparciéndose lenta pero irremediablemente por mis células. Pronto iba a salir rezumando de cada poro de mi piel. Un tic tac solemne, grasiento e interminable, generador de pensamientos deformes. Nunca dejará de maravillarme la percepción que tenemos los humanos del tiempo y la crueldad esencial de su naturaleza. El tiempo pasa lento cuando uno sufre o se aburre y rápido cuando uno se lo está pasando bien. Por otra parte, cuanto más pequeña es la escala de tiempo a analizar, más lento pasa y viceversa. Si  pienso en los últimos veinte años me entra un vértigo de la hostia. Porque, básicamente, todo ha consistido en un parpadeo ininteligible. Estoy pensando seriamente que en mi (muy futuro) epitafio ponga "¿Que coño ha pasado?".
 El paisaje, a ratos verdaderamente espectacular, disminuía la sensación de estar sumergido en el tedio más espantoso.
El bus recorre gran parte de Colombia y atraviesa macizos montañosos gigantescos que se atropellan unos a otros generando abruptas quebradas, cañones en cuyo fondo discurren ríos estrepitosamente hermosos y cascadas vaporosas como sudarios  que surgen de la niebla, o acaso la generen. Fértiles valles llenos a rebosar de cafetales y plataneros. La humedad como argamasa de la vida y a la vez, causa de podredumbre. Es fantástico caer en la cuenta de que la putrefacción es un elemento indispensable para la vida. Aquí se nota más eso. El bosque aquí es más exuberante, caótico, lleno de vida y a la vez podrido que en Europa.  Me pregunto si pasa lo mismo con las personas y si está tan superado el tema según el cual el carácter y la situación general de un país está relacionado directamente con su clima y su entorno. Eso decía Montesquieu hace ya unos cuantos findes. Ahora parece que no. Que lo más importante para determinar esto es la situación política. Yo no estoy tan seguro.
 A través de la ventana del bus veo casas con ondulados techos metálicos, llanuras inmensas plantadas con caña de azúcar y el verde, el verde omnipresente, húmedo y siempre jocoso, riendo en brazos de la lluvia y del sol, que aquí se pasan el día jugando al escondite.  Un inciso. Me doy cuenta de que antes, en la primera y segunda parte de esta entrada, para describir la fealdad de un sitio, he añadido torpemente el adjetivo de pobre y  es un error. Desde el bus puedo ver también decenas de sitios muy pobres, pero bonitos, en la espesura. Cabañas evidentemente construidas por sus dueños, muy humildes, sin apenas comodidades, pero con un encanto y una belleza especiales. Creo que es el marco, la forma de estar integradas en la selva. Supongo que la pobreza es mucho más llevadera allí que en cualquier ciudad, aunque, la verdad, no estoy muy seguro.
En fin, es entretenido ir pensando todas estas cosas mientras observo a través del cristal. Ver como el día se retira poco a poco detrás de las montañas y como estas proyectan sombras que cortan limpiamente la luz anaranjada y lechosa de la tarde.

Pero bueno, eso dura poco, porque pronto se hace de noche y el paisaje desaparece. Entonces sólo quedan los vaivenes del bus, el ruido del motor, el del rozamiento de las ruedas contra el asfalto y los ocasionales ruidos guturales de un pasaje dormido. Hay una señora que ha debido comerse un camello con motosierras de guarnición, porque no veas como ronca la japuta. Parece que le esté dando una parada cardiorespiratoria cada vez que le da por inhalar, a la egoísta. Pues no sería yo quien le ayudara. Sólo hay una cosa peor en este mundo que no poder dormir. Y es que la gente a tu alrededor vaya por la tercera fase REM de la noche. Porque creo que sólo estamos despiertos el conductor (que hace unas seis horas que no descansa) y yo. Lo cual hace todo mucho más desagradable. Empiezo a sentirme como el personaje de un capítulo de X-Files. Es muy sospechoso ser yo el único despierto de todo el bus. ¿Estaré siendo objeto de un experimento gubernamental colombiano? Ni siquiera puedo salir a orinar porque estoy en ventanilla y el notas que está a mi lado duerme como un bendito adicto al opio, el muy cabrón, y tiene una mochila del tamaño de júpiter bloqueando el paso. Tendría que ponerle el culo o el paquete en la cara para salir y no me apetece. A saber que puede pasar si se despierta en ese momento.

La desesperación must go on.


Paso las horas, defragmentadas, deconstruídas, desuputamadre, en una interminable sucesión de intentos de hacerlas más livianas, pero no funciona ninguno. Ya no me concentro en la lectura y la idea de ver una peli se me hace insoportable. Intento dormir pero eso es absurdo. En mi vida he conseguido dormir si de lo que se trata es de intentarlo. Yo duermo cuando me entra el sueño. Y, en ese momento, a pesar de un cansancio aplastante, no tengo nada. Cero. Más despierto que preso en una sala de interrogatorio de los mossos.

El tiempo sigue su curso, lento y desquiciado a la vez, como una serpiente secándose al sol, e igual de venenoso. Carla me manda mensajes de ánimo que son como fesols magics cuyo efecto dura  poco hasta que, finalmente, oh gracias Dios de los buses, llegamos a Bogotá. Alegría de la peor clase, alegría falsa alarma, alegría mi gozo en un pozo, puesto que nada más entrar en la ciudad y tras la nada desdeñable cifra de 24 horas de viaje, descubro que está colapsada. Hay un atasco como sólo aquí pueden existir. Si Dante fuera contemporáneo, un círculo del infierno sería un atasco en  Bogotá, durante la hora punta. Pero que digo, qué hora punta ni qué leches. Eran las cinco y media de la mañana y ya estaba la ciudad colapsada.

