miércoles, 23 de septiembre de 2015

DE AMIGOS, LAGOS MÍTICOS Y UNA SIRENA ANTIAÉREA

Dos semanas y dos días sin escribir en el Blog. Imperdonable. ¿Por qué? En parte por mi curro de redactor, pero es que también han pasado muchas cosas estas dos semanas...

La casa de la magia ya no es tan mágica. Sigue siendo genial el sitio, pero hay unas cuantos desequilibrios en el Karma que merecen la pena ser señalados.

Está en lo alto de la candelaria. Sólo es posible llegar a mi casa escalando una cuesta de un 135% de inclinación. O eso me parece a mi. Eso es bueno porque no llega toda la contaminación de esta cancerígena ciudad y malo porque cada vez que quiero salir de casa tengo que prepararme mentalmente para la vuelta. Parece que me esté preparando un ironman, maldita sea.

El casero es buen tipo, todo felicidad, tan feliz que se la suda prácticamente todo. Llevo dos semanas pidiéndole una sartén. No una batería de cocina, no. Una sartén. Se ve que el tipo está experimentando con algún tipo de material adhesivo para la NASA o algo así, porque, en serio, cocinar cualquier cosa en cualquier sartén de esta casa es jugar con la precaria estabilidad mental que como ser humano tiene cualquier cocinero.

La ducha. Si Satanás fuera ecologista, habría inventado esta ducha. Bueno, todas las duchas colombianas que he tenido el lujo de experimentar.  Es un sistema según el cual cuanto menos agua usas, más caliente sale. Ingenioso, ¿Eh? Se gasta poco. ¿Eh? ¡ES UNA PUTA MIERDA! Si quieres tener suficiente agua caliente  para que no desaparezcan tus genitales en la dimensión desconocida, no sale ni un triste chorro de caudal, con lo cual el frío viene del aire que te rodea. Así que decides poner un poco más de agua, me cago en Colón, pero entonces te arrepientes porque sabes que va a caer agua fría y vuelves a cortar el chorro para que salga más caliente, pero ya es tarde, una ráfaga de agua fría te comes fijo, como que te llamas MECAGOENDIOX. Así que sales de la ducha enjabonado y deseando segar vidas al azar. Todo esto bien temprano, durante la competición matinal de A Ver Quién Ocupa Los Baños Antes  Y Los Deja Más Guarros.

Hace dos fines de semana llegaron de fiesta TODOS los habitantes de la casa, menos Edgar, el Miyagi colombiano. Se pusieron en el patio de dentro a liarla de mañaneo. Risas, guitarra, gritos, vasos que se rompían, en fin, todo ese tipo de sonidos disruptivos agradables de oír mientras retozas dormido en tu cálida cama a las seis de la mañana de un domingo.
Naturalmente, salí a ver si se callaban. Pero no.  Cachis en la mar.
Bueno, no pasa nada. La venganza es un plato que se sirve depende de dónde lo comas.

UNA RÁFAGA DE AIRE FRESCO

El martes llegaron dos amigos de Valencia. Chema y Mike. También conocidos como señor Manatee y Mr.Cerbatana. La verdad es que han sido una alegría constante, una disrupción agradable en nuestra colombiana rutina.

Llegaban el martes a las 15:50 al aeropuerto y esa era toda la información que teníamos. Tanto yo, como ellos. ¿Para qué más? ¿Para que darles nuestra dirección en Bogotá o nuestro móvil colombiano? Si hubiéramos hecho eso no los habrían retenido más de una hora en inmigración del aeropuerto y yo no tendría nada que escribir ahora. ¿Que tuvieron que reservar una habitación de hotel por sesenta euros? Minucias. Este párrafo no tiene precio. Además, Chema vació su tarjeta y no le cobraron un mísero peso.
La cara de olla express que se gastaba cuando se abrieron las puertas de la terminal y apareció junto con la de Mike, que parecía a punto de cazar una pantera, tampoco tiene precio.

Por lo demás todo ha ido sobre ruedas. Les enseñamos nuestro barrio y sus alrededores, probaron la chicha, mil comidas colombianas, incluso tuvimos un leve accidente de autobús cuando dos conductores quisieron pasar al mismo tiempo por un sitio estrecho, al más puro estilo Quita Tú, No, Tú.

Ups.


GUATAVITA.

Guatavita es un pueblo que no existe. Para ser exactos si que lo hace: bajo las aguas del gigantesco pantano que abastece de agua a Bogotá. Ahora una versión muy bonita pero algo falsa ha sido trasladada a una parte alta, a los pies del pantano. Es algo completamente diferente al caos sucio y acorralante de Bogotá. En Guatavita puedes mirar a lo lejos, respirar profundamente, ver el color blanco en las paredes o cualquier otro lugar. Hay llanuras intercaladas por colinas muy distantes entre sí. El verde, en decenas de tonalidades,  es el color soberano. Los alrededores de Guatavita son asombrosamente parecidos a los montes astures o cántabros.

La Asturias colombiana. 

El norte está en muchos sitios. 


Vacas aquí y allá paciendo más tranquilas que la hierba que comen, caserones emplazados en pendiente cuyas chimeneas emiten al cielo sus columnas de humo negro y danzante.
Guatavita la nueva.  Muy cuca ella. Demasiado.

