domingo, 26 de julio de 2015

¡¡¡PIÑATAS, PIÑATAS!!!

Imagina un lugar laberíntico atestado de gente vendiendo cosas absurdas como serpentinas, sombreros de fiesta y cosas así. Pero no en plan Dolce and Gabbana, sino, más bien, como una tienda de artículos de broma atendida por un sepulturero yonki.
Luego llénalo de cientos de cables eléctricos cruzándose, enredados, destrozando el cielo. Añade también un halo de decadencia basado en fachadas grises y sucias, amenazantes, llenas de ventanas rotas e incluso, a veces, tapiadas. Echa a la receta mental un cantidad absurda de imaginería  cristiana nada sutil. Me refiero a cuadros de Jesús en tres dimensiones y cosas así, campando a sus anchas, por doquier. Llénalo todo con decenas de personas 
micrófono en mano intentando vender su mercancía al son de melodías electrolatinas (solo escribir esa palabra hace que me tiemble el pulso) o, casi peor, de música pop colombiana, de esa que ponemos en grupos de face absurdos para ver hasta donde puede llegar el género humano en cuestión de gusto musical. Si te apetece mete un par de llamas, esos entrañables mamíferos lanudos, en la ecuación.
Enhorabuena, está en la parte (norte, sur, oriente u occidente, todavía no me aclaro) de La Candelaria.
Es un lugar horrendo y fascinante a la vez. Me encantó estar ahí. Supongo que es porque de niño quería ser astronauta y, evidentemente, estábamos en otro planeta.

-¡¡PIÑATAS!!, ¡¡PIÑATAS!! ¡¡TODO PARA SU FIESTA!!

-¿Piñatas?- pensamos.-¿Cómo que piñatas?  ¿Todo un barrio, o una zona de un barrio, dedicada a la venta de piñatas? ¿Decenas o cientos de tiendas dedicadas a vender piñatas? ¿No se dan cuenta de que así no?

Y el caso es que si están ahí es por algo. Esta ciudad es tan grande que si se te ocurre otro producto para vender, no sé, más vendible, seguro que ya hay una zona dedicada a él.

Estamos en La Candelaria, sí, pero en una zona oscura y chunga, triste, la que rodea la plaza Simón Bolívar. No lo sabíamos, creíamos que era todo, pero resulta que hay una zona de La Candelaria más rechévere, en la parte alta, llena de artisteo y universidades. Nosotros estábamos en la zona más tirando a Faluya. Y es que aquí cada barrio es una ciudad y puede que te pases un día entero viendo medio barrio, como mucho. No os preocupéis por la seguridad: estaba lleno de policías y era de día. Además, no estuvimos mucho rato y si veíamos una calle con aspecto amenazante dábamos la vuelta. De hecho, nos encontramos con una gente de la casa de telefonía móvil a la que pertenecemos y nos ayudaron un montón con el tema de nuestras tarjetas sim que no conseguíamos hacer funcionar. Uno de ellos, por cierto, estaba la mar de contento viéndonos allí en medio. Parecía un niño en el Zoo. No paraba de reírse el cabronazo, pero me cayó bien porque era una risa abierta, no hacía nada por ocultarla y la compartía con nosotros también, no sólo con sus colegas.
Comimos cerca de allí en un restaurante colombiano, lo que podría parecer una obviedad, no va a ser ruso, pero es que hay mucha hamburguesería y pollo frito tipo Kentucky.



Mi primera inmersión culinaria real. Bandeja paisa: frijoles, yuca, aguacate, plátano frito, panzeta, huevo, arroz, chorizos y algo parecido a carne deshilachada. La cara es por la cantidad.  (Y un poco por la carne deshilachada).

Después de comer fuimos a la plaza que resulta que es el mayor refugio para palomas de todo el universo. A mi nunca me había dado asquete las palomas, pero me dio por darles de comer (uno tiene que regresar a la infancia siempre que pueda que sino se olvida) y no veas. Mas rápido que inmediatamente, cientos de palomas querían llevarse a Javito volando, o quizá arrancarme las orejas, o los ojos, o algo algo peor, si es que eso es posible. La palabra que mejor lo describe es arrrrrg.