En ese sentido Bogotá es un fracaso de ciudad. En serio. Toda la vida, toda la cultura, todas las infinitas posibilidades que brinda la capital de un país enorme y hermoso como es Colombia se van a la mierda el momento que sales de casa y te toca desplazarte. Como sea un poco lejos, estás jodido. Además, hay tanto coche, tanto bus realmente viejo, que hay días que la atmósfera es irrespirable.
Si hace sol y tienes que ir a un barrio cualquiera de Bogotá lejos de los cerros, llévate mascarilla. Por otra parte, la lluvia aquí es la fregona de los dioses. Una auténtica bendición.


En fin, fue la guinda podrida de un pastel de mierda.  Llegar a la ciudad de destino y comerme dos horas más de bus, sin escapatoria alguna, en un mar de coches que avanzan a dos kilómetros por hora.

¿Os cuento algo gracioso? En ese momento empecé a sentir sueño. ¿Os cuento algo más gracioso todavía?
No era yo, era el CO2. Había tanta polución, que el aire acondicionado había empezado a meter aire de mierda (el único disponible por otra parte) en el interior del bus. Era como estar de picnic en el túnel de Peixet Aleixandre.  Y decidí aprovecharlo. Así que creo que dormí una horita gracias al CO2 en medio del atasco.

Después tuve que coger un taxi a casa que me costaría una hora y media más. Si me mordiera las uñas no me quedarían.

Luego llegué a casa y vi a Carla y vi mis cosas y vi que todo estaba bien,  que todo había salido bien. Me alegré tanto de volver a mi pequeño universo que pronto toda la ansiedad y el cansancio desaparecieron para dejar paso a una sencilla alegría que descansaba sobre mi chica y sobre mi, los dos risueños, buscando el abrazo a cada rato, y sobre un desayuno celestial consistente en un sandwich triple de tortilla, queso curado, jamón york y mayonesa.


Había vuelto a casa. Que es otra de las partes más bonitas de viajar.

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sábado, 7 de noviembre de 2015

DE MIRADAS SANGUINARIAS, PUEBLOS TRISTES Y FRONTERAS OSCURAS. (Segunda parte).

Viene de http://deaventurasporcolombia.blogspot.com.co/2015/11/de-miradas-sanguinarias-pueblos-tristes.html


Pero llegamos a la terminal de autobuses de Tulcán, cerca de la frontera de Ecuador. Entiendo que la llamen terminal, en lugar de estación.  La estructura  parece presa de un cáncer de huesos. Uno de esos abuelos desahuciados sin familia que mueren sin que nadie les eche de menos. El olor es el mismo, desde luego y, a pesar del caótico ajetreo, todo el lugar apesta a tristeza y a peligro, otra vez.
Pocas veces he sentido eso en mis viajes por el mundo. Quizá en el puerto del Pireo, cerca de Atenas, al caer la tarde. Pero es un puerto, con sus marineros borrachos y sus tabernas con olor a alcohol fermentado, así que entra dentro de lo normal.  Sin embargo, uno espera algo distinto en una ciudad con escuelas y niños y negocios respetables. Pero no.
Nada más bajar del taxi dos chavales con, otra vez, los ojos inyectados en sangre, se burlan de mi. Debo tener pinta de turista acojonado.

-Mira el grigo perdido- grita uno de ellos en voz alta. Su acompañante se ríe de una forma estridente y algo artificial, forzada.

-El gringo está perdido. Pregunta gringo.-le acompaña en la burla. Es evidente que el otro es el jefe. Siempre se notan estas cosas a la legua.

Paso de ellos. Ni siquiera les miro y cojo otro taxi que me lleve al hostal. (Por alguna extraña razón el que me ha llevado de la frontera a la estación de buses no quiere llevarme).

El hostal San Andrés, que había localizado por internet antes de comenzar el periplo, es un agujero infecto y los múltiples crucifijos y dibujos kitsch de la Virgen no hace más que acrecentar la sensación de que ese es un lugar dejado de la mano de Dios.  No hay nadie en recepción y, al cabo de unos momentos interminables en los que no se oye un alma, aparece un adolescente bizco y con cara de hacerse unas doce pajas al día.

-Hola- le digo- Quería una habitación.

-Son diez dólares, tiene baño propio y televisión por cable.

Lo de la televisión por cable es un dato interesante, porque quiero hacer un búnker de ese hostal y hay que estar entretenido. De leer estoy un poco harto (recordad, 20 horas de bus) así que me parece bien la TV por cable. Me parece cojonudo.  Pago sin registrar absolutamente ningún dato. Bueno, por mi estupendo. Si resulta que, por lo que sea, destruyo la habitación, no podrá exigir nada.

Lo que pasa en Tulcán se queda en Tulcán.

La habitación. Ja. La habitación no es digna de llamarse habitación. Es un espacio triangular con una cama que cabe a duras penas, unas cortinas recién sacadas de una incineradora forense antes de su puesta en marcha y una ventana que es imposible cerrar del todo. En fin, aunque el baño es estilo Saw III y ni siquiera hay toallas, la puerta que da al pasillo tiene pestillo y la TV funciona. Las sábanas huelen a limpio. No necesito más.

Pero es pronto, así que salgo, algo más tranquilo y animado, a explorar un poco la ciudad y a ver si encuentro un ciber y mato el tiempo.