Nos alojamos en un hostal hermoso por fuera y deprimente por dentro que estaba a las afueras del pueblo, cosa la cual nos gustó porque por esa parte todo era más auténtico. Gallinas a su aire, perros ladrando a lo lejos y alguna que otra persona apresurando el paso hacia las casas cercanas al lago. El ambiente estaba cargado de sonidos y olores propios del mundo rural. Es curioso, ese conjunto de sonidos y olores es un idioma universal. La vida en el campo es igual en China, en Colombia o en España.  Por la mañana canta el gallo, se escuchan los cencerros y el aire huele a leña y rastrojo quemado. El ruido de un tractor que pasa cerca del bar. Los saludos mecánicos que le ofreces al vecino que llevas viendo cada día durante los últimos treinta años.  Los perros jugando con algún despojo. Siempre es igual, en Teruel o Guatavita.

Al día siguiente de llegar fuimos hasta la laguna origen de la leyenda del Dorado. ¿Cual es la historia? Resumiendo mucho la cosa. Resulta que había un pueblo, el Muisca. Cada vez que moría el cacique del pueblo, su sucesor debía hacer el siguiente ritual.

Balsa ceremonial de oro, exhibida en el Museo del Oro de Bogotá.


...En aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían… A este tiempo estaba toda la laguna coronada de indios y encendida por toda la circunferencia, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas… Desnudaban al heredero (...) y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos… Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe.

Y claro, a los españoles, cuando les contaban esto, se les hacían agua las orejas.  Así que buscaron la laguna infructuosamente durante años, sin encontrarla. De hecho, los indígenas daban falsas indicaciones y los mandaban a fer la ma, o lo que es lo mismo, al quinto guayábano. Ale, chaval, vete con tu armadura de placas a través de esta selva montañosa y descubre el verdadero significado de la palabra impenetrable. Caían como moscas presas del hambre, la debilidad y toda la colección de enfermedades misteriosas chachipiruli que te pueden atacar porque sí por estos lares si no llevas una buena alimentación, una higiene adecuada y un Delorean para ir a vacunarte a los ochenta. 


Imaginad el ritual en la noche.



Pero, ¿Qué pasó al final? Increíble, pero cierto. Digno de guión cutre de Hollywood. Una chica Muisca se enamoró de un oficial español y le contó donde estaba la laguna.  Seguro que es una figura muy querida entre los de su pueblo. La muy.
El resto es una historia de conquista, muerte y saqueo.
Quisieron desecar la laguna, primero a capazos, en serio. Seguramente eran vascos. Más tarde cortando un cacho a una de sus paredes, a modo de desagüe. Varios españoles lo intentaron sin apenas resultados hasta que, muchísimo más tarde, el gobierno de Colombia le dio permiso a una compañía inglesa para desecarla.
Afortunadamente nunca lo lograron del todo aunque llegaron a recoger más de 180.000 piezas de oro y cientos de esmeraldas enterradas en el fango.  Una de ellas pesa varios kilos y se exhibe en el museo británico de Londres, esa cueva de ladrones.
Todo esto lo explicó un guía de origen Muisca, o eso decía él, con pinta de consumir una amplia variedad de plantas endémicas de la región. Como la trompetera, cuyo principio activo, la escopolamina, es empleada por Bayer en decenas de medicamentos.
También puedes hacer Burundanga


Hubo un momento que me hizo sentir un poco mal. El hombre se llevaba cagando en los españoles de la época  y con razón, pero como una media hora ya. Nada que objetar. Los asistentes a la visita guiada asentían con la cabeza. "No fue una conquista, fue una invasión" "Los salvajes eran ellos" y toda esa mierda. Vaaaale, los malvados españoles fuimos lo peor, ya lo sabemos.
Pues bien, cuando nos preguntó de dónde éramos y le dijimos españoles nos dijo:

-Obviamente, ustedes no tienen la culpa de lo que pasó.

Fue, como toda salvedad, innecesaria. Ya sé que no tenemos la culpa. No somos inmortales. Venimos de Benimaclet, no de 1516.  Y puede que yo le esté buscando dieciocho pies al gato, pero a mi me parece que ese "ustedes no tienen la culpa" es como una acusación travestida, porque no hacía falta decir nada. Es algo, por cierto, que ya he sentido varias veces en Colombia.

¿Lo más divertido de la ascensión a  Guatavita? Chema, sin duda.  Recién llegado de España, con jet lag y a 3600 metros de altura, hicimos caminar al chaval con una pendiente del 45%  durante una hora. Lo cual le hizo parecer un hombre a punto de estallar en más  de una ocasión. Eso si, fueron más que loables sus intentos de mantener la compostura durante las fotos de rigor. Aunque sonríe, su mirada no engaña a nadie, entre asesina y descentrada. Estuvo mal todo el viaje de vuelta y tuvo que acostarse durante toda la tarde. Mal de altura+jet lag= dormir 14 horas.

Aquí hay uno que sólo sonríe con la boca, la mirada va por otro lado. 


El lago es hermoso, como un espejo olvidado, reverdecido en las profundidades del tiempo y la humedad silenciosa. Está en el fondo de un cráter no volcánico en cuyas paredes crece la vegetación de páramo más frondosa que se pueda imaginar. Está escondido entre montañas en un lugar remoto, como toda leyenda que se precie y se siente algo especial al estar cerca de él. Quizá sea la historia del tesoro, típica narración de aventuras, origen de mil viajes y de historias de búsqueda. (¿Acaso hay de otro tipo? ). Quizá los muertos y las pasiones que giran a su alrededor. Quizá que sea cierto que personas bañadas en oro (el sol, el hombre) se sumergían en el agua (la madre, la mujer) para así fecundarla, dejando en el agua de la noche una estela dorada, como una eyaculación divina.  Todo eso pasaba aquí, en estas aguas, en esta parte del mundo. Conocer es viajar en el tiempo. Si no hubiera leído ciertas cosas y escuchado atentamente las explicaciones del guía, ese lago habría sido un paraje hermoso y ya está. ¿Suficiente? Por supuesto, pero ahora tiene ese plus de saber que la condición humana se ha explicado aquí a través del dolor, la guerra, la avaricia, la estupidez, la ambición, el amor y el tiempo.