                                    Fijaros en la risa. ¿Quien coño se ríe apretando los dientes? Muy bien. Alguien asqueado.



                                     
Mirad el ataque furtivo por la espalda.Eso sin contar que estaba rodeado. Mucho. Muy rodeado.



                                                        A tomar por culo las palomas. 


Fue un momento hilarante y pleno, la verdad. Aunque la risa no dejó de tener tintes nerviosos, estuvimos encanados largo rato, exactamente igual que niños de cinco años.
Después de eso nos subimos al taxi del afán, muy crack el conductor, que nos llevó por la circunvalar (aquí se llama así) a velocidad terminal. Lo que significa que cuando había un espacio libre en la carretera de, por lo menos, cinco metros, era capaz de ponerlo a ciento viente. El muy notas. No sé si quería hacerse el machito o qué. (Van a ver estos turistas como nos las gastamos en Bogotá). El peor taxi hasta ahora, sin duda. De hecho, el único malo.
Llegamos sanos y salvos a casa. Eso es lo importante. 

Ayer no pasó nada en especial, ya que lo dedicamos a buscar piso, excepto un par de cosas que tengo que señalar.

GRÉGORY.

Grégory, pobrecico, era un estadounidense que llevaba trece meses aquí, en Bogotá. Era el marido de una señora cuya abuela era colombiana y por alguna extraña razón, vivía en esta ciudad.  Alquilaba una habitación en su casa, ubicada en uno de esos edificios amarillos que se alzan solos en mitad de una zona devastada. Esa es la palabra. No se me ocurre otra. No es que pasara nada en concreto allí. Pero si la fealdad tuviera otro nombre sería el de ese edificio y alrededores. Oh, Dios mío. Yo miraba aquél lugar intentando poner cara divertida para ayudar a Carla, pero era horrendo. Tan feo que daba la vuelta y se convertía, sino en algo bonito, sí, al menos, interesante. Se podría escribir un tratado antropológico acerca de las razones que llevan a un ser humano a vivir en semejante lugar. Seguramente el título sería, "Porque no me queda otra, gilipollas". Por otra parte,  quiero señalar que hay una cierta unidad estética en tanta fealdad. Si la buscas la encuentras y puede servir para muchas cosas a nivel creativo, pero eso es otra historia. No es que fuera sucio. No era más sucio que otros sitios que hemos visto. Es que era triste y feo y gris y desolado y horrible y decadente y caduco y decrépito y degenerado y arruinado y vencido.  Imaginaros la cara del americano (pelirrojo de ojos claros, con este tipo de gorras chatas que llevan, sobre todo, los pelirrojos de ojos claros) de Miami concretamente, al intentar alquilarnos la habitación. Miami: sol y playa.  ¿Entendéis lo que quiero decir?
Su boca nos hablaba de precios, de las buenas comunicaciones, de las vistas (impresionantes, ciertamente, era un piso alto) pero sus ojos estaban diciendo: ¡Corred, insensatos! ¡No se os ocurra vivir aquí! ¡Tengo un láser apuntándome en la nuca! ¡Me obligan a hacer esto!
De hecho no pude resistirme y (perdonad mi inglés) le dije: 

-Shit man, this is fucking ugly.

-Oh man-me contesto resoplando, como aliviado por no tener que seguir con la farsa- sure, i know.  This is the worst city in Colombia. Everything is ugly, even the rich part.