Tulcán es como Ipiales: lo que yo vi puede describirse como básicamente horrible. Pobreza, suciedad, desorden, absurdez y un aura de peligro más que presente. La diferencia con Ipiales es que  llovía estilo Seven: una lluvia gorda y sórdida, que subraya los detalles decadentes que campan a sus anchas por las calles.  Destellos rojos de semáforos en paredes húmedas desconchadas, cables que cuelgan enmarañados, callejones con gente (¿Qué hacen allí?) al fondo, descampados que jamás serán usados para algo bueno y personas de bien compartiendo aceras con seres humanos que aparentan relacionarse sólo con el mal y su propiedad conmutativa: O lo hacen ellos, o el mal se ha cebado con ellos,  una de dos. El resultado, al final, siempre es el mismo.

Me meto en un ciber. Estoy un buen rato hablando con Carla y gente de Valencia. Miro noticias de España. Es un buen ancla con la que fijar, aunque parezca irónico, mi cordura. Vuelvo a lo conocido, a las riveras familiares. No quiero acojonarme y puede que todo haya sido imaginaciones mías, pero antes me ha parecido como unos chavales me seguían hasta el hostal. Así que, con el ánimo de despistarlos,  paso un par de horas en internet. El chaval que regenta el locutorio parece amable, por su sonrisa del principio, así que le pregunto que hay que ver en Tulcán. Su respuesta, traída de lugares ignotos tras largos segundos de silencio, me deja a cuadros:

-El cementerio, pero no hace día.

El cementerio. Bien. Un sitio cuya principal atracción es el cementerio. Cojonudo. Seguro que es brutal. Los muertos tienen que estar allí en la gloria. Cementerio cinco estrellas. Me pregunto si tendrá televisión por cable.

Salgo de allí con la intención de esclafarme en la cama y sacar  sólo las orejas y la mano con el mando de la TV pero, al cabo de unos pasos, veinte como mucho, caigo en la cuenta de que me he dejado la mochila. Vuelvo raudo cual Puzuma ambiguo*. No ha pasado más de medio minuto, pero, oh, surpraise, la mochila ya no está. Hay tres personas en el ciber más el dependiente, sentado tras el mostrador, en una especie de cubículo separado del resto de la sala.

-Perdona-le digo. -Me he dejado una mochila hace menos de medio minuto.

Y no es en absoluto una pregunta, pero el chico me contesta que no.

-Vamos-vuelvo a decir- Si acabo de irme. ¿Ha entrado alguien en este tiempo?

La pregunta va dirigida a la chica que estaba a mi lado, con su propio ordenador.

-Yo no sé nada- o algo así, me contesta.

No ha contestado a mi pregunta. Me ha dicho algo muy distinto.

Salgo del ciber. ¿Que puedo hacer? Empiezo a dudar de mi mismo. ¿Y si no venía con mochila? Pero no puede ser, la recuerdo a mis pies. Vuelvo a entrar pero el chaval me niega que haya entrado alguien a por mi mochila o que alguien de los presentes se la haya quedado.  Me empiezo a cabrear porque, aunque no hay nada de valor dentro, están mis medicamentos para el asma (aunque en ese momento yo no me acordaba)  y la mochila, en sí misma, tiene un gran valor sentimental, puesto que me la regaló un amigo antes de venir a Colombia.  Más cabreo. Empiezo a parecerme a Pocholo buscando la puta mochila.

Vuelvo a salir, ya muy jodido, y en ese momento pasa un policía en moto. Bien. Le paro y le cuento la historia. El tipo llama por radio y aparecen diez o doce polis más. Motos, un coche y varias parejas andando. Menuda party de maderos. Me giro para ver la cara del dependiente. Vale, menudo careto me lleva. No puedo verlo, pero si me asomara un poco por su garganta vería a su corazón practicando escalada y mascullando "mierda, mierda, mierda". Menudo poema de cara. Las cartas de Jorge Manrique  por la muerte de su padre, por lo menos.

Bingo.

Los polis hablan con él, pero lo niega. Allí no hay nada. Vuelven a hablar conmigo. ¿Seguro que venía con la mochila? Joder, agente, defina seguro. Apostaría 100 euros, no la vida. ¿De acuerdo? Naturalmente eso lo pienso, no se lo digo.  Yo le aseguro que estaba allí y a los treinta segundos había desaparecido. Y además, que demonios, es exactamente lo que ha pasado. Ya basta de dudar de mi mismo, coño. El que parece el jefe de los polis vuelve a entrar y al cabo de un minuto sale y me dice que pase dentro del cubículo a ver si veo la mochila. Entro y, efectivamente, allí está La Colombiana. (He decidido ponerle ese nombre). El chaval, en un intento desesperado de cogerse a algo antes de caer al precipicio, dice: esta mochila es de mi hermano. Pero es un clavo ardiendo y todos lo sabemos.

-¿De tu hermano? Mira, da igual, no pasa nada. Me la he dejado y tu has querido aprovechar la oportunidad.Lo entiendio, de verdad, no pasa nada. No estoy enfadado ni nada, me la sopla el hecho en sí. pero DAME MI MOCHILA.

Y el poli me dice que identifique lo que hay dentro y se lo digo al dedillo. En ese momento me acuerdo de que tengo los medicamentos para el asma y doy gracias a R.R. Martin por no encontrarme en Tulcán sin ellos, lo cual sí habría sido un problema serio de cojones.

Le doy efusivas gracias a los policías y el jefe me dice que vuelva a Tulcán, que allí son gente buena.

No lo dudo (no huevos), le digo, pero no creo que suceda en los próximos tres eones.

Ahora sí que me meto en mi búnker televisivo y no salgo de allí hasta el día siguiente. Dos birritas, dos piezas de pollo frito y mil canales donde oír a Robert De Niro gritando recanastos.