Este lago es el mas hermoso de cuantos he visitado. Y he vivido su cercanía  con mi amor y mis amigos. 

Quise alejarme dedicándole un pensamiento hermoso.




El Dorado existe: está en la gente que quieres. 

Al día siguiente, ya en Bogotá, una sirena antiaérea accionada por un vecino con una extraña y explosiva personalidad rompería el karma de una fiesta alrededor de un fuego.  Pero eso lo contaré otro día. Hoy ya he escrito bastante.

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lunes, 7 de septiembre de 2015

DE CAMBIOS Y GEDEONES*




El hostal era hermoso pero caro.  No podíamos seguir así, inmersos en el sueño desnudo del viajero, dónde las preocupaciones son accesorias, de carácter utilitario. ¿"Quedará agua caliente"?, "Llevo demasiado peso en la mochila", ¿"Donde habrá un sitio para tocar"? Teníamos que desprendernos de eso.
Y la verdad es que duele arrancarse antes de tiempo la piel con la que más feliz te sientes, en la que te reconoces. ¿En que momento se convierte uno en el cobarde que se sabotea a sí mismo y se impide hacer aquello que le llena de paz, de calma y de alegría? El cerebro humano es tan poliédricamente estúpido que  tiene que recurrir a frases hechas para justificar lo injustificable. Y yo soy tan buen fabricante de frases hechas como cualquiera. Ahí va la mía:  Tenemos que trabajar. Es así. Mi curro de redactor no nos da para un hostal bonito. Si para alquilar una habitación en una casa compartida. Así que tenemos que trasladarnos a otros hostal, el más barato entre los baratos, hasta que encontremos una.

Carla ya trabaja en los sitios más pobres de Bogotá, sitios para los que es necesario llevar puesta una armadura emocional de placas de acero forjado en... la verdad, sólo ella sabe dónde. Ha debido ser entrenada en los grupos de operaciones especiales del ejército de la vida.
Me sorprende con la tranquilidad que cuenta ciertas cosas, ciertos dramas. Carla es más fuerte que la mayoría de hombres que conozco. Yo incluido. Quizá todas las mujeres lo son. No sé. No creo que sea una cuestión de géneros. El caso es que Carla es Super Woman. Y punto.
Yo también tengo que trabajar: escribir mucho. Muchas horas al día. Para las agencias, ya escribo habitualmente para dos,  pero sobre todo para mi escritura en sí misma. Ya tengo tiempo otra vez para volver con el blog y con el relato "El ladrón de voces".  ¿Y por qué tengo tiempo de nuevo? Porque ya tenemos casa. Las cosas se han precipitado de una manera dramáticamente jovial.  No quiero revelar nada acerca del espacio que hemos encontrado.  Pero va a dar que hablar. De momento prefiero hablar del psiquiátrico abandonado donde nos alojamos hace unos días.

EL HOTEL ARAGÓN.

Eso reza el cartel de la entrada y quizá lo fuera en su día. Pero ahora, más que un hotel, es un set de rodaje. Con lugareños que no son actores profesionales, ni falta que hace. Forman parte del set, igual que los cuadros de Bogotá 2002 o el teléfono de rueda de timón clavado a la mesa del primer piso.  Da para muchos géneros, además. Incluso subgéneros. Veamos algunos de ellos.


GÉNERO: TERROR
Subgénero: Clásico. Casas aisladas.
Localización: Los pasillos y las escaleras.



Pienso en Otra vuelta de tuerca y pienso en Al final de la escalera.  Pero también pienso en la puta madre del decorador del hotel. Es como si a todo le hubieran dado un capa de "viejunieidad". Está medio limpio, no es eso. Son los colores desgastados, los pasamanos pulidos por el uso, los cuadros amarillentos, los materiales raídos. Todo tiene un aire decadente, como de duelo. Parece que se haya muerto alguien hace muy poco y no me extrañaría que así fuera, demonios. No se oye nada. Ni otros inquilinos, ni siquiera a los empleados. Es como un hotel fantasma. Si caminas por el pasillo a las cuatro de la madrugada te asustas por defecto, porque tiene luces de esas que se encienden al paso de uno, pero con muy pocos vatios.

                                             
Pocos vatios es que no sabes si son bombillas o velas de grasa de ballena. Esa es, en esencia, una situación inquietante. Ese tipo de iluminación, en un pasillo con una alfombra de goma negra, paredes marrones y cortinas de medio metro de grosor tras las cuales se puede esconder hasta un diplodocus psicótico, es inquietante tirando a me estoy cagando de miedo.  Llegas al baño convertido en campeon olímpico de marcha (correr no vas a correr, no sea que te topes con alguien y parezcas asustado), ridículo como sólo una persona en gallumbos y andando a la marcha puede estarlo. Y claro, llegas al baño, cierras con el único pestillo, te cercionas que realmente está cerrado con un último vistazo y, ale, ya estás tranquilamente orinando en el manicomio abandonado.

GÉNERO: TERROR.
Subgénero: Manicomios abandonados.
Localización: Baño compartido en la primera planta.



Cómo no, al final del pasillo. Compartido con Vete-Tú-A-Saber-Quien.  Yo apostaría por las niñas de El Resplandor y el grillao de Candyman.  Baño con baldosas pequeñas y octogonales, negras en las juntas. Ventana de metal oxidada que se asoma a  la tristeza propia de los tragaluces de todas las grandes ciudades lluviosas del mundo. Ducha que no es tal, sino una alcachofa en la pared de la que sale un raquítico y sólo templado chorro de agua. Sin plato, ni mampara ni tontadas decorativas de esas, pa qué. Una cortina con humedades, eso sí. Y claro, toda la fauna infecciosa y microscópica, pero que yo veo,  maldita sea, yo la veo, disfrutando de mis pinreles.