Yo me refería a tu fucking casa y sus fuckings alrededores, pero, qué demonios, tiene razón. Esta ciudad es, en general, un agujero.
¿Por qué demonios estoy tan contento entonces? Creo que porque aquí viven millones de personas. De oportunidades. Son majos, todos los colombianos que nos hemos encontrado son buena gente. Me refiero con los que hemos tenido un poco de relación. Y, además,  la belleza, cuando se encuentra en mitad de un vertedero, es mucho más especial, importante e imponente.
Salimos de esa casa un tanto desanimados. Subimos a otro taxi camino a la siguiente dirección. El trayecto fue increíble. Sólo me jodió un poco mi propio bajón y ver la carita de Carla, luchando por mantenerse a flote. La verdad es que es la leche, Carla. Es dura como una roca.
El caso es que lo que veíamos encajaba perfectamente con nuestro estado de ánimo. Era como en el cine, que cuando todo va bien hay siempre un sol del carajo, pero en los entierros y en las películas de asesinos siempre está lloviendo. Depósitos de agua en azoteas negras, graffitis muriendo poco a poco, lisiados pidiendo en los semáforos, escaleras de incendio oxidadas, carteles de comercios agostados, polución. La leche, en realidad.
Por cierto, hablando de graffitis. Un día tengo que enseñároslos. Esta ciudad está consagrada al graffiti, están por todas partes y el nivel es épico. Nunca había visto algo así, ni siquiera en Nueva York.
Pero estoy divagando. Como decía,  íbamos en el taxi sumidos en una especie de bajón, pero cuando se viaja las cosas cambian realmente rápido y, cual fue nuestra sorpresa, que el taxi nos llevó a una casa EN FRENTE DE DONDE ESTAMOS AHORA VIVIENDO.
Lo pongo en mayúsculas porque Bogotá es una ciudad de doce millones de habitantes y mil quinientos kilómetros cuadrados. ¿Hola? Mil quinientos ochenta y siete kilómetros cuadrados, concretamente. Valencia tiene ciento cincuenta, para que os hagáis una idea.
Es una casa baja, como un chalet, intrincada, llena de pasillos, escaleras, patios interiores, recovecos y una gran señora muy simpática que se encarga de alquilar habitaciones. Está emplazada (la casa, no la señora) en una calle tranquila, ¡sin tráfico!, en una zona residencial y segura, con todos los servicios que quieras realmente cerca.
No os imagináis el alivio y la alegría que sentimos. Encima era mucho más barata que el cuchitril del pobre, pobre, Grégory. Nuestra habitación es enorme, con baño propio, como un pequeño estudio. Otra ventaja es que podemos alquilarla el tiempo que queramos. Si en un mes vemos algo mejor, cosa que dudo, o más cerca del trabajo de Carla, cosa bien fácil, hasta luego.

A eso me refería cuando hablaba de encontrar belleza en vertederos.

Bien. Son las seis y once de la mañana, domingo, y por primera vez desde que llegamos amanece soleado. Hoy vamos a visitar el barrio artístico de la ciudad, la parte alta de La Candelaria, a ver que onda. Seguiremos informando.

sábado, 25 de julio de 2015

MI HELADO OSCURO

He decidido que, después de un año sin escribir poesía, ya iba siendo hora de ponerse de nuevo. Es difícil explicar por qué paré, pero tiene que ver con mi helado oscuro. Aquí iré poniendo las que crea que merecen la pena. Voy con un par.

1.
Yo no sé de maridajes.
No sabía que el foie pegara con el moscatel.
Nunca acierto a adivinar el protocolo exacto de las cenas de Julio.
No se nada de la geometría del buen vivir.
Es más
pensaba que la etiqueta sólo cuelga en los dedos de los muertos.
Por eso (entre otras neuras) me cuesta entender la relación
entre una ensalada y el padre de mi novia.
Por eso siempre la lío y meto un brazo a destiempo tratando de ayudar.
Bien,

ahora descubro que esa es la definición de tensión estúpida.
Lo que si sé (no de memoria sino escarificado en mi adn por un demonio infinitesimal periodo) es que yo no nací para seguirle el juego al desdén que llevo dentro,
ni para explicar a los gatos la diferencia entre susto y suspense.
Lo que a mi me gusta es la luz entre las hojas
los libros sorpresa
las estructuras gélidas abandonadas.
¿Quien vivió allí?
Lo que si sé es buscar la suerte igual que un zahorí en Las Vegas y
leer la espuma de todos los líquidos.
(Pero no me preguntes que pega con el foie)


2.