Me despierto varias veces en la noche desorientado. No suelo dormir sólo en lugares extraños. En un momento dado, cerca de las dos de la mañana, me desvelo.  Pienso en todos los acontecimientos que estoy viviendo, los lugares que estoy conociendo y sonrío dentro de la cálida seguridad que me proporcionan las mantas y sábanas limpias. Insisto: olían muy bien. Es un detalle de agradecer en todo aquel desbarajuste existencial transitorio, pero muy cañero, que estoy experimentando.
Sonrío, también, porque viajar no sólo es disfrutar: los malos momentos, el caos, el miedo y la nostalgia alucinada que provoca todo eso  forma parte del viaje muchas veces. Son momentos oscuros que tienen algo bueno intrínseco: el poder superarlos.
Y que te curten. Aprendes a moverte por esos sitios, a diferenciar lo que es peligroso de lo que es una paranoia tuya sin más. Cosa la cual es básico para futuros viajes, puesto que viajar con miedo hace que te pierdas cosas maravillosas pero hacerlo sin estar alerta puede causarte grandes problemas.

A las seis del día siguiente ya estaba más fresco y animado que un delfín en primavera. Tocaba volver.

Cogí un taxi y fui a la frontera. Desierta, bien. Ni siquiera tuve que hacer cola para salir de Ecuador y fui el primero en entrar a Colombia por allí ese día. Lo cual no deja de ser curioso. Ya en Colombia cogí el taxi a la terminal, pobrecica, de Ipiales y allí cogí el bus que me llevaría a Bogotá.

Y allí se desataría el INFIERNO.

*Para cualquiera que no posea un marco lógico de referencia semejante, el animal más veloz† del Disco es el Puzuma Ambiguo, una criatura extremadamente neurótica que se mueve tan deprisa que es capaz de alcanzar una velocidad cuasilumínica en el campo mágico del Disco. Esto significa que si puedes ver un puzuma no está allí. La inmensa mayoría de los puzumas machos mueren jóvenes después de haberse destrozado los tobillos corriendo a gran velocidad detrás de hembras que no están allí lo que, naturalmente, les permite alcanzar la masa suicida en concordancia con la teoría de la relatividad. El resto de ellos muere de PIH (Principio de la Incertidumbre de Heisenberg), dado que no tiene forma alguna de saber simultáneamente quiénes son y dónde están. La incertidumbre que ello provoca da como resultado colateral el que un puzuma sólo pueda estar seguro de su identidad cuando se encuentra inmóvil (normalmente encima de los cascotes en que se ha convertido la montaña con la que acaba de chocar a velocidades cuasilumínicas). Se rumorea que el puzuma es de un tamaño aproximado al leopardo y que posee un pelaje a cuadros blancos y negros sin igual entre todos los animales, aunque los escasos especímenes descubiertos hasta el momento por los sabios y filósofos del Mundodisco les han inducido a afirmar que el estado natural del puzuma es ser tan delgado como una alfombrilla de baño y estar muerto. "

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viernes, 6 de noviembre de 2015

DE MIRADAS SANGUINARIAS, PUEBLOS TRISTES Y FRONTERAS OSCURAS. (Parte I)

El viaje de ida fue extrañamente placentero. Para empezar, nada más subir y acomodarme en mi asiento, me quedé dormido. No fue un sueño profundo pero si inesperado. Dormí intermitentemente unas ocho horas. Todo un récord en mi. Sobre todo en un bus.  Al despertar sólo tuve que dejarme llevar por el cambiante y espectacular paisaje y por la elección de mi siguiente lectura. Me había traído unos cuantos libros:
La rebelión de las masas, de Ortega y Cassete, Enrique V de Shakespeare, El sonido y la furia de Faulkner, Cartas de la ayahuasca, de Borroughs y un e-reader con un más de mil libros de todos los tiempos. Resumiendo, estaba a gusto en el bus.
Empecé con el yonki, pederasta (le encantaban los adolescentes) y asesino (mató de un tiro a su mujer en México jugando to ciego a Guillermo Tell) y sus Cartas de la ayahuasca. Fue una lectura de lo más sorprendente, porque habla de latinoamérica y cuenta sus problemas con los papeles y sus estancias en sitios de mala muerte y me sentí bastante identificado.
Total, que después de veinte horas (milagro, esperaba 24) llegamos a la terminal de Ipiales, cerca de la frontera, en el lado colombiano.