¿Ducharse con chanclas? Estaréis pensando. No es suficiente. Con zancos. Como poco.
No te puedes ni afeitar. No por nada, sino porque paso de mirarme al espejo y que esté ahí todo el elenco de seres aficionados a asomarse desde el espejo y a matarte, ya que están.

Ahí me tenéis, arriesgando a tope. 



GÉNERO: Noir.
Subgénero: Detectives bizarros y degenerados pero de buen corazón.
Localización: Pasillos y sala de estar.

No costaría nada convertir este hotel en un edificio de oficinas de los años 40. En un sótano podría vivir el detective MasMallow. Convertida su oficina en su hogar, tan arruinado en lo económico como en lo personal. tendría serios problemas para dejar el alcohol. Una secretaria amenazaría con irse porque nunca le paga pero siempre terminaría siguiéndole a todas partes, porque, en el fondo, MasMallow es un trozo de pan bendito y algún día cambiará su suerte.






GENERO: Comedia.
Subgénero: Costumbrismo colombiano.
Localización: Cocina comunitaria.


Me maldigo por no haber hecho una foto a la cocina.Emplazada en un patio interior, tirando a tragaluz cubierto, más viejo todo que las cuevas de Altamira. Pero era hermosa. La estrategia del caracol style. Ollas de latón, una altar con virgen incluida, baldosas originales de esas que trajo Hernán Cortés. Y una cocinera más seca que un día de resaca. Que sarmiento de mujer, por Dios. De esas delgadas pero con nervio y con cara de soltarte un rejostio a la mínima en plan Chuck Norris.

Otro detalle. Un día nos pasaron por debajo de la puerta dos flamantes Nuevos Testamentos.

Digo flamantes porque tienen que arder la mar de bien. Que susto. Que intrusión. Que pérdida de dinero.
¿De verdad se pensaban que íbamos a leer el nuevo testamento precisamente ahora? Puede que esté interesante, no lo niego, el viejo es un compendio de guerras, incestos, asesinatos, violaciones, masacres, genocidios y demás características del género humano realmente entretenido. Pero ahora, la verdad, tengo otras preferencias.
Más que nada porque me ha caído del cielo una biblioteca.


LA CASA DE LA MAGIA.



Es la mejor forma de describir la casa que hemos encontrado para vivir. Contiene magia. Es magia. Por su estructura: es una casa colonial de cientos de años, con varios patios interiores y un jardín posterior con un sitio para hacer hogueras. Insisto, hogueras, no barbacoas. La diferencia es abismal.
Por su situación: En la Carrera 2 (la uno es el centro del centro histórico) en el epicentro de lo más bohemio y artístico de Bogotá. A cinco minutos del Chorro Quevedo, una plaza increíble siempre llena de artistas y eventos gratuitos de música.

Un titiritero checo.
                                          
                                      Personas escribiendo debajo de una bandada de pájaros. 

Una colgada.
Zancodanza.


Nuestra calle.



En el interior de la casa, todos los rincones están plagados de obras de arte. Un maniquí sonriente cuya sombra parece un hombre a punto de ser fusilado. Botellas de vino con rosas secas con etiquetas colgando.
                                   

Uno de los patios.
                                     
En una de ellas pone: Se busca personal para llorar a los viejos en los asilos. Libros esparcidos por doquier. Y el mayor regalo: toda una biblioteca junto a mi cama.  Y vaya títulos. ¿Y la gente? Sólo he conocido un poco a Germán, poeta y encargado de llevar la casa. Pelo rizado y ropa de mercadillo hipie, habla despacio, usa mucho la coletilla ¿"Cierto"? y tiene una risa extraña, colgante, contagiosa.  Hay unos cuantos franceses, un alemán, creo, y un tipo que limpia y arregla cosas que se pasea por la casa igual que un maestro de artes marciales. Su sonrisa es calmada pero parece realmente sincera.  En total somos diez. Siempre hay gente en la casa pero da igual porque nuestra habitación está en un extremo, tras otro patio interior generalmente vacío, después de un descansillo particular. Así que nunca se oye nada en nuestra habitación, que es, por cierto, enorme.



Así que aquí estamos, viviendo el sueño del viajero y trabajando a la vez, que es, por cierto, la única manera de vivir un sueño así. A veces no se trata de que uno se sabotee la vida a si mismo de forma más o menos inconsciente. Es, simplemente,  que no había aparecido la posibilidad.

Aquí se respira una energía creativa sin igual.

Sería idiota si no la aprovechara.


Voy a robar unas cuantas voces.





*¿Que diantres es un gedeón?

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lunes, 31 de agosto de 2015

CONSPIRACIÓN EN SANTA BÁRBARA CENTRAL (III)

El misterio ha sido resuelto: la casera es imbécil perdida. Fin del misterio. Pero, como en las mejores historias, la cosa ha dado un giro inesperado al final.
La fundadora y presidenta del Club de Señoras Mayores Y Ubicuas Dispuestas A Morir Antes Que Ser Amables y A Aparecer De Entre Las Sombras A Las Dos De La Mañana Para Ver Si Te Mueres Del Susto nos dijo el viernes que teníamos que largarnos el domingo. Resulta que como nosotros no teníamos decidido que hacer, si quedarnos en esa casa epicentro del mal, aunque barata y cómoda, o irnos, ella ha decidido por nosotros. La ha alquilado estando nosotros dentro. Muuuuy bien. Cojonudo. Así se hace. Porque paso de conflictos que si no me encadeno a su sobaco, con tal de no irme.
Positivismo: una forma de vida. 