En Bogotá la diferencia es abismal
sobre todo entre el sol y la sombra
pero también
entre etnias y fachadas
el norte y el sur
la sonrisa y los dientes.
De verdad
no sé que tienen los mastodontes
que atraen por igual a ejecutivos y cervatos
a obreros que no hacen otra cosa que ampliar laberintos.
Esto es serio:
Ayer vi uno tratando de dormir entregado al olvido.


DE CANCILLERÍAS Y BIBLIAS


-¿Tiene usted afán?
-¿Perdón?
-Que si tiene afán. Por tomar la circunvalar.

Estamos en un taxi en medio de un caos inenarrable y el taxista me pregunta que si tengo afán. Conversaba con Carla, así que la pregunta me asalta de improviso y con la guardia baja. ¿Afán? ¿Por? Bueno, hombre, me gustaría convertirme en un escritor remunerado. A veces compongo canciones con el deseo secreto de llenar estadios de fútbol. Pero ahora, en este preciso instante, en su taxi, no siento afán por nada. Que si tiene afán. Por tomar la circunvalar.  Circunvalar...Circunvalar...Afán... Mmmmmm. ¡Eureka! Nos está preguntando que si tenemos prisa, que si queremos cruzar Bogotá por dentro o tomar una circunvalación. Así parece sencillo. Pero todo este proceso mental duró apenas un par de segundos. ¡Circunvalar, Circunvalar! dijimos. Nada, medio trompo y sensación Vamos A Morir para coger el desvío y arreglado.

Vaya día, el de ayer.

MAÑANAS BLOGUERAS.

Resulta que me levanto todos los días a las cuatro de la mañana. Estoy tan hecho polvo cuando llego a casa, que a las ocho estoy frito. Aunque puede que tenga que ver el hecho que aquí es de noche a las seis. Pero es genial, porque así tengo unas horas de silencio ininterrumpido y el cerebro accesible, descontaminado. Como ahora.
                                   La vista desde mi ventana, con las montañas al fondo, ayer a las cinco.

 LA CANCILLERÍA
Ayer, lo primero que hicimos fue ir a que Carla se sacara la cédula de extranjería a la cancillería de asuntos migratorios. Le habían dado cita a las diez así que, como unos jubilados cualquiera, llegamos a las ocho y media. Vaya tela. Colmena. Hormiguero. Metro de Tokio. La peli esta de Charlton Heston en la que cogen a la peña con excavadoras de las calles porque hay sobrepoblación. En ese plan. Había tanta gente que los guardias de seguridad de la entrada me impidieron (comprensiblemente) entrar.  Mi secreta alegría fue muy inferior a la mirada de pesadumbre mezclada con asombro de Carla.  Pero, que quieres que te diga, la vida es así. No me dejan entrar. Quedamos en un par de horas en la puerta. Me voy mientras tanto de exploración. ¿Te parece? En realidad no te queda otra. Genial.
La exploración fue bastante sosa. Estaba en zona de dinero, muy europea, así que no hay mucho que contar. Starbucks, Holliday Inn, centros comerciales, Pizza Huts y todo al lado de carritos de jugos, de dulces, de tortas de maíz rellenas de tortillas rellenas, a su vez, de queso y algún tipo de fiambre indeterminado. ¿Adivináis? Exacto, ponme una tortilla. ¿Precio? 2.800 pesos. Un eurito con dos céntimos.
No sé que hacemos en España con los huevos de gallina, pero Bogotá es una ciudad inmensa de doce millones de habitantes y los huevos saben a los que me hacía mi madre allá en el pleistoceno. A gloria. Me llena la boca de sabor y la cabeza de recuerdos, sabe a... A huevo, qué leches. No es fácil de explicar. La mejor manera es recurrir a la infancia.
Deambulo una hora larga, cambio euros, me fijo en plantas desconocidas. Me llama especialmente la atención un árbol de pequeñas hojas grises danzarinas, o puede que sean azules,  que gradualmente se vuelven plateadas, o al revés. Serviría perfectamente para ambientar una escena en una película de temática fantástica.
Después de un rato deambulando voy a la cancillería de nuevo. No hay señales de Carla pero no importa, he llegado media hora antes de lo previsto. Me pongo a releer Wendy, de Martha Asunción Alonso, un libro de poesía que me regaló mi amiga Ester, que ha resultado ser delicioso.
Pasa media hora. Ejem. Pasa otra media hora. Ejem, ejem, cof, cof. Pasa una hora más. Vale. Esperar es lo que peor se me da del mundo, y mira que se me dan mal cosas. Pues esperar lo que más. ¿Y si Carla terminó el trámite nada más entrar? No es posible que tarden tanto. Pero hay mucha gente. Aún así no es posible, son ya tres horas. Recuerdo las palabras de la madre de Carla. "Javier, (Javier, no Javi) cuida de mi hija". Vale, no te rayes. Deja de pensar cosas chungas. Te estás rayando. Me asomo a la entrada. No está  y en el vestíbulo apenas hay nadie. Mierda. No tenemos móviles. Mierda, mierda. Javi, joder, ya estás comiéndote la cabeza Te ordeno que no te rayes. Lee un poco. Está dentro. Seguro. De acuerdo. Me pongo con Algún día volveré, de Juan Marsé. Ese tío escribe como si boxeara. Frases cortas. Diálogos precisos. Escribe la atmósfera de la posguerra en Barcelona como nadie. Descripciones brillantes como, por ejemplo, cara agarbanzada. Ojalá se me hubiera ocurrido a mi. Pero no me meto en la novela. Carla. ¿Se habrá ido? No. Ella no haría eso. A lo mejor ha cogido un taxi y me está esperando en casa. Es lo único que se me ocur...