Dejemos una cosa clara desde el principio: TODOS los núcleos urbanos medianamente grandes y que no son turísticos que yo he visto de latinoamérica son jodidamente feos y tristes y pobres y sucios. En todos flota una sensación a desesperanza y peligro de la que es difícil sustraerse.  Además, sabes que no es así, pero esos pueblos grandes siempre parecen a medio terminar. Las casas rara vez se pintan, así que sus paredes  muestran el ladrillo al descubierto, sin ningún tipo de enlucido. Pero no ladrillos estrechitos de hipster en paredes de cocina con minibodegas y neveras retro, no. Ladrillo de obra de toda la vida, grande, práctico, naranja, unido por cemento gris. Muchas casas todavía conservan el encofrado en la parte de arriba. Sobresalen de sus tejados largas varas metálicas, como dedos de viejo intentando atrapar el poco oxígeno que sobrevive entre el dióxido de carbono y demás componentes nocivos que expulsan los viejos buses con motores diésel.
Ipiales es eso elevado a la máxima expresión. El caos ensuciado. Miradas torvas. Gente vendiendo cosas que no van a vender en los semáforos. Y una sensación inexplicable pero potente y real: no quiero estar ahí. La culpa la tiene lo que veo, pero también el tipo que está conmigo en el taxi. Me ha hecho la tranca. Venía conmigo en el bus y me había preguntado si viajábamos juntos a la frontera. Estupendo, me dije, así pagaremos la mitad cada uno. Pero no. Lo que pasaba es que el listo (porque es un listo) no llevaba dinero. Vamos,  que me ha hecho una PNL en toda regla, el muy cabrón. No es lo mismo decir "¿Viajamos juntos en un taxi?" que "¿Me das dinero para un taxi?" Vale, le digo, yo tengo que ir igual, así que vente.
¿Verdad que hay gente que desde el minuto uno sabes que no es trigo limpio? Puede que sea un gesto, o la manera que tiene de hablar, o el tipo de mirada. O una combinación de todo ello. El caso es que el color del aura de ese tipo era rojo y azul intermitente, como el que hay en la escena de un crimen.
Bien, llegamos al paso fronterizo. El taxista me lía diciéndome que no hace falta sellar para ir a Tulcán pero no le hago ni puto caso. El tipejo que se ha acoplado a mi no para de decir que hace frío. Estaremos a unos 33 grados más o menos. Eso también me mosquea. No tiene sentido. Si tiene frío de verdad es evidente que le pasa algo a nivel fisiológico. Y si lo que quiere es entablar conversación, algo totalmente innecesario en ese momento, es el peor entablador de conversaciones de la historia.  Bajo del taxi y camino a través del puente que separa Colombia de Ecuador, con el pesado tras de mi, enseñándome una cadena de oro que va a vender. Lo que me faltaba. Ahora si que no quiero que sigas a mi lado, chaval. Pero no sé como decírselo sin ofender, así que, estúpidamente, no le digo nada y el tipo sigue dando la brasa.  En la frontera hay de todo. Vagabundos, perros pulgosos, vendedores ambulantes de productos ambiguos, cambistas de moneda de mirada inyectada en sangre con fajos de miles de dólares en la mano intentando hacer negocio. Un consejo: quítate la capucha y ponte colirio en los ojos, macho. Tener aspecto de secuestrador heroinómano no va a ayudarte mucho a la hora de captar clientes.
Acelero el paso. Voy a la oficina de Ecuador y allí me dicen que tengo que sellar primero la salida de Colombia. Ok, doy media vuelta, atravieso otra vez el puente, hago cola.  Me lo sellan. Voy a Ecuador, hago otra cola, me sellan la entrada. Bien.
Intento dar esquinazo al tipo porque está en otra cola y a mi me han atendido antes. Voy a un baño público y me meto en el retrete. Allí aprovecho para ordenar documentos, contar pasta, separar la imprescindible para volver a Bogotá, y hacer tiempo a ver  si el tipo se pira.  Tardo unos diez minutos. Cuando salgo el tipo no está. Bien, joder, que alivio, ¿Verdad? Mentira. El notas aparece sonriendo con el brazo en alto. Eso quiere decir que me estaba buscando. Que me necesita. De otro modo se hubiera ido.
Oye, me vuelvo para Colombia, le digo mintiéndole.  Así no tiene más opción que decirme sonriendo que buena suerte, pero en sus ojos no existe la mínima sonrisa, lo que hace aumentar mis sospechas. Después de la cortante despedida me voy a cambiar pesos por dólares americanos a uno de esos fulanos que andan con fajos en la mano y vuelvo hacia el lado de Ecuador. He decidido que a tomar por culo, que no tengo que ir mintiendo a desconocidos para deshacerme de ellos. En el lado ecuatoriano me lo vuelvo a ver, con el brazo en alto y su falsa sonrisa, viniendo hacia a mi.

-Al final voy a Tulcán-le digo.

-Voy con usted en el taxi.

Y estoy a punto de decirle que no, cuando veo que queda una plaza libre en uno que va casi lleno y me meto dentro, cual fugaz meteoro, dejando al chaval en la estacada.

-Pero espérese a uno que quepamos los dos.

¿A que viene tanta insistencia? Que le follen.

-No, lo siento, tengo prisa.

-Ah bueno, todo bien- me contesta.

Pero yo sé que no está todo bien. Estoy en sitio de mierda. Está lleno de buscavidas, malandrines varios y gente que a saber que quiere de ti. Es una frontera terrestre, lugar peligroso por definición, donde se practica por huevos el contrabando de sustancias ilegales, entre otras cosas.  No voy a arriesgarme con una persona que desde el principio y por motivos varios me daba un mal karma de la hostia.

El taxi sale. Todo bien, ahora si.

(To be continued...)

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sábado, 24 de octubre de 2015

DE LA OFICINA DE ASUNTOS MIGRATORIOS O CÓMO PUEDE SER DE CABRÓN UN HABITANTE DEL INFIERNO.

Día 1. Llegada a las puertas del infierno.