En realidad, es una buena noticia después de enterarnos de que mis sospechas era ciertas. A parte de ser más amargante que un zumo de césped, es una mentirosa patológica. Mintió a su hijo (el operativo, no el desgraciado que no sabía como se hacía un hervido) para echar a nuestros amigos diciéndole que la habían amenazo con un arma. Es de locos. Yo estaba en mi habitación y empecé a oír gritos. Estaban discutiendo la pareja y la casera, también conocida como Baal, Beelzebú, Azazel, Balaam, Satán, Satanás, Lucifer, el adversario, el trolas, la bestia, o doña María, pero creí que era su tono de siempre para indicar que no dejáramos migas en la cocina, no vaya a tener que trabajar un poco, como si estuviera cobrando unos 10.000.000 de pesos al mes, que es, peso arriba, peso abajo, lo que gana de tener un hotel en la sombra. Menuda zorra, joder. Lo siento, pero es así. Vale que tengamos que mantener una limpieza en las zonas comunes, cosa que hacemos (menuda es Carla para eso), pero es que la tipeja quiere cobrar y no tener ni una obligación.  Hay dos tenedores en toda la casa, una nevera pequeña y un sinfín de historias que no deberían ser así. Si cobras una media de 300 euros por habitación y somos catorce inquilinos,  TE ESTÁS FORRANDO, así que tienes que tener ciertas responsabilidades y saber que alguna cosa mala tiene que tener el negocio. Ella no. NO COMPRA NI UN PUTO TENEDOR. Ella sólo quiere cobrar y desparramar su energía negra del inframundo por doquier.  ¿Por dónde iba? Ah si, decía que creía oír uno de sus negros discursos en torno a una miga sin recoger, pero no, estaba echando de la casa a mis amigos. En el momento. Y claro,  se mosquearon un poquillo. Más que nada porque la casera parece que desayune megáfonos y si está enfadada en ese momento (lo que es probable al 99%) parece un orco mal follado. Lo cual pone nervioso a cualquiera. De hecho, el budismo no existiría si en su día esa señora se hubiera encontrado con Siddharta Gautama. En circunstancias normales un santo tendría ganas de abrirle la cabeza.
Total, no sólo impidió que ensayáramos dentro de casa, sino que nos cortó los ensayos, así, en general.  Es lo que pasa cuando alguien se traslada a vivir más lejos que la Voyager I. Quise hacer una foto a la señora, o lo que demonios sea, antes de despedirme, pero deseché la idea, temeroso de joder la cámara o, lo que es peor, descubrir que no aparece en ningún soporte de grabación de imágenes.
No estoy yo para cazar seres del ultramundo.
Antes de que se me olvide: Alguien tiene que sacar ya un programa para que los músicos puedan ensayar en tiempo real en lugares distintos. Se forra.
Pero no todo son malas noticias. Gracias a la señora María  hemos venido a vivir unos días, hasta que consigamos algo estable, a un hostal a la candelaria, el barrio bohemio de la ciudad y epicentro cultural de toda latinoamérica.  Hemos tenido, además, la suerte de llegar justo cuando se celebraba un festival internacional de teatro de calle. Marionetas, circo, malabares, danza... de todo. Gente por la calle formando corros para ver las diversas actuaciones, cientos de olores de cientos de puestos de comida y bebida, grupos alternativos al festival haciendo sus historias punkis. En fin, una delicia. Este barrio es la leche. Ya no sólo es la arquitectura, casas bajas coloniales con balcones de maderas nobles, o las vistas al cerro atravesado por la niebla. Es la gente. No sé con cuantas personas he hablado ya de mil cosas distintas.



Raperos improvisando en esquinas, violonchelistas en calles estrechas y empedradas. Vendedores de humo dispuestos a cazar al turista incauto.
INCISO
 El único pero son los vagabundos, aunque no hay tantos en la candelaria, hasta llegar al barrio tienes que pasar por el centro, un lugar atestado de ellos. No por nada, no son agresivos, pero dan mal rollo. De verdad. No es como el vagabundo en España, borrachete y sucio que puede llegar a hacerte pensar un rato sobre lo mal que está el mundo y bla, bla, bla. Es otra cosa. La verdad es que no sé como explicar lo que se siente cuando se ve a gente así.  Los vagabundos de Bogotá son los seres humanos en peor estado que he visto nunca, en todos mis viajes, India incluida. Deben de tener todos un sistema inmunoilógico brutal. Porque no es lógico que sobrevivan a tanta mierda como llevan encima. No recuerdo un sitio en el que haya personas que puedan llegar a tal nivel de degradación sin morir.  Ayer, mientras esperábamos un bus en la 19, un ser humano decrépito se bajó los pantalones y se puso a defecar en una mediana, entre dos calzadas de cuatro carriles, impasible, ajeno a todo sentimiento de vergüenza. Cuando terminó se subió los pantalones y ale, a seguir con lo que estuviera haciendo.
FIN DEL INCISO.
Volvamos a la candelaria, que es más rechévere.
Probamos, mientras veíamos a unas personas bailar con zancos, la chicha: una bebida alcohólica resultante de la fermentación del maíz que tiene un sabor como de cerveza dulce. Lástima que vimos sólo la última parte del festival, porque tenía ganas de seguir bebiendo chicha y alcanzar la dicha, pero era la última actuación del festival y además, domingo noche. Así que había que llevar las emociones al hostal y saborearlas, cosas que está muy bien también, oye.