-Hello. Do you speak english?

La interrupción es brusca, tanto que es mejor llamarla intrusión. Son dos chicas, una gorda,  mas bien feota, con gafas de culo de vaso estilo transición española y unos dientes huyendo unos de otros en todas las direcciones. Quieren escapar de esa boca, está muy claro. Va vestida como con un uniforme del Guadalaviar o Esclavas del Sagrado Corazón, pero sin ser uniforme. Es así de marcial, la pobre.  La otra no está mal aunque no lo puedo saber a ciencia cierta porque lleva unas grandes gafas de sol. Tiene un bonito pelo largo y negro, muy liso, con el que no para de jugar y una cara ancha que alberga unos labios finos pintados de rosa. Algo me llama la atención. No, no, no, no, joder, ahora no. Y es que lleva en su mano un arma de destrucción masiva : una biblia.
-Do you speak english?-vuelve a decir.
-A little-contesto- but very bad. I was living in England long time ago.
¿Demasiada información? Puede. Es un defecto de los Rodrigo.
-¿Español?
A los españoles nos delatan muchas cosas, pero la principal es el acento de mierda que tenemos hablando inglés.
-Ajá.
-Está bien, rechévere. Mira es que estamos aquí para hablar de la biblia y...
-Gracias-le interrumpo- no quiero ser descortés, pero soy ateo.
-No importa, no hace falta creer en Dios para estudiar la biblia.
Jummmm, buena esquiva. No tengo nada mejor que hacer, así que me pongo en guardia y le doy bola.
-¿Ah no?
Lo que siguió a continuación fue una animada charla de unos cuarenta y cinco minutos sobre un montón de gilipolleces. La chica iba del argumento lógico al absurdo más esperpéntico con una gracia y agilidad encomiables. Era evidente que tonta no era. Y ese es uno de los misterios que envuelven a un creyente inteligente. La chica del uniforme y el masclet en la boca no dijo ni pío en los cuarenta y cinco minutos.
 Total, que le dejé hacer hasta cierto punto. Se fue contenta y un poco (o eso espero) desconcertada. Es lo que tiene no poder contestar preguntas que ni siquiera te habías formulado. No es por vacilar, pero la vi vacilar.  Ahora que pienso no somos tan diferentes. Los dos estuvimos haciendo proselitismo de nuestra verdad. La diferencia es que ella siguió, fue a por más incautos desprevenidos, y yo seguí leyendo a Juan Marsé.
A todo esto, Carla seguía sin aparecer, así que hice que un guardia de seguridad me acompañara dentro, muy amablemente, para ver si estaba. Efectivamente. Estaba. Alivio instantáneo.
Cuando terminamos el trámite decidimos ir a La Candelaria, que prometía ser algo así como el barrio del Carmen en Valencia, pero en Bogotá. Y nada más lejos, creedme.
Pero eso es otra historia. Me doy cuenta de que llevo dos horas escribiendo y que, aunque a mi me resulta divertido, leer tanto en una pantalla es un coñazo.  Mañana seguiré.  He aquí un avance fotográfico de lo que pasó y donde estuvimos.