Bogotá es la ciudad más desesperante en la que he vivido nunca. Ya está. Ya lo he dicho. Ya es oficial. Es tan grande, tan compleja, que no es posible organizar nada. Es enternecedor ver a la gente como habla de tal o cual candidato (son elecciones municipales) y escucha los programas de debate en la radio.  Como si sirviera de algo.
Este año se estima que votarán un 40% de rolos. Es el 40% que cree que todavía existen unicornios o que el ser humano es bueno por naturaleza. Lo cual es una desgracia porque en Bogotá cuidad, lo que se dice naturaleza, hay poca. Los alrededores están llenos, eso si. ¿En serio creen que se puede hacer algo aquí? La única solución es a largo plazo y tiene que ver con la educación, como siempre.
Ayer fui en taxi a la cancillería de asuntos migratorios por la circunvalación que rodea Bogotá desde el cerro. Pude ver la nube de humo negro habitual en la que está sumergida la ciudad pero más densa. Tanto, que sólo era posible ver  los edificios más altos. El resto era una mancha gris e informe detrás de una densa nube tóxica. Me resulta imposible entender como alguien que ve eso (y lo ve mucha gente puesto que la circunvalación es una vía bastante usada) quiere criar a sus hijos aquí. Supongo que es, para variar, una imposición de nuestra sociedad libre occidental. Tengo que pagar la hipoteca, tengo que conservar mi trabajo, tengo que....Lo de siempre, vamos.  En fin,  buena idea,  prepararme mentalmente para una burocrática mañana en la oficina de asuntos migratorios mientras veo eso, genial. También llevaba un e-reader. Tremendo error que jamás volveré a cometer, luego lo cuento.
Bien. Lo primero que veo al llegar es dos colas humanas tan serpenteantes y  variopintas que parece eso un estreno en el ABC Park de los 80.  Mierda. Esto me pasa por llegar allí a las diez. No pasa nada, tengo mi e-reader. Empiezo a leer a Abercrombie, un tipo muy bien considerado en la fantasía épica pero que pone cosas como "pasó de él olímpicamente" (en un mundo fantástico lleno de seres extraños, con olimpiadas y todo). Después de una hora, aprox, me toca el turno. La chica que me atiende no está mal pero a pesar de su belleza y su tierna edad tiene cara de haber cagado por última vez en 1932. Da igual Javi, tú sonríe. Es legendaria la utilidad de la sonrisa para ablandar funcionarios, piensas. Pero no. Su mirada tiene arrugas de expresión. De expresión de mala hostia, concretamente. Vale. Dale los papeles y calla la puta boca. Que sea rápido.

-¿A qué vienes?-tiene la voz de un rallador de queso con depresión.

-A pedir una prórroga de mi visado de turista.- digo sonríendo. Todavía tengo las pilas cargadas.

La chica-espectro empieza teclear en el ordenador. Coge el calendario que hay en su mesa y me dice:

-Tu visa ha caducado por un día.

-No puede ser-le contesto-el sello de entrada es del día 22 de julio. Estamos a 20 de octubre. Son tres meses.

-Si pero...

Y ese pero es la llave del infierno en la tierra.

-Si pero-dice- el permiso son 90 días, no tres meses.

Y no es lo mismo, carajo. Es una lección que aprendemos, por lo visto, un gran porcentaje de personas con visado de turista. Muy bien. ¿Y ahora que hago?

-Le voy a mandar al tercer piso, para que hable con un abogado.

Espera, espera, espera. ¿Abogado?

Bueno, digo para mis adentros intentando tranquilizarme, Colombia es el país de los abogados. ¿Con quién iba a hablar sino? Subo al tercer piso y me encuentro con una cola delante de un escritorio. Pasa media hora, se me apaga el e-reader que no había cargado, genial. Una hora, hora y media, dos. Yo ahí, de pie, el hombre más paciente del mundo. Finalmente me toca el turno y algo parecido a un ser humano pero con los ojos más desconfiadamente cerrados a la par que saltones que he visto en mi vida,  me dice:

-Ya no hay tiempo para atenderle,  vuelva mañana a las ocho con esta diligencia.

Pienso en John Ford y en su puta madre. Pienso en un apache arrancando la maldita cabellera del funcionario. Vale.  Cuatro horas sin resultado. No pasa nada. Mañana estaré preparado. Llegaré a las 8.

Día 2. Cerbero abre las puertas.

A las 8 del día siguiente hay una cola que parece que regalen iphones a los primeros dos millones de colombianos. Mierda. Quien me conoce sabe que no lo llevo bien, lo de las esperas. No soy paciente. La caja de los supermercados me pone nervioso, por ejemplo. He tenido deseos de matar abuelas muchas veces en el Mercadona. No pasa nada, esta vez tengo el e-reader bien cargado. Sonrío. Naturalmente, voy a descubrir mas tarde que el aparato tiene la autonomía energética de un foca en el sáhara: 4 horas y está muerto.  Aún así, debería ser suficiente, ¿No?
No.
 Ese día ya sabía dónde ir así que me ahorro la cola de información. De todas formas tengo unas 20 personas delante. Abren las puertas y suben un montón por el ascensor. Yo les adelanto por las escaleras y me hago el sueco en la cola de arriba. (No soy yo, es el sistema). Una hora más tarde me atiende un señor normal (seguro que es nuevo aquí) ,se queda la diligencia que me habían dado el día anterior y me dice:

-Siéntese en la sala, ahora le llamarán.

En Colombia  "ahora" es la unidad de tiempo que abarca desde el Big Bang hasta el domingo a las doce de la noche.

Las salas de espera son la confirmación práctica de la teoría de que el ser humano es el único animal que pierde el tiempo. Jamás he visto a ninguna jirafa perdiendo su tiempo de jirafa. Nunca.

En fin, no pasa nada. Estoy preparado. Llevo mi e-reader.  Me meto en el libro fácilmente una hora y media, más o menos. De vez en cuando salgo de mi mundo para afinar el oído por si me llaman, que no se me pase.
Pasadas las dos horas concentrarme resulta más difícil. Intercambio periodos de lucidez lectora con distracciones varias. La familia de ecuatorianos con hijos a la espalda. La amazona de Europa del norte. En realidad no sé de dónde es, pero vamos, parece noruega o finlandesa o la hija de Odín. Es alta, rubia, zamarraca. Pantalones cortos, trenzas largas.  Le falta el caballo, un hacha a dos manos e ir vestida con piel de karibú.
El tipo que parece Adolf Hipster. Lleva bigotito del tío Adolf, el pelo rapado por los lados pero frondoso por arriba, agujeros en las orejas por los que cabría un transbordador espacial, pantalones vaqueros de pitillo y una chaqueta estilo Oscar Wilde.
Pasan unas tres horas.
Me llaman. Bien.