El hostal Fátima es el típico hostal de mochileros, lleno de paredes con publicidad de viajes de aventura, garitos varios, y clases de yoga



El edificio tiene dos grandes patios interiores llenos de plantas y gente en chanclas descansando.



Unos escriben en sus libros de viaje, otros conversan con un cigarro en la mano. El sitio es un crisol de nacionalidades. Anoche, mientras hacíamos la cena en la cocina comunitaria, estuve hablando un rato con una chica de Israel y cuando le conté que había sido conductor de una furgoneta en la que viajaban los Balcan Beat Box no se lo podía creer. Era una fan acérrima. Es eso lo que me gusta de los hostales. Son un vivero de nuevas amistades. Y de información acerca del país donde te encuentres. Si tienen desayuno incluido en el precio y tienes vista y un poco de jeta, puedes sacar comida para el resto del día. No todos los días, claro. Pero hoy, por ejemplo, no pienso gastarme un peso en comida. He cogido fruta para dos destacamentos del ejército de piñas, cuatro sanduches (sandwich en colombiano) y siete u ocho raciones de mantequilla y mermelada. Con eso, en caso de que no tuviera pasta, paso el día.  Trucos del viajero sin dinero, que pasa.




Nuestra habitación súper cuca chachi piruli. (17 leuros, dos personas. Un potosí, eso sí).


¿Y que pasó al final de la tarde? ¿Que pasó un momento antes de volver al hostal? Pues que apareció el músico cuyo arte escuché en el transmilenio. Quien siga el blog, sabe de qué hablo.
Y es raro, porque, insisto, esta ciudad tiene entre ocho y doce millones de habitantes. Ese hombre ha hecho que esté escribiendo un relato acerca de la envidia, ha hecho que pase horas escribiendo sobre él, pensando en él. Y él no tiene ni puta idea. Pensé en hacerme una foto para que la vierais, pero hubiera roto el misterio. En lugar de eso grabé un vídeo. Es por la noche y en Bogotá no tienen la obsesión freudiana de Rita con las farolas, así que la calidad del vídeo es bastante pobre. Aún así se puede oír como canta.

Señoras y señores, con todos ustedes, la voz de Bogotá cantando una cumbia. (Pido disculpas por la chica de las palmas a la que habría que matar o regalar una clase básica de percusión).


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martes, 25 de agosto de 2015

¡ESTRENADAS!


CONSPIRACIÓN EN SANTA BÁRBARA CENTRAL. CAPÍTULO II.

El otro día dije que iba a investigar sobre quién o quienes se habían quejado acerca de mis ensayos, consiguiendo el veto de estos en la casa. He estado atando cabos. Averiguar no he averiguado una mierda, pero ahora sé hacer unos nudos cojonudos. Vale, es un chiste-delito, pero estoy innovando en este género tan de moda que es el género negro y he querido rebajar la tensión antes de que apareciera. Nadie lo ha hecho todavía, que yo sepa. Hay que luchar por salir de frases echas y lugares comunes, que luego nos pilla el toro y no hay mal que por bien no venga.

Ahora en serio. He aquí un fragmento de mi diario, con unos procedimientos deductivos asombrosos.

                                                           La casa y su ominosa entrada.

22/08/2015 

He estado hablando con los habitantes de la casa y he averiguado algunas cosas. Por ejemplo, todos trabajan a la hora que yo ensayo, excepto cuatro personas. 
Seis personas viven en el piso de arriba, así que pasan a ser directamente sospechosas. Puede que, de esas seis, alguien no fuera a trabajar el día que alcanzamos aquellas maravillosas armonías suahilis a 180 decibelios. Tendré que investigar este punto.
Cinco personas viven en el piso de abajo, aunque en una ala de la casa bastante alejada. Una de ellas es una rancia, así que pasa a ser también directamente sospechosa. Por rancia. A los rancios les molesta la música, incluso bajita. Sospechosa. 

¿Mi colega el músico? Descartado. De hecho, me está ayudando con la investigación. Su novia, imposible, me cae muy bien, así que descartada. Directamente.

El hijo de la casera y su novia tienen que estar sangrando por los oídos ahora mismo por como ponen el techno, así que, en principio, los descarto también. Por otra parte, él es un mimado consentido que no me extrañaría que hubiera dicho: ¡Mamaaaaaa! ¡La guitarraaaaa! ¡Que se acabe! ¡Quiero que se acabe ya, jopetas! Pero están en la otra punta de la casa, en otro piso y se encierra en su mundo de sonido sin igual.  Así que...¿Sospechoso? No lo creo. ¿Inocente? Nunca completamente. Lo dejaré en la columna de tontainas y ya está. 

Joder. Es muy fácil ser detective. Sigamos.