                                     Una llama. Sólo faltaba una catapulta y ya tendríamos el lanzallamas. 



Rehabilitación Real Ya


Como el Carmen, como el Carmen...

                                                                   El callejón del mimbre.

                                                              ¿Dinero y espiritualidad? Henry Lankast, háztelo mirar. 

                                                                  Una ciudad alegre.

Muy, muy alegre.

Mi primera inmersión culinaria real. Bandeja paisa: frijoles, yuca, aguacate, plátano frito, panzeta, huevo, arroz, chorizos y algo parecido a carne deshilachada. La cara es por la cantidad.  (Y un poco por la carne deshilachada).

jueves, 23 de julio de 2015

EL VIAJE Y LA PRIMERA IMPRESIÓN

Escribo esta primera entrada entre brumas. Bruma en Bogotá, que baja de las montañas que rodean la ciudad por el norte como un edredón etéreo y bruma en mi cerebro, que no sabe dónde demonios han ido a parar todas mis horas de sueño.  Es una sensación extraña y maravillosa: cansancio feliz, tranquilo, expectante. (Aunque ahora, editando esto a las cuatro y cinco de la mañana, empieza a tocarme los cojones).
El viaje fue un suplicio, sobre todo a partir del final de un primer vuelo (ocho horas) durante el cual me tragué unas cuantas pelis y una comida que habría hecho palidecer de envidia al mismísimo Lucifer: era el mal hecho cátering. El vuelo había salido con hora y media de retraso así que tuvimos que unir al terrible hecho de pasar por los Estados Unidos la posibilidad de perder el siguiente avión. Terrible, porque los controles allí son interminables. Ya saben los que me conocen que la probabilidad de que un policía (o similar) de cualquier país del mundo se fije en mi en un control es de un 99,9%. En un aeropuerto, donde se es culpable hasta que no se demuestre lo contrario, la probabilidad tiende a infinito. Y claro, nos tuvieron que registrar detenidamente a pesar de que traté de explicarles que nuestro vuelo salía en diez minutos. Menos mal que soy una persona tranquila, nada dada a los aspavientos y los movimientos bruscos, dueña de sí misma, ejem, en los momentos tensos. Por otra parte, no hay nada que tense más una situación que alguien con cara de que le den igual tus circunstancias vitales. Como el tipo de los guantes. El notas me miraba con la clase de indiferencia con la que te mira un dromedario al que ya le han dado su forraje. Si me hubiera dado un ataque de, no sé, combustión espontánea (lo cual estuvo cerca) los funcionarios habrían ido con la misma parsimoniosa lentitud registrando todo mascando chicle a razón de cuatro mascadas por minuto.  Ese era su ritmo existencial.  Y perdonad el tópico del chicle, pero los tópicos son tópicos por algo y en este caso se cumplía a rajatabla. Además, Estados Unidos es un tópico gigante. Total, que tuvimos que protagonizar la típica escena hollywoodiense de las carreritas por el aeropuerto guitarra en mano, pantalones que se caen sin el cinturón puesto, gritando y maldiciendo al más puro estilo manchego-aragonés. Todo ello con el skyline de Nueva York de fondo. Y es que este está siendo un viaje de contrastes. Finalmente, también se había retrasado el vuelo a Bogotá  y nos dio tiempo a pedirnos dos fantásticas hamburguesas translúcidas por diecisiete dólares. Lo que hace la nanotecnología.
El vuelo a Colombia paso de narrarlo porque todo se reduce a una interminable sucesión de contracturas musculares, dolor de cabeza y desesperación abotargada. Porque sueño tenía, qué cojones, pero era imposible dormir.  Lo cual, por cierto, es una de las torturas empleadas por el Mossad para doblegar las voluntades de los tipos más duros del mundo. A todo esto, Carla dormía con una expresión de beatífica quietud, exactamente igual que la que tendría McGuiver sobando en un desguace.
Todo el rato, todas las horas, todas las turbulencias. Todas las veces que se encendían las luces para que pasaran los malditos carritos a vender lo que fuera. ¿Quien, por el amor de Dios, compra Chanel nº5 en un avión? Carla volaba en brazos de Morfeo. Yo sólo pensaba  que a lo mejor los aviones del 11S los estrellaron gente hasta las narices de no poder dormir. Gente con un menú de avión atravesado en la tráquea y una falta de sueño de veinticuatro horas.
Pero al fin llegamos. La noche pasó rápida en el apartamento que nos habían dejado (y del que todavía disfrutamos) y a las seis de la mañana, a saber que hora era para nuestro cerebro, ya estábamos despiertos. Sobre todo Carla. Es lo que tiene dormir quince horas de veinticuatro y luego seis más, de regalo. La chica es considerada y no estaba haciendo más ruido del que haría la pluma de un jilguero recién nacido estrellándose en una montaña de talco, lo cual es suficiente para despertarme. Y si me despierto y estoy en otra ciudad a ocho mil kilómetros de Primado Reig, ES IMPOSIBLE volverme a dormir.
Recuento final:
Diez horas dormidas de las últimas setenta y dos.