Y ahora tengo que describir a un ser humano que, haciendo buen uso de mi extenso conocimiento del latín, he catalogado como:

"Humanus Mesudalapollatuvitae Horríbilus"

Se trata de un ser insensibilizado tras años de vida en brazos de la burocracia más absurda. Se cree un tiburón pero no es más que un pequeño pez gris. Los verdaderos tiburones son las normas, los impresos y los procedimientos que pone en marcha.  No tiene emociones, no tiene sentimientos, no tiene vergüenza, no parpadea, no se rasca, no hace más movimientos que los necesarios, no reacciona ante estímulos externos y, sobre todo, no empatiza. Los años en ese puesto de trabajo van destruyendo sus neuronas espejo hasta que su expresión adquiere la vida de un cementerio de coches.
-Tiene que pagar una multa. Vaya al banco. Cuando regrese le hago un salvoconducto para salir del país.-me dice con una voz inquietantemente parecida a la del tenor Stephen Hawking.

-¿Perdón?

-Tiene que salir del país en 15 días.

-¿Pero no puedo pagar la multa y ya está?

-No. Tiene que salir del país. O hacerse una nueva visa en la cancillería, pero no tienen por qué dársela.

-¿De qué depende?

Y en una respuesta tan críptica como preparada me suelta:

-Es a discreción del ministerio.

-¿Y es una cosa u otra? ¿O visa que no es seguro o salir del país?

-Si.-y entablamos un duelo de miradas que el funcionario ya ha ganado miles de veces antes.


CONTINUARÁ....
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sábado, 10 de octubre de 2015

DE MARIPOSAS ELÉCTRICAS, PARAÍSOS LESIVOS Y PULGOCRACIAS.

Lo mejor que te puede pasar si estás en un bus que recorre 480 kilómetros en once horas es que estés dormido o en una despedida de soltero. Todo lo demás es horrible.
Esta semana hemos estado en San Agustín, patrimonio de la humanidad y reserva de la biosfera. Para llegar no tienes más que coger un autobús en cualquiera de las terminales de Bogotá y rezar para que sea cómodo.  Tras pagar de 40.000 a 55.000 pesos (depende de tu habilidad para regatear) comprobarás que así es. Son buenos buses. Algo normal porque, de lo contrario, serían la causa de alguna que otra masacre de fin de semana.  Y es que viajar por carretera en Colombia sólo es apto para mentes preparadas. Para empezar, paran donde les sale de las ruedas. Y para terminar no hay autopistas. Por lo menos de Bogotá a San Agustín. Ni un kilómetro, joder. Sólo hay carretera general. Y deberían llamarla carretera alférez, como muchísimo. Nota curiosa/surrealista: hay peajes igual. Peajes en una carretera general. No se me ocurre una manera mejor de empezar una revolución en España que poniendo peajes en las carreteras generales. Pero aquí no va a pasar nada. De eso hablaré en otra ocasión, pero nadie aquí va a quejarse organizadamente por algo así, ni por muchas otras cosas.
En fin, el caso es que pasamos en ese estado de duermevela propio de los viajes en bus la mayor parte del trayecto y llegamos al pueblo cansados y muy desorientados. San Agustín, el pueblo en sí, no tiene mucho que ver. Es el típico pueblo colombiano: casas bajas, desorden, mucho comercio y tráfico denso. Tiene un imponente mercado lleno de puestos de fruta y verdura, eso si.
Mercado típico colombiano.
Lo que es realmente hermoso es su entorno, que forma parte de la cordillera andina, en pleno macizo colombiano. Allí tiene lugar el nacimiento del río Magdalena, el más importante de Colombia que, en esos primeros momentos de vida, corretea saltarín y rebelde entre cañones y montañas repletas de asombrosa vegetación. Allí conviven en armonía campesinos cafeteros (con su burro alforjado, su bigote y su sombrero, lo juro) mariposas gigantes y aves rapaces.

LA VIDA HIPPIE NO ES PARA MÍ.

Estos días nos hemos alojado en una cabaña de guadua (bambú colombiano) regentada por Cristian, un hombre de mirada limpia y sonrisa fácil, con unas rastas que llevan arraigando en cabeza treinta años.  La verdad es que no sé que pensar de lo vivido allí. Por un lado fue maravilloso. Nuestra habitación tenía las vistas más espectaculares que se puedan imaginar.
Vistas al río Magdalena.
 La cabaña estaba enclavada en lo alto de un cañón, a los pies de un acantilado, en mitad de un paraíso. De verdad. De esos que salen en la tele y piensas que darías lo que fuera por vivir allí un tiempo. Por contra, el sitio distaba mucho de tener una buena higiene. O regular. O mala. Digamos que Higiene era, para ese lugar, una diosa mitológica o algo así.
La suite presidencial.
No suelen molestarme esas cosas, la verdad. Mientras uno se duche, lave bien sus cubiertos y la comida, puede hacer frente a estas incomodidades. De hecho, viajando, la comodidad es en lo último en lo que pienso. Pero hay un límite. El límite es un lecho de pulgas. Si cuando te levantas tienes picaduras de pulgas, no una, ni dos, sino muchas más, la cosa cambia.
El ambiente, por lo demás, no era ni malo ni especialmente bueno. Era un poco aburrido, a decir verdad.  Aunque, claro, ese era nuestro problema. Allí todo el mundo parecía muy a gusto. Otros viajeros habían hecho un alto en su recorrido para descansar en Cristianlandia. Algunos, unos días; otros, unos meses. Un sueco loco estaba construyéndose su propia cabaña.
Yo soy más activo. Si hubiera tenido algo que hacer allí no me habría importado estar una eternidad, pero no soporto estar sin hacer nada. Podía leer, si, pero yo lo hago al revés. Yo ya leo en mi vida normal. Para mi no es ninguna novedad escoger un sitio agradable y abrir un libro. Tampoco era algo rechévere en aquél momento. Especialmente si mi libro está en un e-reader y no me queda batería. Por otra parte,  allí no había nevera. Si me voy a poner a leer en una reserva de la biosfera que menos que unas cervecitas bien frías. No pido una bandeja de ibéricos, ¿Verdad? Pero allí no había birra tampoco. Y eso le resta puntos a cualquier lugar, así esté uno en los anillos de saturno viendo una lluvia de meteoritos. (Aunque en ese caso es bastante probable que hayas bebido unos litros).