Mi vecino, el del cuarto de al lado, el tipo que cantaría en la ducha aunque saliera ácido sulfúrico  hirviendo de la alcachofa, se ha quedado sin curro y se está levantando tarde. Yo empezaba a las diez a ensayar. Le oigo hasta los pedos a través de las paredes. No es muy difícil suponer que a la inversa suceda algo parecido con la música. Puede que se haya quejado él. Pero sólo puede. En el fondo me da buen karma, por como saluda y una conversación que tuvimos al principio. Además,lo escuché vomitar un domingo de mañaneo, cosa que lo convierte en alguien normal y, seguramente, amante de la música. Como se suele decir, un sonido que inspira confianza. Así que no sé. No creo que fuera él.
En cambio, he averiguado que la casera es una mentirosilla. A parte de transmitir una energía que va mustiando las plantas por donde pasa, la señora es un poco trolas.  Me manda mensajes con contenido altamente verificable, como supuestas reglas de la casa que jamás han existido hasta que yo llegué. 
Torpe mentirosa. Hay que ser inteligente para ser un supervillano.  Además, me ha dicho que a ella no le molesta el ensayo, que se han QUEJADO TODOS y ella es, simplemente, una mensajera. Conociéndola como la voy conociendo, a mi eso me huele a chamusquina. Me huele muy mal. A culo de nutria, me huele.  Yo diría que le molesto a ella sola y le echa la culpa a los demás que, o están trabajando cuando ensayo, o en el ala oeste de esta casa tan negra.  Incluso  podría haber ido extendiendo la sombra de la discordia entre los habitantes para ponerlos en nuestra contra.  Me miran raro y sólo saludan cuando no tienen escapatoria. ¿Paranoico? Puede, pero ser paranoico no significa que no te estén mirando mal. 
También puede que cante fatal, de cárcel, y las canciones sean  horribles y que toque la guitarra como lo haría una mezcla de Freddy Krueguer y Eduardo Manostijeras, pero entonces un músico profesional como es mi socio en esta investigación no insistiría en ensayar y tocar por ahí cuanto antes. Además, yo molo (disculpad, hay que creérselo) mil.  Cantando soy una mezcla entre Jeff Buckley resfriado y un cagallón humeante de cinco kilos. Y por fin estoy aprendiendo a valorar la mezcla como se merece. 
Ahora me falta por investigar al matrimonio mayor colombiano y a otro colombiano tan solitario y silencioso que si no lo estoy viendo en tiempo real se me olvida. 



Posdata: Tengo miedo. Hoy he decidido grabar con cámara oculta algunos comportamientos de los habitantes de la casa. Quiero ver si, analizando las imágenes a posteriori, saco algunas conclusiones. Espero que no me descubran.



¡¡Colabora con la investigación!!




lunes, 24 de agosto de 2015

EXPLORADORES MÍTICOS DE LA HISTORIA. SIR ERNEST SHAKELTON. (II)

Shakelton decidió embarcar comida para cuatro semanas, consciente de que si no habían llegado a tierra firme en ese tiempo, el barco se habría perdido.
El viento les era favorable pero el mar estaba siendo un campo de batalla. Mar gruesa todo el tiempo. Agua glaciar. Nada de instrumentos digitales de navegación. Tan sólo un sextante metálico, salpicado de agua salada, cuyas partes móviles se encontraban permanentemente congeladas. Eso y las estrellas apareciendo y desapareciendo tras montañas de agua furiosas y cambiantes que  entraban en la barca sin permiso y sin piedad alguna, para congelarse en los ropajes y en la madera crujiente. Tratad de imaginarlo. La barca guiada por un navegante en las condiciones más extremas, con temperaturas de hasta treinta grados bajo cero. El cinco de mayo un vendaval del noreste casi destruye por completo la barca. Shakelton describiría después las olas como "las olas mayores que había visto en veintiséis años en la mar".  Después de catorce días luchando contra los elementos y gracias a la navegación de Worsley, los héroes que viajaban en aquel barco divisaron Georgia del Sur estando ya al límite de su resistencia.  Pues bien, aún tuvieron que luchar dos días contra un huracán hasta que pudieron llegar a la bahía del Rey Haakon


-¡Os lo dije! ¡Una vegetación exuberante! Worsley, ¡Prepare una ensalada!


Tras unos días de merecido descanso, Shakelton decidió realizar una travesía para llegar hasta las zonas balleneras, donde había asentamientos humanos.  Así que nada, tras pasar un año entero en brazos de una diosa Fortuna bastante cabreada que no los mató de milagro, como guinda del pastel, tuvieron que pegarse un pateo de treinta y seis horas a decenas de grados bajo cero, por terrenos escarpados, teniendo que subir desniveles de mil metros e, incluso, descender por una cascada helada, que, como todo el mundo sabe, es una actividad de lo más segura cuando llevas meses desnutrido y tienes los dedos de las manos congelados.  Eran tres. Supongo que tres de las personas más cabezotas de la historia de la humanidad.  Me imagino un diálogo entre ellos, en las horas más oscuras, cuando la ventisca les impidiera ver más allá de unos pocos pasos y la noche austral amenazara con tragarlos para siempre. 

-Señor Worsley- dijo Shakelton mientras pequeños cristales de hielo atravesaban la piel cercana a sus ojos, cortándola y quemándola al mismo tiempo- Parece que hoy hace mejor día.  ¡Es casi como una mañana de julio en Hyde Park!

-Cierto, señor.  Es más, el oso muerto por congelación que hay a dos metros a su derecha parece que esté de picnic, señor.  ¿Que dice usted McNish? ¿McNish? ¡McNish! Señor,  McNish está bastante rígido. 

-Tanto mejor, ¡Haremos un trineo con el escocés!

-Buena idea aunque, señor, eso de ahí es una cascada helada.

-¿Y qué Worsley?  ¿Nuestra patria está en guerra contra medio mundo y usted se queja de una cascada helada?

-No, señor. Sólo digo que hacer un trineo con McNish  quizá no sea del todo útil.

-Tonterías, bajaremos dando un rodeo. 

-Señor, serán tres días. 

-Pues entonces haremos crampones con sus uñas y descenderemos por la cascada. McNish siempre ha interpretado a su manera las reglas de la higiene. 

-Decía que le daba pena cortárselas, señor. 

-¿En serio, Worsley? ¿Pena?

-Si, señor, decía que eran uñas británicas. 

-Oh, mi querido amigo, he aquí un verdadero patriota- dijo pasándole una pequeña sierra y señalando los tobillos de McNish- Proceda. 