BOGOTÁ.

No quiero escribir mucho sobre esta ciudad (todavía) porque la primera expedición la he llevado a cabo sumido en una especie de duermevela sólo alterada por el sentimiento de todo lo nuevo.
Mi primera impresión es que es un lugar de contrastes, de caos y suciedad a la vez que grandes parques limpios y tranquilos. De avenidas interminables cosidas por pasos elevados y cinturones de circunvalación que no circunvalan nada. De casas bajas decrépitas a los pies de hoteles de cristal de cinco estrellas. De lluvia y sol al mismo tiempo. De calor y frío en menos de media hora. De personas más secas que un sarmiento y más simpáticas y serviciales que en la India. De mercados llenos de frutas relucientes apiladas en suelos llenos de mierda. Bogotá es una mezcla de Londres y Marrakech.
Eso si, ni una sola vez he tenido sensación de peligro. Ni una. Otra cosa: pobres las personas que tengan algún tipo de discapacidad o la movilidad reducida. No es que Bogotá no sea accesible, es que parece un juego de plataformas tipo Mario. Hay que ir con cien ojos pues podrías tropezar en un adoquín sobresaliente para ir a parar a una alcantarilla mal cerrada. Y no hay bonus allá abajo. Pasos de cebra que terminan es bordillos de cuarenta centímetros, socavones, elevaciones repentinas, aceras que desaparecen de repente, en fin, todo tipo de obstáculos cabronazis. El tráfico es algo así como si todo el mundo se hubiera vuelto loco pero se controlara de alguna forma y creo que es así. Si conduces en Bogotá o eres Buda o estás loco.

Nada más que contar. Sigo en un estado de cansancio permanente, no sé si a causa de la altitud (dos mil quinientos y pico metros) o del jet lag, aunque sospecho que es, sencillamente, una combinación de ambas.


Pd. Cerca de casa hay un cartel que reza: "Aproveche nuestros descuentos del 30% en trotadoras"

Pd2. Desconcertados con la moneda. Un euro son 3000 pesos colombianos. Una compra raquítica en el mercado nos costó 55.000 pesos. El taxi es muy barato: carrera de media hora, 9000 pesos.