Leyendo El Extranjero: deslumbrante. 
Hubo buenos momentos en las cabañas.
Tocando en el abismo.
Carla, por ejemplo,hizo un arroz de verduras a leña que desapareció de la faz de la tierra como si nunca hubiera existido. Dejó el pabellón arrocero valenciano a la altura de su merecida fama.
Vitro¿Que?

Cristian aprendiendo la técnica.


 Hecho curioso: encontré un cuadro que representa una escena en la que unos llauros hacían una paella a leña en la albufera de Valencia. Estaba allí, entre mil trastos y lo encontré, precisamente, el nueve de octubre.

Hallazgo el día de la Comunitat Valenciana.
El primer día lo pasamos vegetando. El segundo fuimos de excursión al fondo del cañón, por donde discurre el río. Sólo por ese día ha valido la pena el viaje. Desde el principio supe que iba a ser una dura caminata puesto que se descienden unos 800 metros con una inclinación asesina de rodillas que luego hay que subir, pero el recorrido es tan asombroso que merece la pena. Se va descendiendo por un camino estrecho y serpenteante entre bosques de guadua, cafetales y decenas de especies de árboles y plantas cuyo nombre desconozco. La vegetación es exuberante, desordenada y, en muchos sitios, impenetrable.
Empezamos el descenso.

Caminando entre cafetales.
Exuberante es poco.

Bosque de guadua.


Pero lo que más nos llamó la atención a Carla y a mi fue la cantidad de mariposas que había. Puede resultar anecdótico para un colombiano, pero para nosotros fue sencillamente espectacular. ¿En que momento desaparecieron las mariposas en España? Ya sé que hay, pero verlas es difícil, incluso en sitios como Ordesa. En San Agustín decenas de especies de mariposas distintas, de todos los tamaños y colores, revoloteaban a nuestro alrededor. Eran como flores ebrias y fugaces. El vuelo de una mariposa es errático y está bien que sea así porque nunca te dejan contemplar su belleza plenamente, lo que las hace aún más bellas, como cualquier misterio.
Después de volver sobre nuestros pasos varias veces, atravesar angostos cafetales y maldecir unas decenas de veces a la madre de Juan Valdéz, encontramos el paraíso en la tierra.


Fui a los bosques...
Atención a la cascada.


 Una playa de fina arena grisácea junto a un remanso del río. Enfrente, una cascada estilo lago azul, casi de mentira. Y de repente, el insecto más hermoso que he visto en mi vida. Una mariposa gigante, de más de un palmo, con las alas de azul brillante, casi fluorescente, que resaltaba en aquél paisaje como un juego electrónico. Ese color no lo consigue ni el Photoshop en un buen día.
Estuvimos allí alrededor de dos horas con baño en pelotas incluido. (En peloticas un servidor,  Carla se contentó con mojarse las piernas).  El agua estaba realmente fría y uno nunca sabe que bichos del averno van a trepar por tus cavidades corporales para instalar allí un puesto de avanzadilla, así que el baño fue bastante corto, pero al salir fue como si me hubieran dado un masaje de tres horas. Fuera del agua el ambiente era espectacular. Calorcito, pero sin ser agobiante.
Cuando terminamos el picnic comenzamos el camino de regreso. Madre mía. Duro, duro. Tanto que me jodí una rodilla. No mucho, la verdad, ya estoy bien. Siempre me pasa con la rodilla izquierda. Si la fuerzo, algo se inflama y tengo que dejarla en reposo al menos doce horas. Esta vez fueron veinticuatro. Volvimos a las cabañas y nos duchamos con una magnífica agua a dos grados. Es decir, sobacos, entrepierna, Mordor y para de contar.
Por la noche, tanto Carla como yo estábamos congestionados así que tomamos, según ellos, la mejor medicina a tal efecto: rapé. El rapé es una mixtura de tabaco finamente picado y otras plantas que se esnifa. Bueno, en realidad Cristian nos introdujo una especie de pipa en cada fosa nasal y sopló desde su extremo: no había escapatoria.  Vaya tela. Fue como esnifar el caramelo de menta más fuerte jamás creado, Fisherman's Friends es un sugus de lentejas comparado con eso. Notaba hasta el cráneo. Tanto, que un impulso irresistible de rascarme la cabeza se apoderó de mi. Algo normal, según me dijeron. La congestión desapareció como si me hubiera metido el mar muerto enterito en la tocha, pero volvió a los cinco minutos. Ni Carla ni yo quisimos decir nada para no ofender.

Cristian, dispuesto a soplarme rapé en las fosas nasales. 


Yo, dispuesto a recibirla.


Al día siguiente tuve otro momento casi místico:  me levanté para ver amanecer.









Y de regalo, un vídeo mariposeando. 







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