El veinte de mayo escucharon el silbato de una estación ballenera siendo el primer sonido hecho por el hombre que no fuera de su tripulación que oían en más de dos años.
Lo primero que hizo Shakelton cuando llegó a la base fue pedir que los compañeros de la barca fueran rescatados y ese mismo día los seis tripulantes estaban en lugar seguro. Pero había un rescate más apremiante todavía. Los marineros que habían quedado en isla Elefante, con los otros dos botes a modo de refugio. Todavía tardarían cuatro intentos en barco y otros tantos meses en rescatarlos. Allí pasarían el invierno polar veinte personas con sus rencillas y su ánimo devastado, a merced de las trampas de ese mundo brutal y de sus mentes, cada vez más frágiles.

Este es el único documental con imagen real decente que he encontrado.





¡Colabora!

domingo, 23 de agosto de 2015

CONSPIRACIÓN EN SANTA BÁRBARA CENTRAL

Hay una conspiración en marcha en Santa Bárbara Central. Me dí cuenta hace unos días. Voy a ir rescatando fragmentos de mi diario privado para ver si descubro alguna pista que me ayude a esclarecer los hechos.

16-08-2015

He conocido a Andrés Caycedo. Es un guitarrista excepcional al que le gustan algunas canciones mías. Hemos quedado en ensayar todos los días de diez a doce de la mañana, para no molestar al resto de inquilinos de esta extraña mansión victoriana.  Su novia se llama Lina y es un sol, amable y tranquila. 


Pero los demás...Hay unos cuantos y a cada cual más rarito. 


Está el francés, Antuan,  poco hablador, de pelo largo y ondulado, como un playboy setentero. Vive en una habitación exageradamente ordenada con jardín interior. Al pie de la cama ha hecho una estructura de cajas de cartón que cubre con una manta para que no veamos lo que hay debajo. Esfuerzo inútil, cada vez que paso por su puerta entreabierta me demoro más de lo necesario para echar un vistazo. No hay que fiarse de los franceses. Inventaron el perfume. ¿Que habrá dentro de esas cajas? No sé si quiero averiguarlo. 

El economista, colombiano, con voz de gigante al que le acaba de tocar el euromillón, joven, guapo y fuerte. Siempre yendo y viniendo con su bici. Es vecino nuestro, pared con pared, baño con baño, y podemos oírle muchas veces a las cinco de la mañana, cantando en la maldita ducha. Abre las puertas y entra en las diferentes estancias de la casa como si fuera un tornado epiléptico.

Está la venezolana, morena, cara regordeta, siempre viendo debates en la tele mal sintonizada de la cocina. Quizá se salva en cuanto a rarezas, se le ve más normalita. Aunque la casa le está cambiando y creo que pronto estará alineada con las oscuras fuerzas que la habitan. La otra vez la vi mirando de soslayo como hacía yo una tortilla, expectante, espiando a ver si recogía las migas. 

El mexicano. Este hombre va a conseguir que me de un infarto. Cada vez que me saluda una alegre y supervital energía de 80.000w de potencia sale de su garganta dejándome  desconcertado como a un gorrión al que le hubieran pitado una bocina del fútbol en el oído. Su voz es una fiesta de motosierras muy bien afinadas. Tiene una hija pequeña con mochila Disney incluída. ¿Que hay detrás de tanta demoledora energía vital? 

Luego está la pareja mayor colombiana, afables, simpáticos, conversadores y para nada molestos. ¿Qué estarán escondiendo? El hombre tiene una especie de brillante calvicie que no le impide que mechones independientes le nazcan a la altura de las orejas por toda la parte de atrás de la cabeza. Tiene un rostro que me recuerda a Anthony Hopkins. Mirada azul profunda... y un poco inquietante. El otro día me pidió un poco de leche y casi le doy la leche, un pollo, un helado Haagen Dazs y diez mil pesos que tenía en el bolsillo.

A su mujer la he visto en la cocina vistiendo un camisón blanco último modelo (en el XIX) y peinándose una larga melena castaña recogida en una gran coleta. Siempre sonriendo, siempre movíéndose despacio. Inquietante y tranquilizadora a partes iguales, creo que varía según el ángulo desde el que la mires. 

Está el hijo de la casera, calvo, regordete y con la actitud de los habitantes de la nave de Wall-e. Sólo le falta una silla voladora. Mamá tráeme esto, mamá tráeme lo otro. ¡Mamaaaaa! Tiene unos treinta años, afición por la electrónica a volúmenes dantescos y una novia con la que hace tan buena pareja como la mayonesa con la arena de playa. Es pequeña, rubia, guapa y habla como una ardilla hasta las orejas de speed: un poco raro. 

Y nuestra archienemiga. La casera. Una sombra siempre presente en cualquier rincón de la casa. Siempre está ahí, aunque se haya ido a trabajar.  Creo que tiene el don de la ubicuidad. Si salgo a la calle y me giro, siempre la veo detrás de una cortina que vuelve a su sitio en el último momento. A veces no me doy cuenta de que está en la mesa de la cocina hasta que vuelvo a cerrar la puerta de la nevera y la veo. Otras, oigo sus pasos en la tarima de madera del piso de arriba, haciéndola crujir, despacio, aquí y allá, como si en realidad no fuera a ninguna parte. Yo creo que echa papas y luego las pisa para ponerme de los nervios.


Estos son los inquilinos en la mansión Santa Bárbara Central. Ha habido una conspiración y un asesinato: mi guitarra. Ya no podemos ensayar más aquí y voy a averiguar quien ha sido. Quien se ha chivado a ese lugarteniente de Belcebú que es la casera en lugar de pedirme amablemente que dejara de dar por el saco con la guitarrita. 

Lo averiguaré. 

La investigación está en marcha.